Opinión

El poder, un afrodisíaco para la insignificancia

Hay modos conocidos de evitar sistemáticamente la sensación de insignificancia, aquella "insoportable levedad".

Sábado 30 de Junio de 2018

Hay modos conocidos de evitar sistemáticamente la sensación de insignificancia, aquella "insoportable levedad". Y podríamos llamarlos: "afrodisíacos", que se presentan en diferentes formatos. Entre ellos el poder, la pasión y las sustancias psicoactivas.

El poder como "poderoso afrodisíaco" así definido por Henry Kissinger, visto desde un punto de vista psicológico genera la sensación y creencia de que el insignificante, el sometido, el impotente, el fácilmente destructible, el sobrante y descartable, es el otro. Yo, que uso y abuso del poder, permanezco entero, indestructible, intocable, inalcanzable. De allí será que deviene el placer de matar elefantes o rinocerontes y no ratas o insectos. Es que el placer del poder, radica en esta distribución. Lo que conduce a algunas reflexiones.

Relacionado al Oráculo de Delfos (en la isla de Delfos, lugar de nacimiento del dios Apolo); existían los "147 Preceptos Délficos". Escritos en el frontón del templo al dios, se encontraban tres. El "Conócete a ti mismo" (piedra fundacional del desarrollo de la psicología) y también el "Nada en exceso". Y estos dos preceptos como los restantes, conducían a la virtud. Hasta este momento de la historia de la humanidad, el pecado no existía.

Nos interesa aquí el segundo precepto, el "Nada en exceso", por su obvia relación a la temática del poder. Es el que remite a "Prometeo encadenado", castigado por Zeus por no cumplir con su prohibición de privar del fuego a los mortales. Autosuficiente y desafiante, devuelve el fuego a los mortales, dejando de respetar así la voluntad de los dioses, lo que obviamente condujo, a un castigo divino. Prometeo "se excedió".

Psicológicamente, se relaciona también con el llamado Síndrome de Hubris, que remite a la hybris griega. Este síndrome, patología de los políticos que "creen que se las saben todas", que se encierran y escuchan solo a los que les dan la razón se dispara justamente, en los lugares donde el poder es un afrodisíaco. Quienes lo padecen (aunque no padecen), suponen que, los equivocados son los otros.

En las democracias, los excesos de los políticos, son perdonados mientras permanecen creíbles. Cuando caen en descrédito, en descreimiento, los excesos son castigados con el voto.

Pero, a pesar de esto, la sensación de tener poder o de tener el Poder parecen necesarios para algunas personas. Que alguien tenga poder, puede resultar envidiable para algunos y seductor para otros. Se conocen muchas historias amorosas con finales poco felices por este mágico efecto. Salvo que los dos amen el poder y decidan disfrutar juntos de sus beneficios; eso sí, siempre respetando territorios.

También parece necesario sentir esa sensación única e irreemplazable. Que los demás se amansen, que "vengan al pie". Que los otros hagan lo que me conviene creyendo que es lo que les conviene a los otros con entera libertad. Hacer lo que se tiene ganas sabiendo que no habrá castigo humano ni divino. Lo que hoy llamamos impunidad. En no muchas situaciones eso es posible, realizable (hacerse real). El Poder lo permite. ¿Cómo no ser adicto a este afrodisíaco?.

Una frase conocida dice: "Dime tú hombre insobornable, ¿cuál es tu precio?". Esta lógica aplicada al poder lleva a preguntarse cuántas personas que luchan contra los abusos del poder, si estuviesen en lugares de poder seguirían siendo los mismos. La historia parece confirmarlo. Es que con los sentimientos humanos no se debe ser inocente, y menos aún con la insignificancia.

Desde que se inventaron los dioses, a ellos les fue adjudicado el Poder y todas sus prerrogativas. Por ello siempre hubo mortales que no estuvieron de acuerdo con el reparto. Prometeo marcó el camino (cabe aclarar que Prometeo era un Titán, no un mortal), y gracias a él, no sólo tendríamos fuego sino también todo lo salido de la Caja de Pandora, esto es: "los males del mundo". Los excesos, a veces, salen caro. No todos y no para todos, obviamente.

Y los mortales, envidiosos de los dioses y de otros mortales, ya lo sabemos, también se exceden. No sólo alejándose de la virtud griega sin que nadie los castigue, lo hacen por sobre todo, endiosándose. Esto es: destruyendo a todos lo que no piensan como ellos, utilizando a los otros como descartables, y también negando su propia humanidad y la humanidad de los otros.

Peligrosa, muy peligrosa la sensación de insignificancia. Más aún si se le suman: 1. La creencia en algún tipo de superioridad (racial, sexual, religiosa, o cualquier otra), y 2. La ambición desmedida. El resultado, es previsible.

Por Raul G. Koffman / raulkoffman@gmail.com

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