Opinión

El peligro después del espectáculo

El escenario político. La conjunción de rostros que la oposición expuso en Plaza de Mayo no hizo más que favorecer al gobierno nacional, que sigue enredado en errores propios. Santa Fe y los desafíos gremiales.

Lunes 27 de Marzo de 2017

La tentación de Jaime Durán Barba de hacer un spot televisivo para la campaña electoral que se avecina debe resultar casi incontenible. La imagen mostrando a Hebe de Bonafini anunciando desde la Plaza de Mayo que no es más defensora de Derechos Humanos sino una (puntera) política y que su partido es el kirchnerismo, que no es democrática ni buena; insultando por igual al presidente Mauricio Macri como a Estela de Carlotto… Y encima con Aníbal Fernández de un lado y Roberto Baradel del otro debería alcanzar y sobrar. Diría yo, para varias campañas.

El (supuesto ya que no aparece en staff oficial del gobierno) asesor de imagen presidencial asegura que "no hay que olvidar que en muchas ocasiones el ataque desmesurado, el insulto, la calumnia, son parte de un espectáculo del que disfrutan los electores, crean o no en sus contenidos. Seguimos siendo primates a los que nos gusta el espectáculo del enfrentamiento. Miramos las disputas entre los líderes con la misma atención que nuestros antepasados de las cavernas, que se rompían la cabeza a mazazos por el liderazgo de la horda, aunque las armas y los medios de los actuales líderes hacen que sus peleas sean peligrosas para todos y nos lleven a una tragedia más que a una comedia" (Durán Barba y Nieto, 2011: 223).

En la semana en que, a la hora de interpretar lo que piensan los argentinos, el kirchnerismo cambió a Ernesto Laclau por Mirtha Legrand como guía intelectual, quedaron claras algunas cosas. El principal adversario del macrismo es el propio macrismo. Sus improvisaciones, sus dubitaciones e imprecisiones. La inflación y el desempleo. El discurso del presidente dando a conocer lo poco que aprenden los alumnos en las escuelas tenía como finalidad desacreditar la intransigencia docente y terminó diciendo que quienes no podían ir a una escuela privada no tenían más que caer en la pública. No se disparó a los pies; fue peor.

La capacidad de movilización del peronismo, o sectores afines, sigue siendo extraordinaria (tanto como sus divisiones), más allá de las motivaciones —las sinceras que mueven a muchos ciudadanos a salir con honestidad y las subalternas de los dirigentes que llevan dos semanas haciendo campaña en las calles sin que la consigna de ocasión, por muy sentida que pueda ser, importe demasiado más que para adosarle algún epíteto contrario al gobierno— tanto como su inescrupulosidad: todo vale, siempre será así y siempre deberá serlo, para alcanzar el poder, mantenerlo o recuperarlo aunque eso signifique ser antidemocrático o poner un militar genocida al frente del Ejército del gobierno que decíase abanderado de la causa de los derechos humanos. O el discurso de Carlos de Feo, secretario general de Conadu, en la marcha docente: "Estamos aquí porque le venimos a decir a este gobierno, nosotros que nos caímos en la educación pública, que no queremos que le vaya bien. Queremos que le vaya mal, pero no queremos que se caiga. Queremos construir en la calle, en la lucha, la alternativa para que en el año 2019 esta plaza se vuelva a llenar como lo estuvo en los últimos años, festejando un nuevo gobierno popular". ¡Queda claro que no es el reclamo salarial el que movió ese discurso, al menos!

Pocos recuerdan que en la Constitución de 1949 que dictó el peronismo —producto de esa mente brillante que fuera Arturo Sampay— no existe el derecho a huelga. Por la simple razón de que ni Juan Perón ni Eva Duarte querían huelgas. Las masas debían obedecer al líder que tanto les diera y lo amaban (como se enseñaba a leer a los niños en primer grado). Laclau advertiría luego que "ningún movimiento sólido puede sostenerse sólo en el amor por el líder" (la idea es más profunda y compleja que la mera frase que aquí cito).

José Pablo Feinmann contó en una columna de prensa que cierta vez, en el 2011, Cristina interrumpió un discurso para preguntar si en la Constitución de Sampay no figuraba el derecho a huelga. Luego de que le soplaron que así era, gritó al micrófono: "En la Argentina de hoy el derecho de huelga es prioridad esencial de los obreros". Todo cuanto la diferenciara del peronismo "de Perón", como les gusta aclarar a algunos, era bienvenido, dicen. De allí que cuando le pidieron que financiara una estatua para homenajear a quien fuera tres veces presidente se negó, se afirma, con alguna adjetivaciones que marcaban esas distancias. La paradoja fue que quien hizo la estatua y la inauguró fue Macri, en un alarde de pragmatismo utilitarista que buscó demostrar que nada lo ata al pasado.

Macri en 1976 tenía 16 años y ciertamente no peleaba en las calles por un boleto escolar estudiantil. Su historia con la dictadura difiere de quienes la enfrentaron en serio, como Raúl Alfonsín, (incluso antes de ganar la Presidencia cuando se opuso en absoluta soledad a la guerra de Malvinas) o quienes como Italo Luder les garantizó a los genocidas en retirada la vigencia de la autoamnistía que se habían dictado o los socios de los militares: los sindicalistas de entonces (algunos de los cuales siguen siendo los de hoy o sus herederos).

Gritar "Macri vos sos la dictadura" es un absurdo que evidencia sólo ignorancia de quienes repiten esa consigna. Se coincida o no con la visión socioeconómica de su gestión, el suyo es un gobierno democrático. Elegido en comicios libres por el voto mayoritario de los ciudadanos argentinos. Por ende, si no gusta o no conforma se podrá cambiar cuando haya cumplido el plazo constitucional: en 2019. "Hay que tener conciencia democrática, no fanatismo. Cuando el pueblo vota y elige un gobierno, el respeto debe ser absoluto", aleccionó con altura ejemplar Carlotto a Bonafini en las últimas horas.

En julio de 2015, durante un almuerzo, la Legrand —cuando no les caía simpática a los kirchneristas— le dijo a Luis Novaresio que para ella se estaba "viviendo una dictadura. Sacar jueces, poner jueces porque se les viene encima la noche. Pelearse con países vecinos. No me gusta nada" y agregó de la entonces presidenta que "no es feliz, es caprichosa. Muy autoritaria, no me gusta la forma de manejar el país. La grieta existe, es verdad, nunca la he vivido tanto, salvo en la época de Perón". Con sutileza pero firmeza el periodista le hizo ver que no era así "porque Cristina era una gobernante elegida por el pueblo y el estado de derecho mantenía toda su vigencia".

Esta semana que pasó, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, prometió aplicar el protocolo que autoriza al gobierno a despejar las calles y vía de tránsito (por la fuerza si fuera necesaria) cuando son obstaculizadas por protestas. Los porteños vivieron un infierno para ir de un lado a otro en su ciudad. Escandalizados se sintieron los dirigentes piqueteros y afines con la advertencia de la funcionaria. "Una parte del gobierno del gobierno quiere reprimir", se horrorizó Emilio Pérsico.

En la película "Eva Perón", de Juan Carlos Desanzo, con guión del citado Feinmann, una Esther Goris interpretando a una muy temperamental Evita se presenta en un galpón ferroviario —regía la Constitución de 1949— "Esta huelga que le están haciendo al gobierno peronista es una huelga contra el movimiento obrero (...) ¿Se olvidaron ya de todo lo que les dio Perón? ¿Y a Perón le hacen una huelga? ¿Qué tendrían si en el 45 hubiera ganado la Unión Democrática? ¡Tendrían menos salarios y ninguna conquista social! Comerían mierda. Mierda de la oligarquía". En la escena un obrero, con temeroso respeto, le dice que eso era cierto. "Pero en el 45 ganamos nosotros. ¡Más derecho a reclamar tenemos! De la oligarquía no esperamos nada. De usted y de Perón, todo". Una Eva ahora casi histérica le grita:"Enterate entonces: también Perón y yo esperamos cosas de los peronistas. Ante todo, que no nos hagan huelgas. ¡No queremos huelgas en la Argentina de Perón! ¿Está claro?".

Rubén Norberto Pascual Paola, testigo presencial, de aquella entrevista de 1951, cuando Eva Perón estuvo intentando que se disolviera una huelga ferroviaria de la Fraternidad en Remedios de Escalada (talleres donde trabajaban cinco mil obreros) contó en una reportaje televisivo (que se puede ver por internet) un detalle interesante: el obrero que le responde a Eva que no levantarían la huelga no era peronista.

Paola contó así aquel hecho que Feinmann luego libretó para el cine: "Ella pide que levanten la huelga y que lo hagan por el general Perón. Algunos le contestaron más o menos bien pero otros no querían dar el brazo a torcer; eran los «¿Vos sabés lo que es el socialismo? ¡Qué vas a saber vos lo que es el socialismo!», empezó violentamente. Esta persona le respondió: «Yo soy socialista de Juan B. Justo y Alfredo L. Palacios y no vamos a cambiar porque lo que pedimos es una migaja». Pedían una mejora del sueldo. Eva se encabritó, se puso muy violenta. Ella estaba sobre el andén y los obreros sobre las vías. «Bueno aténganse a la represión y se van a la reputísima madre que los parió». Al otro día cayó la policía y se llevó a todos los que pudo".

A 66 años de aquel desafío socialista al omnímodo poder de Perón y su esposa, el PS gobierna el segundo (o tercero, esto para algunos lectores que se quejan) Estado del país, y viene piloteando mejor que otras provincias los reclamos salariales. Si esta semana los docentes aceptan el ofrecimiento al gobierno habrá logrado atar el moño. Si no lo hacen, los gremialistas tendrán que explicarles a los maestros por qué en sus recibos de sueldo abril tendrán 25 por ciento menos que el resto de los estatales. Y si van a un paro decretado por Baradel, será muy entretenido ver que excusas se esgrimen en la provincia. Claro que también el gobierno santafesino firma una cláusula gatillo en la misma semana en la que el Ipec oficializa una inflación en la provincia en febrero, de 2,7 por ciento; la más alta del país. Un dato que debería encender alarmas.

Si Pérsico leyó la historia o aunque sea vio la película de Desanzo, ¿qué piensa que harían Perón y Eva con la compulsión piquetera de cortar calles y rutas de manera sistémica?

Creo que no vale la pena el ejercicio del mismo interrogante en el caso de Bonafini. Su espectáculo ya pasó de la tragedia a la farsa.

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