Opinión

El momento de decir ahora

El cierre para atenuar la curva de muertes exige asistencia a los que ven frenada su actividad y también, en un marco de desigualdad, un urgente debate político sobre de dónde pueden salir los recursos para ello

Domingo 23 de Mayo de 2021

Daniela tiene 48 años, tres hijos y una vida acomodada que se interrumpirá prematuramente por una enfermedad terminal. La semana pasada su cuadro ingresó en el momento del definitivo eclipse. Su familia que reside en un barrio cerrado de Pilar pidió una ambulancia para trasladarla al más importante hospital privado de la zona conocido por su excelencia académica. Allí le comunicaron a su esposo con todo pesar que pese a la crisis respiratoria que ya atravesaba no podrían recibirla. Todas las habitaciones y salas estaban completas. Le aseguraron que tendría asistencia, paliativos y oxígeno. El jueves otra ambulancia la trasladó a su casa.

En el centro de salud Laureano Maradona de Cochabamba al 5100 una muy importante cantidad de personas que acuden a la atención primaria son chicos que ingresan con cuadros virósicos que, por directiva de la Secretaría de Salud de Rosario, deben ser hisopados cuando los síntomas son compatibles con Covid. Algo que frente al cuadro catastrófico del presente puede parecer algo menor a Romina Besprovani, que es pediatra de ese dispensario, le significa un sacudón emocional cada vez que le toca.

“Una tiene experiencia en situaciones complicadas pero tener que hisopar a un niño es completamente estresante”, contó ayer. “Esta semana un padre rechazó que hisoparan a su bebé. Es una práctica muy invasiva en especial para un nene. Es muy importante hacerla para cortar la cadena de contagios. Pero a nadie le gusta hacerlo”.

Lo que enfatizaba esta pediatra es que el Covid es una tragedia pero que además todo lo que rodea a su detección o a su tratamiento es algo que es mejor evitar. Y para mejor evitarlo es que la medida de confinamiento, más allá de todo lo que haya para cuestionar al manejo de la emergencia sanitaria, es algo que no debe ser resistido ni desafiado. Porque estamos ante una enfermedad maldita que no deja espacio geográfico ni condición social sin atacar. Se queda sin cama una mujer agonizante suscripta a la prepaga más costosa del país. Y un sistema saturado, con personal médico extenuado, no puede atender a gente más desfavorecida ni aunque quiera.

En un panorama incomparable con el del 2020, cuando no había chicos hisopados, los médicos se alivian con el cierre estricto. “Hoy todas las medidas de apertura generan muertos", dijo esta semana Rodrigo Mediavilla, director del Tercer Nivel de Salud de la provincia. "Los chicos no pueden estar más en la escuela o los clubes. Celebramos medidas así. Se vienen tres semanas muy duras pero después esperamos una baja”, agregó ayer la pediatra del Maradona.

El permanente sabotaje al freno de la circulación de personas, que es lo que propaga el virus, se hizo en un país que hoy sobrepasará los 74 mil decesos. Con esta mortaja ondeando encima como bandera medraron durante meses dirigentes políticos con la miserable especulación de llegar mejor posicionados a comicios que no están en la cabeza de la mayoría o que hoy, en un escenario dramático, no es la prioridad. Porque la gente se contagia y se muere. Mueren personas en una semana.

Pero esta decisión de elemental sentido común, salvar vidas, desde luego que profundiza la anemia de sectores económicos que languidecen con cada parate. La gastronomía y el comercio en la mayoría de sus variantes, que viven del movimiento diario de ventas y que sostienen empleados en relación de dependencia, quedan destrozados. Lo mismo que los sectores monotributistas de bienes y servicios. Ni que apuntar del enorme universo que enfrenta la vida en la informalidad cruda en una sociedad con el 42 por ciento de personas bajo la línea de pobreza.

Si hay un momento en que el Estado tiene que auxiliar económicamente a estos sectores a los que les pide, razonablemente, paralizar su actividad, por ende su capacidad de generar ingresos, es este. Los fondos contracíclicos, cuando se acumulan, son para emplear en momentos como estos. Además en una provincia que construyó un superávit en una gran adversidad, vale decir aún con Covid, también en buena medida por lo que la Nación pudo aportar en la pandemia. Pero aquello no alcanza.

En un momento en que no se puede no temer hay que abrir la mano. La urgencia es ahora. Eso no significa no ser previsor sino tornarse tan humano como para sentir como propias las preocupaciones del otro. En una etapa donde a las largas esperas de una sociedad con casi la mitad de la gente sin cubrir la canasta básica se la suma el nada caprichoso frenazo que impone la pandemia.

La discusión sobre los recursos es algo que va más allá de las capacidades de la provincia aunque la provincia también diseña a partir de lo que recauda. Admitir que no hay recursos es una forma de diferir algo que tiene que pasar, que son los necesarios enfrentamientos entre posiciones de actores legítimos, ya que es eso lo que pasa en una democracia. Argentina viene de una agudísima recesión y está arrinconada por su endeudamiento. Pero las democracias se vuelven inviables cuando el bienestar de una franja se produce en simultáneo con el hundimiento de otra. No es solamente la desigualdad y la frustración. Es la expectativa de vivir mejor lo que por ejemplo en Chile y en Colombia ocasionó estallidos recientes que pusieron en entero debate la supervivencia del sistema político.

Esa discusión es impostergable porque vivir en la pura represión que garantice esa desigualdad sostenida, cuando hay estallidos que acá ya se dieron, tiene escasas chances de proyección. Y es ahí donde empiezan las reformas de los regímenes de tributación y de ingresos. El mundo entero pensó que la pandemia era la cuña que plantaría ese debate. No ocurrió, al menos con la profundidad que el desafío de una sociedad con el 57 por ciento de sus menores de 14 años en la pobreza merecen. No es de aquí de donde saldrán los fondos para atemperar los desequilibrios de una sociedad injusta. Es desafío de la política marcar de dónde. O como le pasó a Sebastián Piñera o Iván Duque, hundirse. Dar el debate no es fácil. No darlo es ir al abismo en bajada.

Hace una semana el periodista político Diego Genoud dijo en una nota en este diario que en política la palabra es la base de la autoridad. El gobierno provincial parece peleado con las palabras. Todas las comunicaciones relativas a las medidas restrictivas en pandemia son un gran problema de la población por la profunda ambigüedad de las formas enunciativas de la Casa Gris. El momento culminante se dio el viernes con el anuncio de la suspensión de las clases virtuales para tres días de la semana que viene.

Ahora la ministra de Educación Adriana Cantero afirma que nunca anunciaron tal suspensión. Encajarse en esa discusión es irrelevante. Cuando se trata de enunciación política, si todo el mundo entiende lo contrario de lo que la autoridad dice, el problema no está en la recepción, sino en lo qué falló para que se entendiera lo inverso a lo que se dijo. Fueron los gremios educativos los que rechazaron la suspensión de clases virtuales. También colegios privados que emitieron rápidos comunicados avisando a sus comunidades que resistían esa medida. Y los padres que criticaban tal cosa en planteos que incendiaron las redes sociales. En el momento de mayor desconcierto el elemento del que más se tomaban medios y padres para intentar descifrar el anuncio era un audio viralizado de la ministra que durante horas tomaba el lugar de una aclaración formal.

En un presente carcomido por un virus letal sin final a la vista, por el temor a enfermar o a perder alguien amado y por los efectos de parar actividades para salvar vidas, los modos de asistir a los más débiles se debaten en susurros. "El altruismo es verdaderamente el modelo ideológico importante. Es darse cuenta de que está en nuestro interés ocuparnos del otro, que el otro tenga un barbijo, que esté bien cuidado, que reciba su vacuna, que tenga educación. Es nuestro interés que el otro sea feliz. Una sociedad que no tiene futuro es aquella en la que la gente piensa que lo único que importa es el interés propio, olvidando el de los demás", dijo hace días el ensayista francés Jacques Attali al diario La Nación.

Ni siquiera afrontar la mejor prestadora de salud puede asegurar hoy el beneficio esperado ante el colapso del conjunto. Para pensar en los demás en términos de mejora vital hay que romper la idea de la caridad esporádica para formar una cultura política duradera que no se desentienda del otro. Eso que se traduce en gobernabilidad cuesta mucho dinero y hay que debatir de dónde sale. Como canta Drexler, es el momento de decir ahora.

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