El Matadero
Son pocos los datos que tenemos, pero suficientes para dar comienzo a la presente reflexión: un papá que es acuchillado por otro en el Colegio 1.358 Vivir y Convivir, de Rosario, y tras una...

Viernes 14 de Marzo de 2014

Son pocos los datos que tenemos, pero suficientes para dar comienzo a la presente reflexión: un papá que es acuchillado por otro en el Colegio 1.358 Vivir y Convivir, de Rosario, y tras una discusión en la cual se recriminaba a este último una mala maniobra por exceso de velocidad. A esta altura de ciertos acontecimientos sociales, quizás debería aceptar que la amarga sensación o "derrotero" constante, poco a poco, en torno a nuestros modos de accionar cotidiano se va internalizando -y naturalizando- en los complejos escenarios sociales, políticos y culturales contemporáneos. Es así como no puedo, entonces, evitar preguntarme qué rol cumplimos los educadores de cara a estos sucesos de violencia que se significan literalmente como (y en) la puerta de entrada a formas de socializar y gestionar los conflictos del diario vivir.

En este contexto, hay una interrogación que no deja de atormentarme: si fuese médico y los temas relacionados con la salud de los niños, con las políticas de prevención de las enfermedades, con los criterios de control de epidemias y formas de limitación de las mismas, efectuasen un recorrido histórico inverso, es decir, cada día y con cada generación, una trayectoria de "involución" (si cada vez todo lo anterior estaría peor) ¿qué grado de responsabilidad nos tocaría como profesionales? ¿Seguiríamos siendo, "buenos" o "malos" médicos? Sin caer en reduccionismos sociales y mucho menos buscar posiciones en "contra" de los docentes (por el contrario, soy un convencido de que nuestra labor podría ser inconmensurable), aún así no puedo evitar aquella sensación de fracaso o impotencia en relación a la mala jugada o ironía de la vida, de que aquellos puntazos, cuan "Matadero" de Echeverría, tuvieran lugar en la escuela Vivir y Convivir o; a su vez siguiendo a Borges (1960), que en dicha ironía, convivan y coincidan, en la escuela, "los libros y la noche".

Bien sabemos que la escuela "en sí misma", es decir, sola, no puede (ni nunca pudo) hacer frente a los embates de la diaria vida como así tampoco hacerse cargo de las dinámicas o ciertas lógicas sociales y culturales que van tramando -e induciendo- las rutas de acceso y legitimación de la cartografía social. Por otra parte, la escuela siempre ha sido y continuará siéndolo, entonces, buen espejo de lo que desde afuera de ella, acontece. Pero, una vez más, creo oportuno subrayar que en aquella labor de intentar re pensar colectivamente, es decir, juntos, como sociedad, una escuela diferente, no podremos hacerlo, en forma exclusiva, los maestros solos.

En los últimos tramos de la historia reciente, hay una confluencia de factores y dinámicas que han puesto en "jaque" la constitución histórica del valor de aprender y enseñar. Y estas formas de "juego" exceden completamente algunas tensiones y discusiones "clásicas" en torno a los modos de educar: los 180 días de clase, si conviene o no la escolaridad extendida, escuela pública o escuela privada. A pesar de que siempre sea motivo de urgencia no naturalizar la conquista que significa el acceso y derecho de la educación pública en nuestro país -y si algún lector tiene alguna duda, basta recordar las cinco mil vacantes que esperan ser "contenidas" en la ciudad de Buenos Aires-. Creo que, en esta nueva coyuntura, es absolutamente necesario comenzar a visualizar, imaginar y repensar una escuela distinta, diferente. El peligro de la naturalización de la violencia se está instalando, sigilosa pero constantemente entre nosotros. Y si no nos hacemos cargo de esto, si no explicitamos aquello que está sucediendo, puertas afuera, corremos el riesgo de que las escuelas sean funcionales o estén sirviendo de mediaciones para que, dicha violencia, efectivamente, esté cada vez más cerca y, en tantísimos casos, ya allí adentro.

Habría una suerte de inversión de los valores históricos que movilizaron la creación de la escuela y que tenemos que revisar, también todos juntos. Que un padre ingrese a toda velocidad con su auto; que una madre o padre bofetee a un docente que se preocupa por la salud y desempeño de sus estudiantes, que los maestros vayan a clases rogando desesperadamente que su guardapolvos sea, socialmente, significado como una suerte de "bandera de paz" al igual que los miembros de la Cruz Roja en las guerras para que no los maten, asalten o insulten, me parece que "habla" de que "algo" nos está pasando; y "en" ese algo, también, nosotros, los docentes, tenemos que aprovechar para reflexionar y rever. Los docentes, históricamente, hemos sido (en mayor o menor medida) preparados para intervenir y reflexionar dentro de las fronteras del espacio escolar. Y he aquí, a mi humilde entender, el gran desafío de "lo escolar" en estos nuevos contextos: si no repensamos o si no intervenimos, simultáneamente, con lo que sucede afuera, si parte de nuestras tareas no están involucradas, plegadas o articuladas con los modos de funcionamiento, identificación de gestión de estas lógicas sociales, culturales y políticas dominantes que también irrumpen en la vida escolar, nuestra propia tarea, o el universo de representaciones sociales tramadas en relación al docente a lo largo del tiempo, se va a ir desdibujando cada vez más.

Hanna Arendt sostiene que el "milagro que salva al mundo" está simbolizado por la permanente "natalidad" que enraíza fe y esperanza con la facultad de la acción. Es por ello que consideramos que, en los contextos educacionales actuales, aquel "milagro" capaz de salvar "al mundo", quizás pueda reeditarse -o estar representado- en forma constante a través de los múltiples entrecruzamientos, pasajes y diversas formas de encuentro con el otro que nos permitan mejor vivir y convivir. Esto es, problematizando en la escuela los modos de construcción y posición subjetiva vigentes que (nos) sostienen en la otredad. En definitiva, generar las condiciones que permitan visualizar un futuro diferente a través de la educación: fuera y dentro de la escuela. Lo anterior con el fin de poder ir a trabajar cada día, con la esperanza simbólica de poder hallar y exclamar ante cada colectivo de infancias y juventudes distintas que a ella acuden: "Os ha nacido hoy un Salvador" (Arendt, 2012, "La condición humana", p. 266).