Lunes 26 de Diciembre de 2016
Es un aparato hipnótico el lavarropas, al menos del tipo que tiene un ojo de buey gigante al frente. Primero, las prendas están quietas aguantando la caída de una cascada del Angel que mezcla agua, jabón y otros aditivos con diferentes perfumes. De pronto, con un zumbido que lo precede, comienza a girar el tambor y ahí se ve cómo los vaqueros, prepotentes, atropellan a las camisas, que se enrolla en un estropajo con calzoncillos y medias, toallas y manteles. El giro alterna el sentido cada tantas vueltas, siempre avisando lo que va a hacer antes. Entonces empiezan a pasar tras al plástico transparente el torbellino de ropa tapado por los bandazos de agua enjabonada. Las vueltas se suceden y la ropa empieza a desvanecerse y el gran círculo se transforma en un paisaje misionero que enmarca al Paraná Miní bajando rápido por su cuenca angosta y profunda. El pasto cubre la costa y hay algunos claros entre los árboles que dejan espacio para tender una lona, una toalla, para acostarse y descansar huesos y músculos torturados durante tantos días, semanas de trabajo pesado. Otros fueron a las cataratas, que estaban a 113 kilómetros de Eldorado (así, todo junto), pero es mejor estar aquí, viendo pasar la vida despacito aunque sea por un rato, tirarse el río, nadar contra la corriente, salir y mientras el Sol que se filtra entre las ramas seca el cuerpo, preparar unos mates con esa yerba suave pero con carácter que toman los misioneros. Apenas se escucha el rumor del río, tapado a veces por el reclamo estridente de algún pájaro. Es como un edén chiquito aunque de tanto en tanto un sapucái lejano rompe el ensueño. Tal como lo hizo la chicharra del aparato que terminó el ciclo de lavado y pide otra ficha para iniciar el secado.