Opinión

El laberinto y las internas

Claves. Cuando el gobierno parecía respirar por unas horas merced a cierta calma de los mercados, la interna de Cambiemos reavivó desconfianzas. El costo político de la crisis económica genera cortocircuitos.

Domingo 08 de Julio de 2018

Esta semana no fue la peor para el gobierno en materia económica. Es por lo único que puede sentir alivio. Lo demás es lo que se ve: todo cargado de grises.

Cualquier columna política que se precie de tal, no puede prescindir por estas horas del escenario económico y de las bajísimas expectativas para los meses que le quedan a 2018. Es que este año de malas noticias empalmará en poco tiempo más con el reverdecer de la actividad política. Argentina está en las vísperas de un año electoral.

Todas las encuestas —aun las de las empresas más cercanas al gobierno— coinciden en señalar que es el peor momento del presidente de la Nación, al punto que las imágenes negativas y positivas se entrecruzan con quien era la peor de todas: Cristina Kirchner.

¿Quién hubiese pensado hace un tiempo relativamente corto de tiempo que una encuesta publicada en el diario Clarín (de Raúl Aragón & Asociados) indicaría que la mayoría fue más feliz con Cristina que lo que lo es con Macri? Pese a que la única buena nueva para el jefe del Estado es que ganaría un ballottage contra la ex presidenta, hoy los márgenes se han acotado.

La situación política para el oficialismo es parecida a la que sufrió el gobierno de Cristina Kirchner en 2009, inmediatamente después del voto no positivo del radical Julio Cobos. En ese momento, hasta Néstor Kirchner blandió en la intimidad la posibilidad de una renuncia.

Pero, esa crisis cuasi terminal, significó un oportunidad para el kirchnerismo, que jugó sus cartas apostando al núcleo duro, movilizando en las calles y profundizando objetivos. El final es conocido: dos años después, Cristina ganó las elecciones con el 54 por ciento de los votos.

El macrismo tiene posibilidades de recuperación siempre y cuando la oposición sea un desierto de ideas y de liderazgos, como resultó el Acuerdo Cívico por aquellos tiempos. Pero, en el kirchnerismo no había ningún dirigentes tomando champán en el Titanic, como hoy parece estarlo Elisa Carrió, queriendo cerrar una grieta con sal gruesa en la herida, desbocada y casi sin sentido común.

Ahora bien, hay algo que Carrió dejó al desnudo con sus ironías: ¿qué es lo que está haciendo un partido como la UCR? Inmóvil, sin ninguna capacidad de influir en las decisiones, el radicalismo se deja consumir al calor de la crisis. Como en la Alianza.

Pero esto fue escrito hace mucho tiempo atrás en esta columna. Si Macri fracasa como presidente, el radicalismo habrá fracasado como aliado y no podrá plantear una táctica de salvación. Si a Macri le va bien, el actual presidente será reelecto y no le dejará a los que antes llevaban boina blanca ni la candidatura a la vicepresidencia.

"Hay un hijo narcotizado en Cambiemos que se llama Unión Cívica Radical. Me gustaría saber qué pasa con ese partido. O lo damos por muerto y liquidado o comprendemos que hay fuerzas políticas, cuadros de gran preparación, intendentes, candidatos a gobernadores. ¿Qué pasa con ese partido? No lo sé", se interrogó hace horas la socióloga Beatriz Sarlo. ¿Quo vadis, UCR?

Lo que Lilita dijo públicamente en forma de chicana no es más que lo que repiten funcionarios del PRO puertas adentro de Balcarce 50, o lo que le contó un calificado legislador nacional a LaCapital: "Con los radicales no tenemos problema, a ellos sólo les preocupan los carguitos. Es más difícil acordar con ellos por eso que por los temas económicos. Y si son cargos en las universidades, mejor. Nada de lugares de gestión". Durísimo.

Cuando José Corral era el presidente partidario se convertía en el chivo expiatorio perfecto de otros radicales que lo culpaban por la falta de crítica y un excesivo sí presidente. Ahora, con Alfredo Cornejo no se escuchan adjetivos demasiado críticos. Y la cosa pública está peor.

Con cierta brutalidad, Carrió los chicaneó: "Van a hacer lo que digamos, los manejamos de afuera". Y le recordó al gobernador mendocino su supuesta empatía con el kirchnerismo durante los gobiernos de Néstor y Cristina.

El cortocircuito entre la líder sin partido que tiene Cambiemos (que es Carrió) y el partido sin líder (que es la UCR) se produjo en momentos en que tomó estado público la diferencia de criterios y matices entre Marcos Peña y la dupla María Eugenia Vidal-Horacio Rodríguez Larreta. La gobernadora bonaerense y el jefe de Gobierno porteño le facturan a Peña no hacer nada para mejorar la funcionalidad del gabinete (piden menos ministerios) y arrastrar a Macri hacia la falta de diálogo con el peronismo.

Esas tirrias marcan de manera pulimentada los momentos difíciles que atraviesa la Casa Rosada. Con la economía en otro estadío, nadie se le hubiera animado a los "ojos y la inteligencia" de Macri. Cerca de Peña dicen que crecieron los bombardeos amigos contra el jefe de Gabinete "porque no se animan a criticar a Macri".

En Santa Fe, se empieza a experimentar la consecuencia de la marcha del reloj. Dentro de un año, en paralelo con esta fecha, ya estará electo el nuevo gobernador, el nuevo intendente de Rosario y los diputados y senadores. Ese clima empieza a notarse en la Legislatura, ámbito en el que cada uno da y quita de acuerdo a los posicionamientos preelectorales.

El peronismo tiene la llave ahora no sólo para la reforma constitucional (que parece haber quedado sin chances de ser aprobada), sino también, en el caso del Senado, para el endeudamiento. "Respecto de la reforma, fue una falta de respeto mandarnos un proyecto cuando se está tratando otro en Diputados. Podríamos haberlo archivado, pero no lo hicimos porque respetamos al gobernador. No tendríamos inconvenientes en aprobar el endeudamiento si hay compromiso con las obras para nuestros departamentos", se posicionó un senador opositor.

Empieza otro partido.

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