Jueves 10 de Agosto de 2023
La muerte de dos adolescentes en el parque Independencia ocurrida hace diez años fue una tragedia que la ciudad no olvidará. No sólo por ese terrible episodio, sino por las tristes decisiones y los desaciertos discursivos de la política rosarina de ese entonces.
La sensibilidad y el dolor estaban a flor de piel por aquellos días en la ciudad a partir de la explosión de un edificio en Salta 2141, que provocó la pérdida de 22 vidas y se convirtió en la peor fatalidad de la historia en la Cuna de la Bandera. En ese contexto y cuando la conmoción permanecía latente, la caída de una de las góndolas de la Rueda Panorámica del histórico International Park, con el inmediato fallecimiento de sus dos ocupantes, terminó por despedazar las emociones de los ciudadanos.
Era un tarde soleada de sábado, previa al Día del Niño. Dos adolescentes disfrutaban de uno de los juegos más característicos del parque de diversiones rosarino y de cualquiera que se precie de tal. De pronto, ocurrió lo inesperado.
No había nada que consolara a la familia de las chicas y tampoco evitara la perplejidad de una sociedad cacheteada. Días después, sobrevinieron las medidas judiciales, la investigación y las denuncias, y también se ventiló la incapacidad del municipio para ejercer su tarea de fiscalización.
Se supo que el concesionario del parque se controlaba solo: tenía que presentar periódicamente a la Intendencia los informes de situación de los juegos que él mismo administraba; ridículo.
Entonces, para calmar los ánimos sociales al detectarse que la estructura no estaba en condiciones de funcionar con seguridad, la administración socialista buscó cualquier tipo de salvoconducto. En medio de la tensión, el secretario de Gobierno, Fernando Asegurado, deslizó que la cuna se cayó porque sus ocupantes estaban excedidas de peso. Fue una diatriba inaceptable.
Los días pasaban y el gobierno de Mónica Fein quedaba cada vez más en off side. Así, la intendenta apeló a una decisión impensada: cerró el parque definitivamente. Muerto el perro, se acabó la rabia.
En vez de transformar para mejor, optimizar los controles y gestionar para evitar situaciones lamentables, decidió cortar por lo sano: eliminar el único parque de atracciones mecánicas importante que tenía la ciudad junto con su historia y la posibilidad de mejorarlo. Fue una determinación salomónica que no sirvió de nada. Porque cuando una vida se apaga no hay nada que la devuelva y, mucho menos, la demagogia.