Lunes 02 de Julio de 2018
En "El caso Moro", Leonardo Sciascia, otro escritor siciliano, a propósito del político italiano, secuestrado y ejecutado por las Brigadas Rojas, sostiene que con Aldo Moro "uno tenía la impresión de que sabía «algo más»: el secreto italiano y católico de asimilar lo nuevo a lo viejo, de poner todo instrumento nuevo al servicio de las reglas antiguas; de que tenía, sobre todo, un conocimiento negativo, en forma de negativa, de la naturaleza humana". Esta característica que detecta Sciascia, esta forma líquida de expandirse en el tiempo y en el espacio de las ideas sin que el producto se modifique, es lo que Lampedusa define como el logro de alcanzar el máximo grado de equilibrio posible en un mundo inestable, en ese caso en el marco de los años que siguieron a la formación del Reino de Italia. Y esta es una de las maneras que describe para tal fin: "Tancredo aún era demasiado joven para aspirar a un cargo político concreto, pero su dinamismo y su dinero fresco lo hacían indispensable en todas partes; militaba en la muy rentable franja de la «extrema izquierda de la extrema derecha», estupendo trampolín que le permitiría realizar más tarde acrobacias admirables y admiradas; pero sabía enmascarar la intensa actividad política con una indiferencia y una levedad de expresión que le granjeaban la simpatía de todos".
Unos meses antes de morir, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien no vería en vida publicada su obra "El gatopardo", le envió una copia mecanografiada de la novela a Enrico Merlo, uno de sus amigos más cultos. En la carta que acompaña la carpeta, a modo de posdata Lampedusa le advierte a Merlo: "Atención: el perro Bendicò es un personaje importantísimo y es casi la clave de la novela". Sin duda lo es, ya que Bendicò acompaña durante toda la primera parte de la novela al Príncipe de Salina y, más que una sombra, el perro es un interlocutor a través del cual su dueño observa el mundo, una visión que apenas puede compartir con nadie y que tiene una carga existencial desde la que el Príncipe acepta la contingencia y se acerca a la muerte. Y la muerte adquiere sentido cuando muchos años después, fallecido ya el Príncipe en una escena que Lampedusa titula significativamente "Fin de todo", una de sus hijas hace arrojar el cuerpo embalsamado del perro, deteriorado y apolillado, a un patio donde se deposita la basura. Eso es la muerte, lo que se lleva también consigo el pasado. Y ese otro mensaje de la novela, su leitmotiv, el "gatopardismo" que indica que todo se puede retener si se es capaz de cambiarlo todo, no es más que una falsa ilusión. Todo se diluye y acaba como el cuerpo de Bendicò "en un montoncito de polvo lívido". En un fragmento no incluido en el cuerpo de la novela, vemos cómo el Príncipe comprende esto en compañía de su querido perro. Narra Lampedusa: "Así pues, uno de los primeros signos de la recobrada serenidad de don Fabrizio fue la reanudación de sus fraternas relaciones con Bendicò; de nuevo pudo admirarse el espectáculo del hombre gigantesco paseando por el jardín con el perro coloso. El perro confiaba en enseñar al hombre el gusto por la actividad gratuita, inculcarle un poco de su dinamismo; el hombre hubiera deseado que, a través del afecto, el animal pudiese apreciar, si no la especulación abstracta propiamente dicha, al menos el placer de un ocio ilustrado y señorial, por supuesto, ninguno de los dos lo conseguía, pero igual eran dichosos porque la felicidad consiste en perseguir un objetivo, no en alcanzarlo; al menos eso dicen".