Martes 10 de Mayo de 2022
El título obtenido por Newell's en 2013 con Gerardo Martino como entrenador y la Copa Argentina que consiguió Central bajo la conducción de Edgardo Bauza en 2018 (el último campeonato de primera lo ganó en 1987) tienen formas de oasis ante la impiadosa intemperie futbolística que muestra Rosario. Ambos equipos fueron alternando campañas con diferentes ubicaciones pero idénticos finales. Mantener alguna chance de clasificar hasta último momento o quedarse eliminado con mucha anticipación fueron situaciones compartidas en las recientes ediciones. Con la misma conclusión frustrante: no fueron protagonistas. Entonces en este contexto de la nada, irrumpen diferentes sensaciones. Algunas emparentadas con la resignación. Otras con la bronca y la rebeldía. Y la más preocupante con el conformismo, relacionada a ese folclore rancio que se sostiene más en el fracaso ajeno que en el propio.
Pensar que Central y Newell's no pueden tener una mejor realidad deportiva es inadmisible para una sociedad que forjó una historia colectiva que le dio a la ciudad una identidad futbolística. La protesta dibujada en frases hechas como "es lo que hay" o "es la triste realidad" como algo indeleble, irrumpe en la superficie como una condena inapelable. Inmodificable. A manera de resignación.
Tal vez la más saludable de las reacciones sea la que expresa indignación, la que transmite esa rebeldía indispensable ante una situación inmerecida desde lo pasional, porque ese orgullo de pertenencia inquebrantable impulsa a exigir, a cambiar, a recuperar el derrotero por el protagonismo perdido. Es que allí habita el sentimiento que necesita de manera indispensable nutrir su grandeza también con éxitos futbolísticos. Con esos festejos importantes. Notables. Como las trayectorias de los dos clubes exigen.
Pero también en ese abanico de sensaciones expresadas aparece el conformismo, en el que se encuadran los más radicalizados, muchos desprovistos de ese sentido común para alcanzar un equilibrio en el diagnóstico, y quienes generan el caldo de cultivo del que se retroalimentan aquellos que son responsables del pasado reciente y del presente latente de este bochorno.
Porque esos militantes del conformismo fortalecen la permanencia y extensión de una realidad mediocre. Porque su pobreza no es un problema a solucionar mientras el vecino sea también pobre. Y construyen desde allí una cuestión folclórica devaluada, que edifican desde los fracasos mutuos. Y cada vez más lejos de la pretensión de volver a ser protagonistas como una demostración de superación. Para desde allí sí consolidar esa rivalidad retórica y colorida que el fútbol de Rosario supo tener. Basada en la riqueza de sus recursos. A diferencia de esta subsistencia que el fútbol rosarino tiene hoy. Y que su gente no merece.