Opinión

El fin de los partidos políticos: ¿la muerte de la democracia?

Tiempos difíciles. Deberíamos preguntarnos si la desaparición de estas estructuras no implican una peligrosa regresión.

Viernes 07 de Febrero de 2020

Con el correr de los primeros años del siglo XXI, tanto en las viejas como las nuevas democracias se verificó un proceso de creciente deterioro de la representatividad de los partidos políticos. Dejaron de representar a sus propias bases y a la sociedad. Su incidencia y gravitación política se fue extinguiendo y, en general, buscaron alguna forma de sobrevida a partir del ensayo de las más variadas alquimias políticas con total desapego a los postulados y principios que les dieron origen, cosa que no hizo más que agravar su desprestigio social.

Mientras se desarrollaba este proceso, crecían los reclamos y propuestas de una nueva política que viniera a ocupar su lugar y que fueron encontrando respuestas en diversas formas de expresión política con notable proyección electoral.

Ahora bien, la democracia tal como la conocimos suponía la existencia de partidos políticos con estructuras de toma de decisiones más o menos rígidas y formales que les permitía sostener posiciones parlamentarias y de ese modo construir la voluntad estatal. Además, hacían de la negociación y el compromiso valiosas herramientas para la construcción de consensos y la formulación de políticas de estado con proyección en el tiempo. En ello, básicamente se sustentó la democracia que aseguró los períodos más largos de estabilidad política y proliferación de derechos sociales e individuales que hayamos conocido.

Estas organizaciones políticas que se autodefinían sobre la base de postulados propios y tenían como objetivo la consecución del bien común, vinieron a superar a las “facciones” que imperaron al momento del nacimiento del estado liberal, a fin del siglo XVIII, como experiencia histórica de forma de lucha y ejercicio del poder. Estas no perseguían otra cosa que alcanzarlo para beneficio del grupo o sector que las conformaban y eran de por si generadoras de inestabilidad política. Dentro de ese contexto, el advenimiento de los partidos políticos representó un avance que posibilitó la disputa política en términos racionales.

Un nuevo escenario

Hoy estamos ante un escenario donde los viejos partidos si bien no han desaparecido, en los hechos operan como las vilipendiadas facciones, en tanto pareciera ser que carecen de otro objetivo que no sea el mero acceso al poder y mantenerse en él como forma de reproducirse a sí mismos, más que a perseguir el bien común. A su vez, las nuevas formaciones políticas construidas al amparo de figuras mediáticas ajenas a la práctica política se contentan con alcanzar el poder y ejercerlo en beneficio de los círculos que las componen.

El factor desencadenante de este proceso de agotamiento de los partidos políticos hay que buscarlo en el paulatino abandono de los postulados doctrinarios y de la defensa de los intereses generales de sus representados que terminó agotando a la sociedad y sumiéndola en un descreimiento generalizado.

Primero los partidos se desentendieron de la gente y luego la gente se desentendió de los partidos. Entre los partidos y la sociedad se diluyó toda conexión. La misma, fue suplida por el vacío. Fenómeno que describe y analiza Peter Maier en su obra “Gobernando el vacío”. Los políticos, en general, más que preocuparse por llenarlo de contenido se contentan con navegar en él, para lo cual se despojan de ideas y desde el vacío mismo buscan lograr algún modo de cercanía con la gente.

Así las cosas, en vez de festejar la desaparición de los partidos políticos, debiéramos empezar a preguntarnos más que seriamente si tal circunstancia implica un avance, tal como pregonan los partidarios de la “nueva política”, o si por el contrario marchamos a una peligrosa regresión a la era pre-partidos políticos. Es decir, al imperio de las facciones, al abandono definitivo de la búsqueda del bien común, a la imposibilidad de consensos, a la lucha del poder por el poder mismo sin solución de continuidad y sin miramiento por las instituciones, las leyes y los derechos elementales. O, en definitiva, si la democracia y los valores y los derechos que la conforman sobrevivirá a la muerte de los partidos políticos

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