Opinión

El fin de la amenaza norcoreana

Durante décadas, Corea del Norte ha sido un difícil dilema para la comunidad internacional, y en especial para las democracias consolidadas del planeta, lideradas por Estados Unidos.

Martes 03 de Julio de 2018

Durante décadas, Corea del Norte ha sido un difícil dilema para la comunidad internacional, y en especial para las democracias consolidadas del planeta, lideradas por Estados Unidos. Entre ellas, Corea del Sur (protegida por soldados estadounidenses) se destaca como un temeroso oasis de libertad, democracia y desarrollo en medio de dos grandes potencias autoritarias entrelazadas entre sí: China y Corea del Norte.

El rango de potencia de Corea del Norte le viene dado por su status nuclear. Dicha capacidad es la que le ha permitido, hasta ahora, sentirse intocable, provocando sistemáticamente a la comunidad internacional con pruebas nucleares y misiles balísticos para obtener prebendas y beneficios a cambio. Pero dicho programa nuclear requiere de recursos, que son escasos en un país totalitario, altamente corrupto, sin libertades y aislado internacionalmente. Si bien el totalitarismo se caracteriza por estrujar al máximo a la población, lo cual en Corea del Norte es motivo de hambrunas recurrentes y malnutrición masiva, lo cierto es que, sin una entrada importante de recursos, sería difícil sostener el avanzado programa nuclear norcoreano. Aquí es donde entra a jugar China (principal destino de sus exportaciones).

El gigante asiático ha sido el aliado histórico y sostén de Corea del Norte, al cual veía como una forma de contener el avance de la democracia capitalista por la región, evitar una reunificación de la península coreana liderada por el Sur y limitar el avance de la presencia e influencia de Estados Unidos en una zona lindante. Por eso, durante mucho tiempo, China alternó entre un apoyo decidido al régimen norcoreano y un reclamo aparente o simulado, sin medidas firmes que forzaran un cambio real de actitud por parte de la dictadura de los "Kim". Esto es lo que, precisamente, podría haber empezado a cambiar a raíz de la guerra comercial iniciada contra China por la administración Trump.

Recientemente, se llevó a cabo la tan anunciada reunión entre Donald Trump y Kim Jong Un. No ha trascendido mucho al respecto, salvo comentarios provenientes de Pekín, ya que Kim, terminada la reunión, fue a reunirse con el presidente de la República Popular China, Xi Jinping. Al parecer, EEUU hizo una exigencia mínima de que Corea del Norte debía cesar con sus ensayos misilísticos de mediano y largo alcance. Corea del Norte, por su parte, exigió que cesaran las fuertes sanciones económicas que pesan sobre su economía. Estas fueron, puede decirse, las exigencias de mínima, que son las que más probabilidades tienen de materializarse. Sin embargo, Trump no se mostró flexible con el tema de las sanciones. Afirmó que, para que ello ocurra, primero debe consultar a sus aliados y, antes, Corea del Norte debe mostrar un real cambio en su conducta.

En cuanto a las exigencias de máxima, EEUU planteó que Corea del Norte debía abandonar por completo su desarrollo atómico. La negativa norcoreana, a este respecto, fue rotunda. Kim expresó que algo así sería impensable, dado que su país requiere de energía nuclear para su desarrollo económico.

Estarían dispuestos los norcoreanos a darle a su plan nuclear un cariz netamente pacífico, algo así como el plan "Átomos por la Paz" que la ONU apoya. Un arreglo así debería ser implementado en el marco de la Organización Internacional para la Energía Atómica (Oiea). Esto podría ser un punto intermedio de acuerdo en relación con la exigencia de máxima de EEUU. Pero lo más dificultoso sería la concreción de la exigencia de máxima de Kim, que se trata del retiro completo por parte de EEUU de sus fuerzas militares instaladas en Corea del Sur.

Esto, que parece una exigencia más de China a través de Norcorea que de Norcorea sola, encaja con el discurso aislacionista de Trump, que en reiteradas ocasiones ha planteado que EEUU no debe pagar por la seguridad y defensa de otros países, por más aliados y estratégicos que estos puedan ser. Pero resulta difícil imaginar que la dirigencia americana y, en particular, el establishment del Partido Republicano, fortalecido dentro del gobierno de Trump luego de los escándalos destapados sobre las injerencias rusas, vayan a aceptar un retiro total. Quizás un retiro parcial, con un progresivo reemplazo de fuerzas americanas por fuerzas autóctonas de Surcorea, pueda ser una salida viable. Pero lo cierto es que, hasta ahora, la respuesta de Trump ha sido negativa, alegando que Corea del Sur carece de fuerzas propias suficientes para defenderse de un eventual ataque de Corea del Norte. Nadie puede garantizar que, si EEUU retira sus alrededor de 30.000 soldados de Corea del Sur, no ocurra lo que aconteciera en 1950, cuando las tropas norcoreanas llegaron rápidamente hasta la capital surcoreana, Seúl, y ocuparon casi la totalidad de la península.

En definitiva, la histórica reunión entre Trump y Kim podría ser un gran primer paso hacia la paz y el entendimiento entre las dos coreas. Si bien una reunificación a la alemana parece improbable por el momento, dado que no sería del interés de China, es factible, aunque no sencillo, que pueda llegarse a un entendimiento de mínima, que quizás pueda llevar al cese de los ensayos misilísticos y las provocaciones de Corea del Norte, así como al fin de las sanciones económicas contra el régimen. Es verdad que, en el pasado, Corea del Norte simuló muchas veces una falsa vocación acuerdista, que le sirvió para ganar tiempo, mejorar su imagen internacional y proseguir con su plan nuclear. Sin embargo, hay que considerar que las circunstancias actuales son diferentes, y puede que el resultado también lo sea.

Eduardo Sutter Schneider (*)

Rafael Eduardo Micheletti (**)

(*) Doctor en relaciones internacionales

(**) Abogado

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