Miércoles 05 de Abril de 2023
Alguna vez dejaron de ser invisibles y atrajeron todas las cámaras del país. Pero en ese extremo más postergado de Empalme Graneros que se llama Los Pumitas, donde hace un mes los narcos asesinaron a un nene de 11 años, la violencia se respira desde hace décadas. Se vive sin asfalto, sin agua potable, sin colectivos, sin cloacas. Es decir, se sobrevive. Y en ese sitio donde florecen las necesidades básicas insatisfechas, el narco se hace fuerte. Tanto, que hasta una escuela cambia la puerta de ingreso para que los chicos no tengan que pasar delante de un búnker y la violencia entre bandas obliga a cerrar comedores y suspender el dictado de talleres de oficios con los que los pibes tal vez puedan pelearle de algún modo a la exclusión.
Cuando hace un mes el barrio se alzó y empezó a destrozar sitios en los que se vendía droga, el motor de esa ira fue la muerte de un nene, sin dudas; pero para llegar a eso primero convivieron años, y siguen conviviendo, contra la violencia de ser invisibles. De ver cómo se les da un boleto gratuito de colectivo cuando el ómnibus jamás entró al barrio, cómo tienen que esquivar una montaña de cartones para llegar al centro de salud o deben levantarse de madrugada para conseguir agua en alguna canilla comunitaria.
Así se vive a no más de 15 minutos del centro, ese sitio de la ciudad donde se impostan los discursos sobre inseguridad pero ni siquiera se manda una cuadrilla para cambiar un foco o limpiar una zanja. En Los Pumitas, como en tantos barrios de Rosario, siempre se vivió en la invisibilidad, esa que se convierte en tierra fértil para que el narco se erija en señor feudal. Pero un día los invisibles dejaron de serlo y, al menos como advertencia, es vital que la clase dirigente los vea.