Opinión

El Día del Militante

Aniversario. El 17 de noviembre de 1972 Juan Domingo Perón regresó al país tras un largo exilio y desde entonces sus seguidores lo evocan cada año.

Sábado 17 de Noviembre de 2018

Quienes tuvimos la posibilidad de vivir la época de los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón recordamos con dolor aquella lluviosa mañana del 20 de septiembre de 1955 en la que después de dejar la embajada de Paraguay nuestro líder se embarcaba en una cañonera del vecino país iniciando su primer paso al exilio. Nos embargaba el enojo de no haber luchado hasta el final contra los traidores que lo derrocaron, actitud que él se encargaría más adelante de justificar con su deseo de evitar un derramamiento de sangre. Por otro lado, se abría ante nosotros el interrogante del futuro de nuestro movimiento y de toda la obra de reconstrucción nacional que Perón había llevado adelante como presidente de los argentinos.

Ya el 16 de junio, cuando bombardearon al pueblo indefenso en la Plaza de Mayo, conocimos la crueldad y el odio de los golpistas. Presentíamos que se avecinaban días de persecución y de destrucción de nuestros pilares: la soberanía política, la independencia económica y sobre todo la justicia social. Se hacía carne en nosotros aquella expresión del Dante: "no hay mayor dolor que el recuerdo de los días felices cuando estos se han perdido para siempre".

Se abrió para nosotros la necesidad de empezar a organizarnos sin la presencia física de quien había sido nuestro conductor. No estaba él, pero sus enseñanzas habían calado hondo en sus seguidores y aquello de que cada militante lleva en su mochila un bastón de mariscal se hizo realidad en la organización de la resistencia. Quienes nos arrebataron el poder arrasaron con nuestros símbolos, nuestros derechos, nuestra libertad, con todo lo que tuviera vestigio de peronismo, pero no pudieron apagar la llama que Perón había encendido en nuestros corazones.

Llegó el momento en que empezaron los contactos a través de misivas. Con Perón en el exilio, el movimiento peronista actuando en la clandestinidad mostró al mundo un ejemplo de lealtad a su jefe. Cuanto más se alejaba en su camino a Madrid, más cerca sentíamos su presencia y la necesidad de su retorno.

Fueron tantos y tan grandes los errores que cometieron sus rivales al no querer respetar la voluntad de un pueblo que había tomado conciencia de su posibilidad de grandeza y bienestar, y era tan cruel la persecución a su doctrina, que cada vez se agrandaba más su figura.

Presionados por la mayoría de un pueblo hastiado de un gobierno antidemocrático y jaqueados por las organizaciones obreras, se vieron obligados a buscar una salida electoral. Pero ante el temor de un triunfo del peronismo lo proscribieron. Puestos en la obligación de optar, y existiendo un acuerdo secreto con el Arturo Frondizi , los militantes cumplimos la orden de Perón de votar a ese candidato. Orden que se fue transmitiendo de casa en casa, de café en café , de boca en boca, sin niguna publicidad, pero que le dio el triunfo electoral a Frondizi.

La falta de cumplimiento de lo pactado volvió inestable la situación del gobierno al que finalmente destituyeron las fuerzas armadas, quedando otra vez dueñas del poder, pero esta vez con la figura de un civil, José María Guido, quien más que un presidente era un títere de los comandantes. Como el país no dejaba de ser un hervidero quisieron probar con un nuevo llamado a elecciones, siempre con el peronismo proscripto. Pero esta vez la orden que llegó desde Madrid fue la de votar en blanco y una vez más la militancia mostró su lealtad al jefe. Como candidato del radicalismo asume la presidencia Arturo Illia, que apenas había logrado reunir el veinticinco por ciento del electorado. ¿Podía tener poder un gobierno tan pobremente elegido?

No cabían dudas de que Perón, a más de 10.000 kilómetros de distancia, era el dueño de la situación. Su presencia en el país era necesaria y todo el movimiento se puso en acción para lograr su retorno, que en diciembre de 1964 quedó abortado en Brasil ante la presión que ejercieron sobre el débil gobierno civil quienes comandaban nuestras fuerzas armadas.

Finalmente ocurrió lo que desde un comienzo era previsible. Con tan bajo porcentaje de votantes que lo eligieron, bastaba el enojo de un comandante para que dicho gobierno se tuviera que ir y nuevamente quedáramos a merced de las fuerzas armadas. Ni Juan Carlos Onganía, ni Roberto Marcelo Levingston, ni Alejandro Agustín Lanusse podían gobernar de espaldas a la voluntad mayoritaria del pueblo. Y fue justamente Lanusse, enconado enemigo de Perón desde 1951, quien aceptó a regañadientes la posibilidad del retorno a la Argentina de nuestro líder.

Fue el 17 de noviembre de 1972 bajo una lluvia similar a la del día que tuvo que partir, coincidencias del destino. Fue ese día cuando, al verlo bajar de las escalerillas del avión, no pudimos evitar que nuestros ojos se humedecieran con las lágrimas de una emoción tantos años contenida. En ese instante desfiló por nuestra mente el recuerdo de tantos compañeros que no pudieron vivir ese momento tan deseado porque habían quedado en el camino de la lucha.

Por eso este día tan significativo para los que durante diecisiete años fuimos leales a Perón se lo festeja como el Día del Militante, en el que renovamos nuestro compromiso de seguir luchando para que la doctrina justicialista sea una realidad en la Argentina de hoy y de siempre.

Rufino Bertrán / Dirigente peronista de la provincia fallecido el 2 de septiembre de 2018

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});