Opinión

El deporte fue el único rasgo peronista de la presidencia de Menem

Durante los primeros años de su gobierno se adoptaron medidas que impulsaron la federalización del deporte y un respaldo a los atletas, aparte de construirse obras necesarias. Pero duró poco

Domingo 14 de Febrero de 2021

Carlos Menem fue un engaño. Mintió con su propuesta de campaña para las elecciones del 89. Habló de revolución productiva y salariazo. Una vez en el gobierno hizo todo lo contrario. Pulverizó derechos sociales y laborales, regaló los recursos nacionales a manos privadas y contribuyó a la concentración mediática. El único rasgo peronista de su presidencia lo tuvo la política deportiva durante sus primeros años de gobierno. Desde la Secretaría de Deportes de la Nación se impulsaron medidas que fortalecieron el deporte.

La piedra fundamental fue la normalización del Consejo Nacional del Deporte, creado por ley durante el último gobierno de Perón y que jamás se había puesto en funcionamiento desde que la norma fue promulgada en 1974 . El consejo es una herramienta auténticamente federal, integrado por representantes de todo el país y a través del cual se planifica el deporte en su conjunto y en todos los niveles, desde el federado al no federado. Es desde allí donde emanan los proyectos que el Estado nacional tiene que llevar adelante.

Durante ese período se reacondicionó el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo) de Buenos Aires, que se encontraba en muy mal estado, y es donde entrenan los atletas de elite. Volvieron a realizarse los Juegos Evita y se crearon los Juegos Binacionales de la Araucania (sur de Argentina y Chile).

Se organizó el Mundial de Básquet 1990, con la particularidad que se hizo público el balance de ingresos y egresos una vez terminado ese campeonato. Se firmaron convenios para la llegada de entrenadores extranjeros y se convoca a técnicos nacionales de prestigio. Hubo un incremento considerable de recursos económicos destinados a la secretaría de Deportes que tenía al frente a Fernando Galmarini, pero que en realidad tuvo el empuje fundamental del subsecretario de la cartera, el dirigente tucumano Víctor Lupo.

Menem fue el arquetipo de la frivolidad y la farandulización de los 90, y aprovechó cada ocasión para codearse con las y los deportistas. Jugó con Maradona y la selección argentina, con el seleccionado de básquet, al tenis con Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini. El deporte para Menem fue una cuestión de imagen.

En forma paralela, se trabajaba en el deporte con una idea clara de hacia donde se apuntaba. Hasta surgió la idea de construir Centros de Alto Rendimiento en distintos lugares del país, para que el deporte sea realmente federal y los mejores no tengan que terminar entrenando indefectiblemente en Buenos Aires.

Pero esa gestión duró hasta fines de 1992. La mala actuación de la delegación argentina en los Juegos Olímpicos de Barcelona fue la explicación de un cambio de mando. La realidad es que semejante idea del deporte no encajaba con el neoliberalismo de aquellos años, donde reinaba la cultura del individualismo y el falso concepto de meritocracia. La política deportiva que llegó después sirve de explicación para entender por qué se interrumpió ese proceso.

El deporte desbarrancó con el secretario de Deportes, el riojano Livio Forneris, quien unos años después se iría acusado por manejos irregulares de fondos públicos. Se redujo el presupuesto, hubo grandes atrasos en las becas a los deportistas, los Juegos Evita no se organizaron más y, principalmente, el Consejo Nacional del Deporte dejó de existir y así continúa hasta estos días. Es que siempre resulta más cómodo digitar qué se hace y no se hace desde un sillón de Buenos Aires que discutir sobre planificación con cada actor del deporte de cada rincón de la Argentina.

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