Opinión

El declive del PT en Brasil

El PT ya no es el que era, aquel partido de línea socialdemócrata que gobernó Brasil con equilibrio y siempre con un ojo puesto en las variables macroecnómicas entre 2003 y 2016.

Sábado 15 de Septiembre de 2018

El PT ya no es aquel partido de línea socialdemócrata que gobernó Brasil con equilibrio y siempre con un ojo puesto en las variables macroecnómicas entre 2003 y 2016. La designación más que tardía de Fernando Haddad en reemplazo de Lula el martes pasado como candidato presidencial es una prueba más de esta involución. Luego del ingreso a prisión en abril pasado, por una condena ratificada y aumentada en cámara de apelaciones, Lula debió razonablemente desistir y dar libertad a su partido para que eligiera a un candidato "de verdad", no uno testimonial como era él desde aquél momento fatídico. Incluso el 31 de septiembre pasado, cuando el Tribunal Electoral anuló definitivamente la candidatura de Lula, aún había algo de tiempo para darle vía libre a Haddad. Pero el caudillo indiscutido del partido, junto con el ala más radicalizada, eligieron el otro camino, dejando ahora a Haddad con una mínima ventana temporal para posicionarse en la competencia presidencial, superpoblada de candidatos. Haddad ya se perdió varios debates presidenciales por TV. Es cierto que en el último sondeo de DataFolha sumó 5 puntos y quedó segundo, con 13%, la mitad del derechista Jair Bolsonaro. El paulista es de la rama moderada del PT, y no goza del favor de esa militancia que le hace el "aguante" a Lula y que se desinteresa por el voto, al parecer definitivamente perdido, de la clase media. El más elemental cálculo indica que este sector social es vital para ganar, como lo fue en todos los triunfos electorales del PT de 2002 a 2014. Pero el ala dura petista está tan enceguecida que llegó a proponer llevar la boleta de Lula aunque ya estuviese vetado por la Justicia electoral. Una locura que iba a conducir a una denuncia penal contra el partido, además de la invalidación y retiro de ese voto inválido de las mesas electorales.
La deriva radicalizada del PT no empezó con la prisión de Lula, viene de lejos, incluso es algo anterior a la "persecución judicial" del líder se remonta a los prolegómenos de la destitución de Dilma, decretada el 31 de agosto de 2016 por su socio mayor, el PMDB del hasta entonces vicepresidente Michel Temer. Este partido, el mayor de Brasil, siempre fue el socio del que ponía al presidente. Del PSDB de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) y luego del PT, en las dos presidencias de Lula (2003-07 y 2007-11) y en las dos de Dilma, la completa (2011-15) y la segunda, truncada precisamente por el impeachment forjado por el PMDB en alianza con el PSDB en el Congreso. Pero de tener de socio principal a este este gran partido centrista, que ostenta casi siempre la mayor bancada en Diputados, ahora el PT se quedó con una modesta coalición con el Partido Comunista como aliado principal y un tercer partido aún más chico. Desde 2002 el PCdoB es parte de la coalición del PT. Su lista de candidatos a diputados sacó en 2014 algo menos de 2 millones de votos, un 2% del escrutinio. Los tres partidos forman la coalición electoral "O Povo Feliz de Novo", un nombre sencillamente infantil, que incluso en Argentina daría vergüenza presentar o siquiera pronunciar.
No siempre practicó el PT este populismo de bajo vuelo. En enero de 2015 Dilma reasumió y comenzó su segundo mandato con una idea clara: el ajuste fiscal. Economista formada, Rousseff le "robó" el economista estrella a su competidor en el ballottage del año anterior, Aecio Neves, el financista Joaquim Levy y su equipo. "Monetarista" simplificaron muchos cronistas. El ajuste fiscal, inevitable luego de una escalada del gasto público por el Mundial y una campaña presidencial muy peleada, más una inflación empinada. Pero Levy fue muy resistido por el ala izquierda del PT, que finalmente logró derribarlo. El nivel de popularidad de Dilma, muy bajo desde el año maldito de 2013, se acentuó con el ajuste a medias y el estancamiento de la economía. Fue esta falta de respaldo popular la que dio pie al irresponsable juicio político y destitución de la presidenta, que de otra forma hoy estaría terminando su segundo mandato con un PT pegado a su impopularidad.
La destitución de Levy indica que ya por aquellas fechas el PT ya había comenzado a dejar de lado el discurso equilibrado e institucionalista propio de un partido de gobierno. Vale contrastar la reacción del gobierno de Lula cuando el escándalo del "Mensalao", que estalló en 2005 y barrió al primer equipo de Lula: su jefe de gabinete, José Dirceu, el presidente del PT, José Genoino, y su tesorero, Delubio Soares. En 2012, ya en el primer gobierno de Dilma, la Corte Suprema emitió 25 condenas en este caso, el peor de corrupción política en la historia Brasil hasta entonces. Ni Lula, ni mucho menos Dilma amagaron con denunciar una persecución político-judicial, como hacen ahora a diario y desde hace tres años. "Respetamos las decisiones de la Justicia" fue el mantra de los dirigentes del PT. A modo de constraste con aquella actitud responsable, se puede citar la "Carta de Lula al pueblo brasileño" dada a conocer el pasado martes, cuando finalmente defeccionó de su candidatura imposible en favor de Haddad. "Mi condena es una farsa judicial, una venganza política, siempre usando medidas de excepción contra mí" afirma allí el ex presidente. "Ellos no quieren apresar al ciudadano Lula, quieren apresar al proyecto de Brasil que la mayoría aprobó en cuatro elecciones consecutivas y fue interrumpido por un golpe contra una presidenta legítimamente elegida" agrega el caudillo. De pronto, el Poder Judicial que era respetado y respetable, pasó a ser una "farsa judicial", y el proceso de juicio político de Dilma, que cumplió con todos los pasos constitucionales escrupulosamente, incluso con intervenciones de la Corte Suprema que no avaló una primera comisión acusadora, es sólo "un golpe". Se podrá rechazar el juicio político de Dilma en términos precisamente políticos, pero en modo alguno fue "un golpe". El "Mensalao" era ejemplar, el "Lava Jato" es una farsa para frenar un proyecto de país. Insostenible.
Pero ocurre que el Lava Jato se llevó puestos a numerosos líderes del centroderecha, entre ellos a Aecio Neves, que en estas elecciones hubiese sido el candidato seguro del PSDB y muy probable ganador (contra Dilma compitió de igual a igual en 2014: en el ballotagge perdió por 48% a 51%). Pero siendo senador, su despacho fue allanado por orden judicial, su casa también y dos familiares directos fueron detenidos. En abril pasado, la Corte Suprema acusó a Neves por corrupción y obstrucción de la justicia. El mejor hombre del partido del establishment es un muerto político por obra del Poder Judicial. El PSDB podria denunciar una "farsa judicial" para detener un "proyecto de Brasil", pero el partido del ex presidente Fernando Henrique Cardoso0 ni se sueña con adoptar esa línea petardista. Lula, seguramente enceguecido por estar en prisión y con información sesgada por un entorno fanático, ha emprendido un camino irresponsable que polariza a la sociedad. Afortunadamente, ese discurso de barricada no supera el núcleo duro de votantes del PT. Con un poco de buena suerte y moderación de último minuto de las elecciones presidenciales de octubre saldrá ganador un candidato de centro (Marina Silva, Geraldo Alckmin). Allí se terminará la incertidumbre de los mercados y los inversores volverán a fluir a Brasil, para eterna envidia de Argentina

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