El cosmos del trole, paraíso de los hiperconectados
La línea K de trolebuses parece una mosca blanca en el caótico transporte urbano rosarino.

Viernes 09 de Diciembre de 2016

La línea K de trolebuses parece una mosca blanca en el caótico transporte urbano rosarino. La frecuencia es buena y bastante regular —lo que no es poco—, dentro de los coches no se respira humo, las enormes ventanillas disipan sensaciones claustrofóbicas y, por sobre todo, no hay ruidos opresivos, si se compara con los colectivos con motores gasoleros.
Pero, además, el trole tiene una atmósfera propia. Al mediodía y a la tarde no es raro ver a chicos que dibujan historias que imaginan en el momento, a madres que le toman la lección, y a otros que inventan juegos cuando aciertan a ocupar los asientos enfrentados. Pero el espectáculo lo dan quienes viajan con los auriculares del celular puestos.
Tanto los que, aun ejerciendo tenaz lucha, no pueden sustraerse a un sueño recurrente como los que van hablando con alguien a la distancia. Estos impresionan: gesticulan, afirman, niegan con vehemencia con los ojos fijos en un punto en el que, fácil es creerlo, han puesto la imagen del interlocutor. Tanto es así que a ese lugar dirigen sus ademanes. No importa el tiempo, pero tanto más extraño cuando esa representación humano-digital se mantiene por varios minutos. Y después, puede verse que, como si resetearan la vida, comienzan a moverse rítmicamente acompañando los sonidos que salen de esos auriculares que cierran a los circunstanciales y obligados espectadores vivencias y pensamientos del protagonista del sainete.
Y cuando se bajan, los pasajeros se dan cuenta de que pegado al otro lado de la chapa estuvo el Negro Fontanarrosa acompañándolos durante el viaje.