Opinión

El club de los agoreros funcionales

A quién le conviene la grieta. El macrismo llegó al gobierno nacional gracias a su magistral explotación política del abismo existente entre "K" y "anti-K". Lejos de comprender a quién favorecen sus palabras, algunos referentes de la oposición continúan disparando munición gruesa.

Lunes 19 de Febrero de 2018

Exactamente 90 años se cumplirán en octubre próximo de la última ocasión en la que un presidente no peronista, en este caso el radical Marcelo Torcuato de Alvear, logró completar su mandato después de haber sido elegido en forma democrática, mediante elecciones, para ejercer ese cargo.

Ocurrió el 12 de octubre de 1928, cuando Alvear le entregó el mando a Hipólito Yrigoyen, incluso con quien estaba enfrentado en esa época: dos años más tarde, en 1930, el caudillo radical fue derrocado en el primer golpe de Estado registrado en la Argentina durante un período constitucional.

Si bien es cierto que el movimiento peronista surgió aquí a mediados de la década de 1940, lógicamente en torno de la figura emblemática de Juan Domingo Perón, no volvió a suceder jamás en el país desde aquel 1918 que un presidente no justicialista consiga finalizar su mandato.

Noventa años más tarde, Mauricio Macri intenta romper con esa estadística desfavorable, en momentos en los que voceros de renombre del llamado "Club del Helicóptero", como el ex juez de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Raúl Zaffaroni, expresan a viva voz ese deseo propio, pero también ajeno —de los demás integrantes de ese grupo—, de que su gestión termine "lo antes posible".

Muchos son los mismos que apenas días después de la asunción del líder del PRO como presidente de la Nación, en diciembre de 2015, "bromeaban" en redes sociales e incluso en ámbitos menos impersonales comparando a Macri con Fernando de la Rúa y recordando la tristemente célebre caída del ex mandatario radial, hacia fines de 2001.

En aquella oportunidad, De la Rúa fue retirado en helicóptero de la Casa Rosada en medio de sangrientos disturbios en todo el país, aunque en gran medida azuzados por el peronismo bonaerense, y renunció al cargo tras dos años de gestión.

Desde entonces, el justicialismo gobernó la Argentina hasta la llegada al poder de Macri, cuya continuidad en el cargo parecería ahora estar "amenazada", a juzgar por recientes comentarios de personajes vinculados al kirchnerismo —o a lo que queda de él— y de líderes gremiales que temen que sus reinados caigan en desgracia si la Justicia avanza en causas por supuestos actos de corrupción en las que están involucrados.

Una prueba de madurez

Es cierto que el Ggbierno ha tomado en las últimas semanas algunas decisiones de carácter "impopular" que, sumado al escándalo protagonizado por el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, con su empleada doméstica, generaron un marcado declive en las mediciones de imagen del presidente Macri e incluso en los niveles de aprobación de su gestión, de acuerdo con una serie de encuestas conocidas días atrás.

De todos modos, en la Casa Rosada confían en que el primer mandatario logre revertir esa tendencia a la baja en lo que resta del año, acertando por ejemplo en las políticas económicas que vaya a impulsar, para de ese modo encarar mejor armado un 2019 en el que muy probablemente irá en busca de una reelección.

Cumplir con su postergada promesa de moderar la inflación, para fortalecer esa manera el poder adquisitivo del salario; promover una mejora sostenida de la economía en general y de los niveles de consumo y de producción industrial en particular; así como conseguir que efectivamente disminuyan los bolsones de pobreza en la Argentina se destacan entre los desafíos más exigentes que se le presentarán al gobierno en los próximos meses.

Mientras tanto, la incesante toma de deuda para financiar gastos corrientes, obras públicas, pero también vencimientos de compromisos de pago previamente contraídos en moneda extranjera, junto con los soporíferos resultados —en principio favorables— del proyecto económico que impulsa la Casa Rosada se han convertido en los últimos tiempos en la argumentación predilecta de quienes auguran un final apocalíptico para Macri y su gestión.

Lugartenientes del kirchnerismo como Zaffaroni, Hebe de Bonafini o Luis D'Elía se ubican al frente de esta suerte de logia que pronostica y desea el peor de los desenlaces para la aventura de Cambiemos en las grandes ligas de la política nacional, por más que esa eventual debacle pueda ocasionar "violencia y muertos", como comentó incluso el magistrado integrante de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Se trata de un grupo, este supuesto "Club del Helicóptero", que claramente aborrece al gobierno de Macri, en especial por motivos ideológicos, pero que con sus comentarios desatinados, con sus bravuconadas y expresiones de tono antirrepublicano, al final del día, termina siendo funcional a Balcarce 50, ya que sin ir más lejos, encarna gran parte de lo que se puso a consideración del electorado argentino en los dos últimos comicios en el país, con el resultado que todos conocen.

El kirchnerismo perdió en las urnas en 2015 y volvió a perder en 2017, en octubre del año pasado, hace apenas cuatro meses: en este contexto, sería saludable para la Argentina, para la novel democracia doméstica y el fortalecimiento de las instituciones que la oposición en general y el PJ en particular, incluyendo a la militancia que añora el regreso al Poder de Cristina Kirchner, contribuyan para que el Gobierno de Macri logre cumplir su mandato.

Hasta significaría una prueba de madurez para todos ellos, noventa años después...

La grieta gremial

La Casa Rosada considera que las críticas e incluso las "advertencias" que recibe de parte de referentes K y de caudillos sindicales, como el gastronómico Luis Barrionuevo, le pueden resultar útiles para robustecer su perfil de supuesto "gobierno de cambio". Y su estrategia comunicacional, obvio.

"Lo tomamos como de quien viene y la sociedad también, en su mayoría. Nos suma, nos sirve, nos viene bien. Lo tenemos medido", sostuvo una fuente de Balcarce 50.

Cambiemos, quizá como ninguna otra agrupación política en la historia reciente de la Argentina, ha sabido capitalizar la llamada "grieta".

Sin esa marcada división en el electorado nacional, probablemente Macri no habría llegado a ser presidente en 2015.

Dos años después, el gobierno ha demostrado saber cómo mantener viva la llama de la "grieta" y el ex alcalde de la ciudad de Buenos Aires se obsequió una significativa victoria en las urnas en octubre de 2017 sobre Cristina, para acrecentar aún más la polarización entre "pros" y "antis" que reina en el país.

Ahora, en momentos en los que Cambiemos intenta llevar a la práctica las decisiones más estratégicas y cruciales de su plan de gobierno, antes de zambullirse de lleno en la campaña electoral de 2019, esas fisuras insalvables que existen en la sociedad por estos días parecen haber encontrado un correlato difícil de disimular ya en el ámbito gremial.

La marcha del próximo 21 de febrero en contra de las políticas económicas y sociales de Macri ha provocado numerosas discrepancias entre quienes la anunciaron y la promueven, quienes la apoyan, pero no asistirán, y quienes no la respaldan y, por consiguiente, le darán la espalda: cortocircuitos internos que dejaron al desnudo fracturas dentro del propio movimiento obrero.

Todo este revuelo se produce en momentos en los que el clan Moyano, con Hugo y Pablo a la cabeza, luce cada vez más cercados por la Justicia, que los investiga por supuesto lavado de dinero, asociación ilícita, actos de corrupción y el presunto vaciamiento de la obra social del gremio de Camioneros —que ambos lideran— en beneficio de empresas familiares.

Es esperable que incluso para la CGT exista un antes y un después de la movilización del miércoles que viene —¿en contra del gobierno o corporativa, para cerrar filas en defensa de los Moyano?—.

Los días del triunvirato que integran Héctor Daer, Juan Carlos Schmid y Carlos Acuña están decididamente contados.

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