Opinión

El clásico de los miedos

"Que lo jueguen en la Play". En broma y con fastidio, un hincha de encumbrado rol en la provincia se resignó con esa frase a que el clásico del fútbol rosarino no tenga otro destino que una consola de juegos.

Domingo 21 de Octubre de 2018

"Que lo jueguen en la Play". En broma y con fastidio, un hincha de encumbrado rol en la provincia se resignó con esa frase a que el clásico del fútbol rosarino no tenga otro destino que una consola de juegos. Lo increíble es lo naturalizado que está entre actores e hinchas el diagnóstico de que es casi imposible que el partido más pasional del país pueda ser disfrutado como corresponde. No pasa ni con Boca-River, ni con el clásico cordobés, ni con ningún otro.

En Rosario el partido más importante del año no puede ser ya una fiesta. A nadie le parece raro. Hasta abundan las justificaciones para explicarlo. "Se van a matar a la salida o en la ruta", argumentan para conformarse.

Como si se tratara de una enfermedad contagiosa, desde la capital de la provincia aparecen voces para exigir que no se juegue en ese terreno neutral, algo que apenas es discutible esta vez porque la neutralidad es una condición que impone el reglamento de esta Copa Argentina.

Es cierto que no será un partido más. Es la primera vez en mucho tiempo que se disputará un clásico eliminatorio. Ya no se trata de sumar tres puntos y dar lugar al folclore de las cargadas del lunes. Esta vez el que pierda queda fuera de la posibilidad de competir por un título. Pero eso, que debería agregarle mayor interés a la disputa, lo sumerge en un mar de preocupaciones. A pocos kilómetros, Boca y River palpitan desde esta semana la posibilidad de definir lo mismo en la más trascendente Copa Libertadores y nadie lanza tantos gritos al cielo.

Nadie está cómodo

Pero Newell's y Central parece que provocan efectos indeseables en la sociedad rosarina. Nadie parece estar del todo cómodo con la idea de tener que organizar este partido. ¿Qué habría que hacer a futuro? ¿Suspenderlo de por vida? ¿Aceptar que no se juegue más? ¿Tan lejanos quedaron los tiempos donde hasta las hinchadas acordaban garantizar la paz?

Es cierto que pasaron cosas, emulando al presidente Macri. Casi siempre que se jugó este partido hubo que sufrir incidentes, dentro y fuera de la cancha. Incluso los domicilios particulares cercanos a los estadios padecieron el paso de algunos hinchas. Pero es lo de siempre. Una minoría determina que la enorme mayoría no pueda disfrutar de una celebración deportiva.

Tampoco ayuda la intimidante visita que algunos barras leprosos hicieron durante la semana en una práctica a los jugadores de su equipo. Pero todo eso debiera poder controlarse.

Ese parecía ser el camino elegido, al menos en apariencia, por los directivos de los clubes y el gobierno provincial. Que mantuvieron una extensa reunión en la que acordaron dónde jugar (que se sortee la cancha) y pusieron hasta el día. Pero insólitamente, la AFA usó una red social para decirles al día siguiente que tenía otros planes. Para colmo, nadie se ofendió del todo con ese cambio. Aparecieron declaraciones de circunstancia, tanto políticas como desde los clubes. "Estamos dispuestos a jugarlo en Rosario, pero vamos a acatar lo que disponga la AFA". Todo demasiado obediente.

No se puede descartar la injerencia política en la decisión. ¿Quién queda desdibujado con un clásico que no se puede jugar por razones de seguridad? El gobierno de la provincia. Es inocultable, después de algunos zigzagueos que incluyeron negociaciones en el más alto nivel, la existencia de diferencias públicas entre Miguel Lifschitz y casi todo el gobierno nacional. ¿Es descabellado pensar que la decisión de que el clásico no se pueda jugar en Santa Fe es un pase de factura en esa batalla? ¿No habría que sumarla a la lista de negarse a la firma del pacto fiscal, falta de acuerdo por la deuda de coparticipación y recorte de obras y subsidios?

Como sea, parece haber faltado en esta disputa una más enérgica decisión de pelear para que el partido que más interesa a los rosarinos se pueda jugar en Rosario. De la misma manera que cuando se reclaman fondos se apela a todos los tribunales y presiones posibles, este tema merecía una convocatoria política más amplia y una gestión más contundente. Porque, aunque parezca un asunto menor, en el fondo también tiene que ver con el federalismo y la autonomía de la ciudad.

Pero todos parecieron aliviarse con la decisión de la AFA. Quedaron liberados. Las reacciones conocidas estuvieron más dirigidas a cumplir con la platea que a un auténtico enojo. Se olvidan que así las tribunas seguirán vacías.

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