Opinión

El cisne negro de la política

La pandemia representa un antes y un después en todo, incluso en la política argentina. Crisis y oportunidad para Fernández y Perotti.

Domingo 22 de Marzo de 2020

La aparición del coronavirus es un Cisne Negro. Acá, allá y en todas partes.

Escribe Nassim Nicholas Taleb que el Cisne Negro es un suceso que se caracteriza por los siguientes atributos: es una rareza, porque está fuera de las expectativas normales; produce un impacto tremendo; pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que, erróneamente, se hace explicable y predecible.

Mucho se usó y se abusó de la expresión Cisne Negro para definir acontecimientos que, apenas, fueron mojones de la historia. La crisis sanitaria que vive hoy el mundo tal vez sólo tenga parangón inmediato, en cuanto a cimbronazo global, con el 11 de septiembre de 2001 y sus efectos secuenciales.

Recuerda Taleb en su libro que se dice a menudo que “de sabios es ver venir las cosas, pero, tal vez, el sabio sea quién sepa que no puede ver las cosas que están lejos”. Y en eso radica el golpe de campana que puede significar para los gobernantes ponerse al frente de la crisis sanitaria, cuando lo peor no haya pasado.

Aquí viene el caso de Alberto Fernández. De repente, su manejo de la crisis es merecedero de respetos provenientes de dirigentes y fuerzas impensadas. El presidente se está desenvolviendo hasta aquí con un notable sentido común. El sentido común no es otra cosa que la capacidad de juzgar los episodios y eventos de forma razonable.

Luego de las pifias groseras del ministro de Salud, Ginés González García, al subestimar el tsunami sanitario que estaba en ciernes, el presidente se convirtió en su propio vocero, en su propio jefe de la cartera sanitaria y borró de escena la mala comunicación anterior.

Fernández estrenó un liderazgo del que muchos analistas se permitían dudar de tanto hacer hincapié en la interna imaginaria con Cristina. Más del 60% de los argentinos y argentinas están de acuerdo con las medidas que tomó.

Pero, como en todas las profesiones, lo importante no es llegar sino mantenerse. Para que se entienda la nueva calidad de “jefe” que le cabe a Fernández no hay que gastar demasiadas teorías. Lo dijo el jefe de los diputados radicales, Mario Negri: “El presidente es el comandante de esta batalla”. Sin embargo, el legislador cordobés se equivocó de adjetivo, porque todo el contexto de la pandemia es una guerra, no una batalla. Y la guerra se sabe cuándo empieza, pero no cuándo termina.

Todos los episodios que tienen que ver con la realidad del país, previos a la declaración de la pandemia, quedaron viejos como las uvas de un amor en el placard de las que hablaba Spinetta en su canción. Las negociaciones por la deuda se ralentizarán, el dólar seguirá con sus vaivenes y la inflación ya no tendrá objetivos de máxima.

Esa oportunidad que nace para Fernández en la ambivalencia de la pandemia también transcurre para el gobernador de Santa Fe, Omar Perotti. Ahora sí, el rafaelino puede conjurar a quienes lo criticaban pidiéndole que arranque, incluso adentro de su propio partido.

Las crisis siempre son una oportunidad para los gobiernos, para los Estados. Toda crisis implica para esos estamentos de poder una oportunidad. Siempre, el que tiene con qué sostener o reconstruir es el Estado. Se trata del primer reparador de catástrofes.

Toda la economía y buena parte del rumbo de los ciudadanos depende ahora del Estado y dependerá aún más cuando se empiecen a hacer notar otras consecuencias del temblor.

Esta semana, la clase media no caceroleó para repudiar sino para darle un mensaje alentador a todos los que le están poniendo el hombro a la lucha contra la pandemia. En lo inmediato, todos querrán ser fernandistas. Habrá que esperar para saber si, efectivamente, nació el fernandismo. Lo propio puede ser analizado en el caso de Perotti.

Y aún se puede ir más allá: el estado de las cosas podría engendrar una nueva relación entre el oficialismo y la oposición santafesina, que se llevan peor que perro y gato desde el mismo momento en que empezó la transición, allá lejos y hace tiempo. La semana entrante será clave para saber si la piel sensible de la política alienta esfuerzos comunes en la Legislatura santafesina por el remanido tema de la ley de Necesidad/Urgencia.

Así como en el mientras tanto Fernández deberá seguir atentamente el día a día de los precios de las cosas. Perotti deberá hacer lo mismo con la inseguridad. Esa sensación de vacío que parece rodear a todo lo que no se referencia en la pandemia tiene sus tiempos. El resto de las cuestiones está en estado de latencia. Que no será eterna.

Hay ahora una formidable oportunidad para que los Estados hagan políticas de Estado. Es más que un juego de palabras. El mensaje que brindó Fernández a la hora de la conferencia de prensa para anunciar la cuarentena obligatoria fue debidamente leído.

El presidente subió al estrado al jefe de Gobierno porteño de Juntos por el Cambio (Horacio Rodríguez Larreta), a un gobernador de una provincia grande del interior (Perotti), al mandatario de la excluyente provincia de Buenos Aires (Axel Kicillof) y al mandatario más odiado por el kirchnerismo (Gerardo Morales). A buen entendedor, pocas palabras. No es un dato menor comprobar que los principales tótems de la grieta están alejados de los primeros planos. Cristina porque se fue a Cuba a ver y traer a su hija. Macri, porque sólo emite opiniones desde las redes sociales. Se les agradece, diría más de uno.

Es de desear que los temas que ahora aparecen livianos como una pluma, o insustanciosos, recuperen pronto su lugar en la agenda política. Cuanto más cerca se esté de eso, más lejos estará el halo de tragedia, angustia y ansiedad que se vive por estos días, con el Covid-19 como exclusivo responsable.

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