Opinión

El celular, el ariete de los nuevos bárbaros

Las nuevas tecnologías imponen costumbres que provocan un riesgoso déficit de atención en los usuarios de dispositvos móviles. Un vicio alienante que los hace comportarse como los legendarios perros del expermiento del filólogo ruso Ivan Pavlov.

Sábado 22 de Agosto de 2020

Los planos de una serie o película de formato digital pasan a un ritmo martillante por la pantalla del televisor apaisado. El sonido, también digital, perfora el cerebro. La persona sometida a este tratamiento cree estar gozando de un buen momento de relax y "entretenimiento". En estas producciones audiovisuales, el mal llamado "ritmo" equivale a "ritmo siempre acelerado y repetitivo". Si falta, el consumidor se aburre. Y da un salto con el control remoto en busca de ese vendaval audiovisual que su sistema nervioso le reclama. Es un mecanismo de entrenamiento pavloviano que se usa también en la fabricación de música "pop" y otros géneros industriales similares.

El mecanismo pavloviano tiene su principal ariete en un artefacto diminuto y potente, hoy omnipresente: el celular. Con este pequeño ariete los nuevos bárbaros, de reglamentarios barba y chupines, están demoliendo la cultura trabajosamente construida durante siglos.

Resulta por demás preocupante el mecanismo identitario y expulsivo que estas nuevas tecnologías crean entre sus usuarios.

Los reflejos condicionados que crea el celular están a la vista. Basta sentarse a estudiar a una persona sometida a esos estímulos. Campanitas, zumbidos, ringtones, son mandatos imperativos: el sujeto reacciona con presteza, obediente. Interrumpe toda conversación para sumergirse en la pequeña pantalla. Reacciona como aquellos pobres perros de Pavlov.

Resulta además preocupante el mecanismo identitario y expulsivo que estas nuevas tecnologías crean entre sus usuarios. Mientras las grandes fabricantes de contenidos audiovisuales se compran vestiduras de prestigio en Cannes, y sus series son calificadas con adjetivos desmesurados por la llamada "crítica", el celular y los demás "black mirrors" que copan la vida cotidiana han creado un parteaguas, un ellos y nosotros. De un lado, el joven (y el no tan joven, porque hay adultos ya creciditos que tratan, penosamente, de sumarse a la tendencia), y del otro, los adultos a secas que se limitarn a seguir su vida como siempre y tomar de la nueva tecnología los beneficios pero no estos vicios alienantes.

El extraño a este nuevo consumo juvenilista se "queda afuera". Muestra construmbres extrañas: lee detenidamente diarios de papel, no usa el celular constantemente, sólo para, bueno ¡comunicarse!, etcétera. Y sobre todo, utiliza con fluidez y naturalidad un vocabulario rico y articulado, en lugar de hablar con frases cortas, confusas y frenéticas "como todos". Es raro, bah. Y menciona al pasar actores y películas totalmente desconocidas. Al "googlearlas", el normalizado comprobará que son casi siempre viejas obras en blanco y negro. No el falso blanco y negro digital que se usó para ennoblecer _sin éxito_ la sobreactuada autenticidad de "Roma", sino el verdadero blanco y negro, el del celuloide. "Claro, pobre tipo, qué va a entender si se quedó en 1947", dirán los consumidores pavlovianos, mientras corren frenéticamente con el dedito sobre la pantalla de su celular, literalmente idiotizados por una catarata de estímulos para la que el cerebro humano no fue creado.

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