Opinión

El alma de las cosas

Siempre he sostenido que las cosas no son meramente cosas. Puede pensarse que sí, pero no.

Domingo 22 de Abril de 2018

Siempre he sostenido que las cosas no son meramente cosas. Puede pensarse que sí, pero no. Desde ya no es cierto que sean inanimadas. Conservan un particular aroma, ese sentir que semeja un noviazgo eterno entre el objeto y su dueño. Mucho tiempo después, ya desvanecido ese lazo invisible por vueltas del destino, conservan una vibración especial que se percibe distinta según la sensibilidad del nuevo dueño. En el caso de los relojes de muñeca, los caros y sofisticados hasta los más humildes es detectable, entre otras señales secretas, cuando de pronto deja de funcionar sin causa aparente. Se detiene porque no reconoce esa mano que antaño lo bruñía como acariciándolo. Era un amor correspondido. Seguramente pasará con el antiguo reloj de plata labrado de bolsillo que mi abuelo ferroviario consultaba de manera frecuente, manía propia de maquinista obsesionado más con la puntualidad que con el tiempo. Era un Omega Grand Prix 1900, que salió al mercado a propósito del campeonato de automovilismo disputado en París. Girar su potente cuerda reafirmaba la personalidad y el inefable orgullo del poseedor. No se trataba de tener o no tener, hubiera afirmado sin vueltas Hemingway, elogiando los estilizados números romanos de la máquina. Esa máquina fiel que una vez se interpuso con la misma exactitud que cuando daba la hora a la puñalada artera que una noche oscura le lanzaron al irlandés gruñón y anarquista. Cuando lo recibí ya conocía su historia. Hice reparar la marca del navajazo y lo mantuve brillante. El me pagó con su inefable puntualidad. Más de una vez su repetido tic tac, idioma que llegué a comprender plenamente, me indujo al sueño tranquilo, como si ese alguien más que objeto-cosa velara mi descanso. Días pasados ingresaron ladrones a mi casa y la vaciaron. Y se llevaron el viejo reloj. Los chalecos casi no se usan y no se podrá lucir como antaño. Acaso termine durmiendo al sol en una vidriera de antigüedades. Su historia sólo será mantenida a la hora de las anécdotas. Hasta que falle la memoria del narrador; hasta que se acabe la cuerda.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario