Educar para seguir siendo humanos

Un desafío para pensar la educación en tiempos de IA y algoritmos

06:30 hs - Jueves 04 de Junio de 2026

Mientras el mundo debate sobre algoritmos, inteligencia artificial y automatización, una pregunta emerge con fuerza: ¿qué lugar ocuparemos los seres humanos en el futuro?

La reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV aborda este desafío desde una perspectiva ética, social y profundamente humana. Si bien se trata de un documento eclesiástico, sus reflexiones trascienden las fronteras religiosas y ofrecen valiosas pistas para pensar la educación del siglo XXI.

La encíclica parte de una preocupación central: la humanidad dispone hoy de un poder tecnológico sin precedentes. Nunca antes las decisiones tomadas por sistemas digitales tuvieron tanta influencia sobre nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestras formas de comprender el mundo.

Hoy por hoy, la Inteligencia Artificial (IA) ya no puede ser considerada una herramienta más o un mero depósito de datos, sino que es un ecosistema, una estructura que sostiene y un entorno que habitamos y en el cual estamos entramados. Por lo tanto, hay que tener puesto el foco en sus posibles consecuencias en lo humano porque el verdadero problema no es tecnológico, sino cultural.

En este contexto, León XIV propone dos imágenes bíblicas que resultan especialmente interesantes para el análisis de estos tiempos a quienes trabajamos en educación. La primera es la Torre de Babel: una construcción gigantesca basada en la homogeneización, la uniformidad que aplana, la ilusión de autosuficiencia y la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles. La segunda es la reconstrucción de Jerusalén liderada por Nehemías, donde una comunidad diversa trabaja unida, escuchándose mutuamente y poniendo el bien común por encima de los intereses individuales.

Y, en ese marco, señala: “A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad, valorar la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz”. Más claro, imposible.

Ahora bien, la pregunta educativa es inevitable: ¿estamos formando estudiantes para construir nuevas Babeles o para reconstruir una nueva historia donde todos estemos incluidos?

Defensa de la diversidad

En ese sentido, el documento refiere a la defensa de la diversidad. Plantea que la escuela debería ser uno de los espacios donde las diferencias culturales, sociales y personales desaparezcan y se transformen en riqueza colectiva. En tiempos donde los algoritmos tienden a mostrarnos siempre lo mismo y a reforzar nuestras propias creencias, educar implica enseñar a convivir con la pluralidad, escuchar otras voces y comprender perspectivas diferentes.

En esta línea, la carta papal señala que existe un riesgo importante, que los derechos humanos sean reconocidos sólo en los discursos y en las leyes, mientras que en la práctica continúan produciéndose violaciones de la dignidad humana, muchas veces potenciadas por el desarrollo tecnológico. Y, a su vez, advierte un peligro aún más profundo: olvidar los fundamentos que hacen que los derechos humanos sean universales y abarquen a las minorías ya que persisten desigualdades significativas, especialmente en relación con las mujeres. Por eso _sostiene_ que no basta con afirmar que hombres y mujeres tienen la misma dignidad: esa igualdad debe expresarse en oportunidades reales, acceso a la educación, al trabajo, a los espacios de decisión y al pleno ejercicio de sus derechos.

El documento es muy claro cuando esboza que todos debemos redescubrir _en la tarea cotidiana, en las relaciones familiares y de trabajo_ la dignidad de las personas, el bien común, la solidaridad y los conocimientos y la tecnología al servicio de todos.

Y, en ese marco, alienta a las escuelas y a las universidades a revitalizar tales principios, reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital.

La encíclica da una advertencia, hay riesgo al medir el valor de las personas únicamente por su productividad o eficiencia, lo que interpela directamente a los sistemas educativos. Si una escuela sólo valora resultados cuantificables, corre el riesgo de reproducir la misma lógica tecnocrática que reduce a las personas a números, métricas o rendimientos.

Defender la dignidad humana

Entonces, en las instituciones educativas, lo interesante es preguntarnos cómo defender la dignidad humana cuando estamos acostumbrados a que los algoritmos clasifiquen y evalúen personas, cómo garantizamos justicia social cuando la IA amplía brechas educativas y laborales o cómo tomamos decisiones pensando en la comunidad cuando, en realidad, las toman las grandes corporaciones tecnológicas globales.

Educar supone reconocer que cada estudiante posee una dignidad que no depende de sus calificaciones, de su velocidad para aprender ni de su capacidad para adaptarse a las demandas del mercado laboral. El valor de una persona no puede expresarse en una estadística.

En consecuencia, pareciera que es hora de reformular el sistema educativo, de dar el salto y romper con su tradición obsesionada en transmitir información y usar la inteligencia artificial acríticamente: generar respuestas en segundos, resumir textos, producir imágenes o redactar informes. Ahora sí es fundante enseñar otras habilidades que ninguna máquina puede reemplazar completamente: la capacidad de formular preguntas significativas, ejercer el juicio crítico, actuar éticamente, construir vínculos y desarrollar sensibilidad hacia los otros.

Es por eso que la encíclica también insiste en la necesidad de una alfabetización digital crítica. No alcanza con utilizar tecnología en las aulas; es necesario comprender cómo funcionan las plataformas, quién controla los datos, qué intereses intervienen en la circulación de la información y cuáles son los impactos de la inteligencia artificial sobre la democracia, el trabajo y la vida cotidiana. La educación del futuro no puede limitarse a enseñar a usar herramientas digitales. Debe ayudar a pensar sobre ellas.

Quizás la idea más poderosa del documento papal aparece cuando afirma que el verdadero progreso nace de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar y de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa.

En una época fascinada por la velocidad de las máquinas, la educación tiene la responsabilidad de preservar aquello que nos hace profundamente humanos: la empatía, la creatividad, la cooperación, la capacidad de cuidar y la búsqueda de sentido.

La gran pregunta ya no es si la IA transformará la educación. Eso ya está ocurriendo. La verdadera cuestión es si seremos capaces de educar personas que utilicen esa tecnología, pero que, a su vez, sientan conmoción ante el sufrimiento del otro.