Miradas

Dios también es napolitano

Jueves 26 de Noviembre de 2020

Desde ayer el dolor es colectivo leí por ahí. Sí, es colectivo y trasciende fronteras. Ha partido el fenómeno, el menos decoroso de todos, el menos correcto, el más atrevido y el más irreverente. No digo nada nuevo, ¿quién no definió ya a Diego como un fenómeno irreverente? Una irreverencia con poder de contagio. Y digo esto porque continúo sin comprender qué hago escribiendo en primera persona sobre la partida de un líder del mundo deportivo. No sé nada de fútbol, ni sobre lo que rodea a ese deporte en cuestión. Lo único que tengo claro es que la ignorancia no me quita la memoria.

No hay nada más lindo que los recuerdos de la infancia, sobre todo cuando vienen acompañados de la masividad y de adultos que lloran felices. Papelitos, bocinazos, gente que se demuestra afecto porque sí. Todos los condimentos necesarios para hablar de fiesta. Era el Mundial 86, y a todos los niños y niñas les gusta la fiesta.

Siempre me atrajeron los fenómenos populares, porque nunca falta en ellos la alegría. Me atraen, me conmueven. Ahora estoy entendiendo más claramente por qué estoy escribiendo sobre Diego. Lo hago porque lo identifico a él como el capitán de uno de esos fenómenos, uno de los tantos acontecimiento alegres de nuestra historia nacional. Y porque, además, no estoy hablando de mi memoria individual sino de la memoria colectiva del pueblo que me contiene.

Súbitamente me estoy dando cuenta de que el carácter colectivo de este dolor trasciende fronteras. Pienso en los hermanos de la Patria Grande, como a él le gustaba decir. En nuestros hermanos cubanos, que lo acogieron con ese amor fraternal y solidario como solo Cuba puede ofrecer. Pienso en la admiración de Diego por el Che, su amistad con Fidel, con el comandante Hugo Chávez Frías y su cariño por el pueblo venezolano. Me sonrío, porque no podía ser más irreverente.

Una vez más me invade la memoria, esta vez no precisamente con recuerdos de la infancia. Hace unos años tuve el privilegio de conocer Nápoles, una ciudad que me ayudó a entender todo: por qué gritamos, el mal genio de la mañana, la informalidad en el trato, y mucho de la prepotencia argentina. Parece que los orígenes de ese extraño combo que se compactan en la argentinidad están ahí.

Las calles son pintorescas, un poco mugrientas a ciertas horas y llamativas para un manojo de argentinas que anda de paseo y se encuentra con postales nacionales en todos lados. Acá Diego es el puto amo. Hay una calle que se llama Maradona, no hay un comercio que no exhiba su imagen en algún portarretratos, en el mostrador del interior o en la misma vidriera. Nos sentimos grandes, el tipo con su sola imagen te hace sentir importante.

En una oportunidad tomamos un taxi, manejaba un pibe. Se da cuenta de que somos argentinas y automáticamente dice: “De la patria de Maradora”, aunque aclara que Diego también es napolitano. El pibe es de la generación de Messi, dice que nunca vio jugar a Diego en el Nápoles, pero sí tiene vívidos recuerdos de su abuelo. No recuerdo el nombre del pibe, pero sí su relato emocionado: “Yo no vi cómo jugaba Maradona, pero sí vi llorar a mi abuelo cuando hablaba de él. Mi abuelo siempre decía que Maradona nos había devuelto la dignidad, que éramos los miserables de este país hasta que gracias a él nos empezaron a tener respeto. Maradona nos enseñó a levantar cabeza. No me voy a olvidar más el día que lo vi llorando”.

Y yo no me olvidé más del relato de ese pibe. Hoy debe estar triste igual que yo. Diego formaba parte de la memoria histórica de su patria tanto como de la mía. No se me ocurriría pensar hoy que Diego no es Napolitano.

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