Sábado 26 de Diciembre de 2020
Quien diga que la Argentina no es campo fértil para la producción cinematográfica, que sus ciudadanos no poseen una creatividad sin límites y que la diferencia entre ficción y realidad es a veces imperceptible es porque no ha vivido en este país.
En la década del 60, en plena Guerra Fría, el recientemente fallecido actor Sean Connery interpretó a James Bond, el agente 007 del M16 británico, en la película “Desde Rusia con amor”. Su misión se ubicaba en Estambul, donde debía colaborar para que una diplomática de la embajada soviética deserte y huya a Occidente. Como recompensa, el gobierno turco le entregaría una máquina para descifrar mensajes codificados de los rusos y otros enemigos políticos. La trama, como en todas esas películas de espionaje, no era sencilla de seguir y se iba armando de a poco como si fuera un rompecabezas.
Con los rusos otra vez como protagonistas, lo que viene ocurriendo en la Argentina en las últimas semanas con la vacuna Sputnik V se podría armar un guión taquillero. Decenas de comunicadores, sobre todo televisivos, se han convertido en “especialistas” en coronavirus, han “demostrado” saber sobre virología e infecciones y, más aún, sobre los distintos tipos de métodos científicos que emplean las vacunas aprobadas y no aprobadas para lograr anticuerpos en el organismo contra la enfermedad que tiene en vilo al planeta. Son los mismos que la semana anterior daban clases sobre sucesiones y derechos hereditarios cuando trataban la muerte de Diego Maradona. Pero este no es el principal problema.
La cuestión central de las vacunas, cuyas recomendaciones y aprobaciones las pueden hacer solamente los científicos del organismo regulador nacional y los médicos mientras el resto debería mantener prudente silencio, es que se ha convertido en un nuevo ingrediente de confrontación política entre oficialistas y opositores. Y ese enfrentamiento denota un egoísmo mayúsculo porque se trata de salvar vidas humanas y evitar que la pandemia desborde en el país en la muy probable segunda ola.
En la Argentina todo está teñido de sospechas y no es para menos. El gobierno no ha explicado con claridad por qué no firmó aún el contrato con el laboratorio Pfizer cuando muchos países del mundo, incluido varios latinoamericanos, lo han hecho.
Hace unos días, fue sobreseído el reducidor de autos Carlos Telleldín en el encubrimiento del ataque a la Amia y el caso quedó ahora, a 26 años de la masacre que les costó la vida a 85 personas, sin esclarecer y sin ningún imputado. Tampoco todavía hubo un pronunciamiento judicial definitivo sobre si al fiscal Nisman lo mataron o se suicidó.
La lista de situaciones dudosas es larga y entonces ¿cómo no sospechar de una vacuna que viene de Rusia?, un país con una historia políticamente muy cambiante y seguramente desconocida para el gran público. Muchos seguramente asociarán a ese país con el comunismo soviético, (lo hizo esta semana una presentadora de noticias por TV), pocos lo relacionarán con los turbulentos años tras la caída del Muro de Berlín y el actual liderazgo de Putin y menos con los 300 años de la dinastía imperial de la familia Romanov hasta la revolución bolchevique de 1917. Nada de eso importa ahora. Sólo que la vacune sea eficaz y que haya garantías que no origina efectos secundarios severos. Pero, si la verdad científica queda en medio de disputas políticas hay pocas esperanzas de un tránsito racional porque este país no detiene sus vicios ancestrales.
La Argentina debe ser el único país donde una vicepresidenta les dice a los ministros que eligió el presidente que se consigan otros trabajos si no hacen las cosas en determinado sentido. Eso es parte de la increíble Argentina. También lo es la oposición, especialmente uno de sus cuadros políticos siempre presente con aires de revancha: la ex diputada Elisa Carrió denunció al presidente y a su ministro de Salud por los posibles delitos de “envenenamiento, atentado contra la salud pública, defraudación al Estado e incumplimiento de los deberes de funcionario público” por haber comprado y traído la vacuna rusa.
Por fortuna no se han escuchado críticas a Aerolíneas Argentinas que, más allá del déficit que tiene como cualquiera otra empresa de aviación del mundo, ha cumplido este año una labor destacada en favor del Estado y de los argentinos: repatrió a miles de compatriotas varados por el mundo, fue a buscar a China insumos médicos para la pandemia y ahora trajo las primeras dosis de las vacunas desde Moscú. Parece que se terminó de entender, al menos, la necesidad de contar con una aerolínea de bandera. Pero pocos lo reconocen.
La lucha política se manifiesta en estos días en la Argentina, insólitamente, a través de las propiedades de una vacuna, pero es sólo un síntoma de algo más profundo porque los enfrentamientos vienen de más atrás en el tiempo y dividen también internamente a oficialistas y opositores. El núcleo más duro kirchnerista parece reclamarle más ortodoxia al presidente y el ala más a la derecha de Cambiemos confronta con los sectores más dispuestos al diálogo con el gobierno.
En el fondo, se trata de dos modelos distintos de país que permanecen en pugna desde hace décadas. Cuando sus exponentes llegan al gobierno orientan ideológicamente las políticas nacionales hacia direcciones opuestas a la anterior gestión sin mantener una continuidad del Estado sobre cuestiones básicas para el desarrollo de la Argentina. Además, intervienen las miserias de la condición humana que complican aún más las cosas.
Si estuviese Sean Connery podría protagonizar una novela que contenga todos los ingredientes que aporta este país para producir una exitosa película de espionaje, misterios e intrigas. Tal vez un final creativo hubiese colaborado en indicarnos el camino a seguir hacia una solución superadora para esta cada día más compleja Argentina.