Opinión

Derrumbes e ilusiones

Claves. La caída del peronismo es tan visceral que perdió en todos los grandes distritos. El cambio de época se mostró ayer en el Congreso con el desafuero de De Vido. Macri tiene un riesgo: creérsela.

Jueves 26 de Octubre de 2017

Del derrumbe peronista a la ilusión macrista. De la calle Julio De Vido, en Granadero Baigorria, a Julio De Vido preso. Unos se van, otros llegaron. La política argentina vive otro momento fundacional, de parteaguas.

Por primera vez desde 1983 un presidente no peronista y no radical tiene el escenario político a disposición, una especie de cancha inclinada. Nadie al que le interese la política, y sepa leerla, puede sentirse sorprendido. La victoria macrista del domingo pasado estaba escrita en el aire.

Se escribió aquí, una y mil veces, que Cambiemos no iba a ganar las elecciones por la economía, sí por la política. Se dijo que el momento se parecía en mucho a la elección de mitad de mandato de Raúl Alfonsín, cuando la consigna era "No le ate las manos". Y así fue.

Hoy el riesgo de Mauricio Macri es creérsela, como se la creyeron los radicales por aquellos años de primeros brotes verdes democráticos. El equipo de intelectuales que rodeaba a Alfonsín se creyó que el peronismo estaba muerto y que el futuro solamente estaba atado a las manos del progresismo. Se la creyeron tanto que hasta lanzaron el pomposo Tercer Movimiento Histórico. El final es sabido: chocaron la calesita.

Macri no es Alfonsín, mucho menos De la Rúa. Macri lidera un gobierno de centroderecha, que se presenta como un perfecto contraplano de lo que se terminó. Porque, dígase de una vez: el kirchnerismo terminó de morir como alternativa de poder y Cambiemos terminó de nacer como oficialismo. Lo demás es hojarasca.

El manual de Néstor

Macri tiene la cancha inclinada, al punto de que su fuerza estaría hoy a dos o tres puntos de ganar en primera vuelta. "Poder es tener siempre una reelección, caja y obra pública", decía Néstor Kirchner. El ex presidente de Boca Juniors tiene las tres condiciones que mencionaba el santacruceño. Debe decidir si hace uso de la reelección en 2019 o le deja el lugar a uno de los suyos para intentar volver en el 2023.

El que difícilmente vuelva, hasta nuevo aviso, es el peronismo. Cuesta leer a referentes peronistas que hoy prefieren perder elecciones a unirse en pos de un mismo objetivo. Ya lo dijo el eterno oficialista Miguel Pichetto, quien prefiere la nada antes que unirse a su ex jefa. Lo curioso es que Cristina es la única que mantiene cierto liderazgo en el peronismo. Módico, pero liderazgo al fin.

Hoy, las cinco provincias más importantes del país están en manos de Cambiemos. El peronismo pierde por tercera vez consecutiva la provincia de Buenos Aires: en 2013 ganó Sergio Massa, en 2015 María Eugenia Vidal y en 2017 Esteban Bullrich y la Hormiga Ocaña. Sin la provincia de Buenos Aires, el peronismo es un canario sin alpiste.

El resultado de la votación en Diputados por el desafuero de De Vido es la más pulimentada demostración del cambio de época: 176 votos a 1. Nunca menos. Así como cierto relato publicitario setentista decía que "los argentinos queremos goles", hoy una amplísima masa antiperonista quiere presos. No será fácil para el gobierno darles respuestas todos los días y a toda hora a los haters anti kirchneristas. "No se puede tirar todos los días un peronista a la hoguera", debería calmarlos Macri.

El escenario político poselectoral deja en ridículo a los gobernadores peronistas que durante todo este tiempo se dedicaron a coquetear con el presidente. Perdieron todos. El ejemplo más rimbombante es el de Juan Urtubey, un módico gobernador que se creyó mucho más de lo que era. Urtubey tenía hasta el atril preparado para lanzar el domingo a la noche su candidatura presidencial. Hizo una espantosa elección que lo obligó a meter violín en bolsa.

El otro caso paradigmático es el del cordobés Juan Schiaretti, quien hasta se animó a cantar canciones de Gilda, en dúo con Macri. Cambiemos le ganó el 22 de octubre con más diferencia que en las Paso y pone en serio riesgo la continuidad del "Cordobecismo" en el poder provincial. Lo peor para los peronistas cordobeses es que no les ganó una lumbrera de los nuevos tiempos, los derrotó el ex árbitro de fútbol Héctor Baldassi, un buen contador de chistes.

La ola amarilla pone en severo riesgo de continuidad en el poder al Frente Progresista. En la provincia y en Rosario. Los socialistas prefieren no escuchar a los que les dicen que, antes de cualquier intento por mejorar la obra, deben ordenar su propia casa, repleta de señales de inquina entre el gobernador Miguel Lifschitz y su antecesor, Antonio Bonfatti. Nadie va a querer entrar a una casa en la que las peleas se observan desde afuera.

Curiosamente, el mejor triunfo frenteprogresista del domingo fue en rodeo ajeno, en la ciudad de Santa Fe, gobernada por José Corral, principal referencia radical-macrista. No es casual que allí haya triunfado un extrapartidario, como el periodista Emilio Jatón. En todos lados se cuecen habas. Lo que tendrán que cuidar Corral y Lifschitz es la gobernabilidad.

Se vienen dos años de gestión y aprontes. El macrismo tiene al alcance de la mano un período de 8 años en el poder. Incluso, dirimió ciertas rencillas adentro de su marca. Pobre Emilio Monzó, quien en la peor etapa de la gestión pidió incorporar a peronistas. La victoria, otra vez, fue esculpida por Marcos Peña.

"Cuando viene la ola y usted es opositor, tiene dos opciones: o se agacha para que le pase por encima o la monta. Lo otro es en vano", dijo Carlos Reutemann, en 2007, cuando Hermes Binner, de la mano de la centroizquierda, destronó al peronismo santafesino.

El recuerdo viene al dedillo para explicar esta nueva ola: nacional, amarilla y de centroderecha.

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