Opinión

¿Del optimismo al desencanto democrático?

Parábolas. Entre la oleada democratizadora de los '70 y el creciente clima de decepción actual hay un gran espacio para reflexionar.

Sábado 12 de Enero de 2019

A fines de los años 70 América Latina inició una oleada democratizadora que lentamente cubrió un mapa dominado por regímenes autoritarios. Este ciclo comenzó cuatro décadas atrás en República Dominicana (1978) y Ecuador (1979), y prosiguió hasta abarcar al resto de los países latinoamericanos.

Esa ola pronto se expandió a otras regiones del mundo, especialmente a Europa del Este tras el derrumbe de los socialismos reales, y el listado de regímenes democráticos alcanzó un nivel desconocido hasta entonces. Los últimos coletazos de esta corriente pudimos verlos en la "primavera árabe", un movimiento que nos conmovió por la súbita explosión de participación que desató, pero que no logró traducir su demanda de democracia en un experimento perdurable.

La democracia parecía no tener más rivales y se encaminaba a convertirse en una idea dominante a escala global. Sin embargo, este triunfo coexiste hoy con un extendido desencanto que no se limita a las nuevas democracias, sino que también incluye a las más longevas, es decir, aquellas que sirven de referencia a las sociedades privadas de ella. Los desafíos que enfrentan la Unión Europea y Estados Unidos (globalización, multiculturalismo, desigualdad), son una fuente de incertidumbre que favorece la irrupción de líderes populistas que no vacilan en ofrecer respuestas simplistas a problemas complejos, con el único propósito de calmar la ansiedad y desesperanza de la ciudadanía. Ellos explotan el temor que algunos fenómenos como el desempleo, la inmigración o el terrorismo despiertan en el ciudadano medio, y al amparo de esa inquietud, se sienten autorizados a emplear modales poco democráticos para devolverles certidumbre.

Producto de ello, el eje de las acechanzas para estas democracias se ha desplazado: aquellas no provienen de un enemigo exterior ni de ningún otro modelo que rivalice con ellas, sino de los propios gobernantes que, una vez electos, socavan desde adentro sus instituciones y estructuras garantistas. Estos líderes no combaten abiertamente a la democracia ni se atreven a poner en duda su valor, pero la vacían desde su interior, transformándola gradualmente en otra cosa. Encuentran un terreno fértil en el malestar que experimentan los ciudadanos ante el desempeño de sus instituciones y sus representantes, una insatisfacción de la que se valen estos líderes para amparar sus arrebatos discrecionales.

Esta parábola, desde el optimismo al desencanto actual, se refleja en la literatura sobre el tema. Tres décadas atrás, las obras más representativas anunciaban un renacimiento de la democracia, como un recordado libro compilado por Alain Rouquié y Jorge Schvarzer (¿Cómo renacen las democracias?, 1985) que reunía a destacados intelectuales de Argentina, Brasil y Francia. El título señala el interés por indagar las condiciones que rodeaban ese retorno a la democracia, pero era también una celebración por los tiempos que se avecinaban tras el autoritarismo. Son muchos los libros de esos años que comparten este tono celebratorio y reflejan un clima de época dominado por el entusiasmo democrático.

Hoy en cambio, somos testigos de otro clima, como lo ilustra un libro de reciente aparición que parece cerrar, 33 años después, la parábola abierta por el anterior. Su título es ¿Cómo mueren las democracias?, y sus autores, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018), retoman y actualizan preocupaciones que otros estudiosos mostraron por este tema, cuando las principales amenazas provenían de personajes como Mussolini, Hitler o Franco. Pero, a diferencia de los líderes actuales, aquellos no disimulaban ni ocultaban su intención de sustituir la democracia por otro régimen.

El título dramatiza deliberadamente la gravedad del momento. Las democracias no están muriendo, pero enfrentan el riesgo de perder algunos de sus atributos distintivos. En la ciencia política reciente no faltan advertencias sobre esta posible deriva de las democracias contemporáneas. Algunos autores han hablado de desdemocratización (Tilly), o de recesión democrática (Diamond), como otra cara inseparable de la democratización iniciada cuatro décadas atrás. Por su parte, Giovanni Sartori, en Il Sultanato (2009), ofreció un duro retrato de Berlusconi como exponente de un tipo de liderazgo que vemos reencarnado en varios líderes actuales (Trump, Putin, Erdogan). Algo similar hallamos en los análisis de Guillermo O'Donnell sobre los líderes delegativos que irrumpieron en América Latina en los 90 (Menem, Fujimori y Collor de Mello) y en los primeros años del nuevo siglo (Chávez y Correa, entre otros). Estos ejemplos son dispares, pero comparten un mismo origen democrático (acceden al poder por la vía electoral) y la misma incomodidad y fastidio frente a los mecanismos democráticos que regulan el ejercicio del poder.

Frente a estos casos, O'Donnell percibió que la democracia puede morir de muerte rápida -como sucedió tradicionalmente con los golpes militares-, o por muerte lenta, cuando es socavada desde adentro por sus gobernantes electos. En el primer caso existe una fecha, un evento concreto que marca el fin de la democracia, en el otro el cambio resulta de un lento proceso de vaciamiento, como una casa carcomida por termitas. De modo que es erróneo suponer que la democracia puede ser conquistada de una vez y para siempre.

Estas voces de alerta recobran actualidad en América Latina. La democracia cumple en la región cuatro décadas de vigencia, pero ese logro convive con signos de deslizamiento hacia otra cosa, como observamos en Venezuela o Nicaragua. Este riesgo no reconoce fronteras ideológicas y merece nuestra atención el rumbo que adopte la democracia brasileña con Jair Bolsonaro, quien no ha ahorrado elogios a la "dictablanda" que rigió entre 1964-1985. Su inocultable nostalgia por ese momento coloca a la sociedad civil y a las elites democráticas de Brasil ante el desafío de contener cualquier tentación de avanzar hacia una "democradura", invocando la legitimidad electoral que brindan 58 millones de votos. Cualquier giro en ese país no resultará indistinto para el resto de la región. Si la permanencia de la democracia aún constituye un valioso motivo de celebración, es preciso también, no desatender algunos signos que ensombrecen esta conquista y encienden señales de alerta sobre su posible devenir.

Por Osvaldo Iazzetta / Politólogo

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