Opinión

Debajo del cotillón

Pedro Bollea

Martes 12 de Diciembre de 2017

De agosto a octubre los argentinos tuvimos un tiempo pregnado por la competencia electoral. La organización de la vida en común (la Nación) es como un continente en el que se superponen distintos capas.

En el fondo está el basamento cristalino de los pactos primarios del tiempo en que esa comunidad se constituyó. De allí hacia arriba le siguen otros niveles con estructuras en parte vivas y en parte en ruinas y un cúmulo de escombros coyunturales.

La última capa sería la coyuntura actual y encima de todo la superficie de las urnas.

Es la parte más vistosa de la democracia. El país se torna un escenario donde cada actor despliega fastos y encantos. El votante cobra por esos días un lustre que antes perdió y después volverá a perder. Todos los candidatos intentan seducirlo. La metáfora del "juego democrático" tiene más fuerza que nunca. Cada jugador se sienta en la mesa y hace su apuesta. Algunos son pequeños y ponen su módica fichita y otros juegan fuerte. Cada cual rumia sus tácticas, sus ocasionales alianzas, sus cálculos infalibles.

Se despliega un infierno publicitario donde queda de manifiesto el poder de fuego de cada cual. El votante tiene la sensación de estar en medio de una fiesta llena de fuegos artificiales y cotillón.

No digo que esto esté mal porque malo sería que no ocurriera. Lo que es preciso señalar es que produce un efecto paradojal: cuando más claridad debería tener el votante menos la dispone. El cotillón publicitario eclipsa los problemas importantes, aquellos que luego del domingo comicial seguirán influyendo en la vida de cada cual. Cuando el cotillón haya sido barrido, seguirán estando. Como no son evidentes ni están a la vista, lo mejor es de vez en cuando exhibirlos.

A nuestro entender dos son los de mayor peso. Uno en el terreno del sistema republicano: las representaciones y las instancias de toma de decisión. Hay aquí una batalla que se remonta a la época en que empieza a insinuarse lo que Alberdi llamó "La república verdadera", finales del siglo XIX.

Las formas republicanas disputan la toma de decisiones a las formas corporativas. El dilema es: el destino común se determina en el interior de las instituciones previstas por la Constitución (concejos, legislaturas, Parlamento) según la mediación de los partidos políticos o lo determinan los grupos de interés (corporaciones empresarias, mediáticas, confesionales, judiciales, militares, sindicales, profesionales, el hampa, etc.).

Es decir instancias que actúan con arreglo a interés, lo cual quiere decir que son incapaces de pensar la integralidad de la nación. Miran al país por el agujerito de su propia cerradura. Esta disputa nos permite leer la historia argentina contemporánea.

La insurrección del radicalismo a fines del siglo XIX, la Ley Sáenz Peña, la alternancia de gobiernos militares y civiles desde 1930 al 76. Algunas postales ilustrativas: la reforma universitaria de Córdoba en 1918, los 13 planteos militares a Frondizi, la pelea de Illia con la corporación farmacológica, el abucheo al presidente Alfonsín en la Sociedad Rural y su dura réplica, la disrupción del llamado "campo" en 2008, los paros generales de la CGT contra el impuesto a las ganancias. En fin, la pelea por ver quién tiene la batuta.

La batalla por la aplicación de la ley de medios fue la última que las fuerzas republicanas perdieron contra las corporativas.

En la duración histórica fue una derrota republicana pero coyunturalmente fue una derrota de CFK. Esa pugna irresuelta ha hecho que nuestra organización política sea un híbrido de republicanismo y corporativismo. Los ciudadanos "comunes" votan cada dos años y los grupos de interés "votan" todos los días por medio de una serie amplia de recursos.

El otro gran problema es el de la economía. Y aquí no iremos al siglo XIX sino a la última dictadura militar. Se trata de la adhesión monomaníaca del gran empresariado argentino por modos de acumulación improductivos. En un país capitalista (cualquiera sea) el empresariado es un sector fundamental: la suerte de todo el conjunto queda atada a sus derroteros.

Hay dos opciones cardinales: o un modelo de producción o uno de especulación. El primero crea valor y el segundo se apropia de valores ya existentes o valores que se crearán en el futuro y ello redundará en: 1) enorme deuda pública , 2) privatización y extranjerización del patrimonio colectivo (empresas del estado y recursos naturales) para pagar la deuda de marras, 3) deterioro de las condiciones de vida generales por desocupación y caída de salarios, 4) encarecimiento de tarifas e impuestos porque los montos que el estado derramaba en la sociedad los tiene que derivar al pago de la deuda.

Entretanto los argentinos seguirán naciendo (tienen esa costumbre) y necesitarán disponer de un poco de valor para la mamadera, el osito de lana, la aspirinita, luego la escuela, etcétera. Todo un problema, porque cuando el capital va a la caza del valor sin producirlo se destruye trabajo y sin él lo que queda para mucha gente es la informalidad. El extremo de la informalidad es el delito: el escruche, el asalto, la mechera, el soldadito. Actividades repudiadas por todos los estratos.

Este modelo -hay que dejarlo claro- no puede ser aplicado sin la "mano invisible del Estado". No hubiera sido realizable sin las políticas del Estado militar del 76-83, a saber desregulación financiera, apertura de importaciones, doble cotización del dólar para "bicicleta financiera", grupo de empresarios prebendarios del Estado ("patria contratista") estatización de la deuda externa privada (Cavallo 1982). No hubiera sido posible sin el Régimen de Promoción Industrial y los subsidios a las exportaciones no tradicionales del gobierno posterior. No sin las privatizaciones de Menem tomando como pago los bonos del Plan Brady a valor nominal cuando en realidad valían el 40 por ciento.

Este modelo también necesita la deuda externa y la fuga de capitales, ninguna posible sin la acción del Estado.

Luego de la pesificación de Duhalde, se supuso que las formas no productivas quedaban muertas y sepultadas. Por fin regresábamos al modelo productivo. Verdad por poco tiempo. Hacia mediados del primer período de CFK el gran empresariado añoró los días gloriosos, esta vez no mediante la especulación financiera sino la fuga de capitales y el fraude al fisco por operaciones en negro. El ciclo de restablecimiento de la economía real del 2002 generó una gran masa de utilidades (boom agroexportador y recuperación industrial). Todo ese quantum podría haber sido invertido para mejorar la productividad para cuando el ciclo decayera. Pero fue fugado en activos financieros externos (cuentas en paraísos fiscales) o en moneda extranjera atesorada en el país. Los convulsionados días del 2008 no solo mostraron la resistencia del sector pampeano por las retenciones, sino la resistencia del empresariado todo. El silencio atronador del industrialato dejó a las claras que el conflicto no era sólo del gobierno con el ruralismo sino también con ellos. Empezaban a mostrar los dientes con un gobierno que, aunque no pudo cortarles la fuga de capital, les cerraba los caminos de retorno al modelo improductivo.

Mientras no se abandone el ideal de la apropiación improductiva, la economía no seguirá un camino de crecimiento sino de autofagia.

Pedro Bollea

Licenciado en historia, docente

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