Opinión

De la expectativa al desencanto

La democracia en jaque. El comportamiento de las dirigencias, sostiene el autor de esta nota, bien poco hace para que la ciudadanía valore el sistema.

Lunes 01 de Julio de 2019

Hay expectativas, en toda sociedad, respecto de la (tenida por) buena conducta ajena. Lo que deberá conformar un ordenamiento con origen en tales expectativas. Ordenamiento que establecerá la conexión entre sociedad y comportamiento en función de la conservación social. Y que consiste en el sistema de los modelos sociales de conducta; en su parte principal, de los tenidos como obligatorios; vale decir: que si no se cumplen, habrá reacciones de reprobación.

Es que la conducta se da en situación determinada. Si esta última se repite (y se torna típica), se espera una forma de conducta. Expectativas que son compartidas por ese conjunto social y que, si se defraudan, provocará su reacción: tal, el origen de la sanción ante la conducta reprobable. La cual, cuando ya la reacción privada no alcanza, se institucionaliza; surgiendo así un mediador fijo entre las pretensiones en conflicto, que determina las obligaciones (lo que se debe hacer), las prohibiciones (lo que no) y las permisiones (lo que se puede) de cada uno… que es como se estructura la conducta desde una perspectiva jurídica.

La resolución del conflicto dará lugar a un enunciado y la reiteración de resoluciones en el mismo sentido permitirá inferir un enunciado general (normativo). Que el proceso de diferenciación institucional terminará asignando a un órgano especializado. Cuya función es la elaboración normativa y en cuyo ejercicio no deberá apartarse de aquellos reclamos que representa y para cuya atención fue elegido. En tanto esa representación sea fiel, la legalidad que expresa será tenida además por legítima.

Y por el otro lado, la fuerza de la agrupación se institucionaliza asimismo y fija en un poder central que llega a ejercer el monopolio de esa fuerza, ejecuta aquella legalidad y mantiene el orden social, como función de control.

Tanto se requiere pues del debido ejercicio de la representación normativa, como de su ejecución una vez sancionada. Y condición necesaria de todo lo expuesto es el mantenimiento del orden en esa sociedad, así como la garantía de seguridad de sus componentes.

Si aplicamos lo expuesto a nuestra sociedad: ¿se cumple en ella, espontáneamente, con las obligaciones? ¿Se ejecuta fielmente el mandato colectivo que dicta el Derecho para las situaciones tipificadas de la vida? ¿Se aplican las normas de éste a los casos concretos, con justicia e independencia de los poderes fácticos? ¿Se mantiene en toda situación de la sociedad la convivencia pacífica y se garantiza la seguridad personal de sus integrantes?

¿Y habrá en definitiva democracia, si entendemos por ella, sociológicamente, la institucionalización de un proceso de autodeterminación informada y consensual que tiene una sociedad… viendo como nuestros dirigentes se transfieren de alianzas y de denominaciones partidarias como si de un deporte profesionalizado se tratara… se perpetúan en los cargos públicos (ellos y sus descendientes), sin respetar la periodicidad de la función, refugiándose en fueros y otros privilegios para evadir la responsabilidad por su actuación… y sin haberse atendido durante un tiempo injustificadamente prolongado, a una educación que internalizando cultura cívica no admite corrupción?

A la vista de esto —y para ciclo político experimentado— aquellas sanas expectativas de los buenos ciudadanos no pudieron menos que terminar en desencanto… hasta respecto del sistema mismo, así representado y consentido por tantos otros.

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