Domingo 11 de Julio de 2021
Apaga el televisor cuando faltan 3 minutos para que finalice el primer tiempo. Hace media sonrisa pensando en el espectacular gol del Fideo, mientras guarda cientos de chorizos apretados en una heladerita que tiene una de las manijas rotas y dificulta su traslado. Pero nada de eso importa. Se tiene fe. Argentina va ganando y esta puede ser una gran noche. De esas donde se pueden vender muchos choripanes y ser campeones. ¿Por qué no?
Le manda un mensaje a su primo, el mayor, que tiene una camioneta modelo 86. El vehículo está todo oxidado pero es lo suficientemente fuerte como para llevarlos al Monumento a la Bandera, epicentro de los festejos rosarinos. Acomoda la mercadería en la parte trasera, prende la radio, sintoniza el partido, que ya va por el minuto 4 del segundo tiempo. Baja la ventanilla, saca el brazo y le da un golpe seco a la chapa oxidada de la puerta, como cuando uno golpea al caballo para que comience a trotar. Y vuelve a sonreír. Pero ahora la sonrisa es completa. Va a ser una gran noche. Lo presiente. Necesita creer, necesita vender. La calle está dura y la pandemia no ayuda. Hace meses que se las rebusca con changas que no alcanzan. Y la angustia es mucha. Por eso, esta noche necesita creer.
Toman avenida San Martín y, por un instante, siente que está en una película de ciencia ficción, por lo solitaria y silenciosa que está zona sur. Postal que sólo logra una final de la selección argentina, nada más y nada menos que con Brasil. Llegan a destino. Los últimos 10 minutos del encuentro deportivo le parecen una eternidad. Pero para ese entonces los chorizos están en marcha. Cocinándose a fuego lento como el campeonato de esta selección.
Todo es silencio. Quietud. Y de pronto un grito colectivo de desahogo retumba en los balcones vecinos.
El capitán de zona sur levanta los brazos, mira al cielo, y emocionado agradece.
El choripanero de zona sur también hace lo suyo.
"Todo es cuestión de fe", dice un amigo. Incluso la veracidad de este relato.