Opinión

Contracaras y sentimientos

Detrás de las máscaras. El autor de esta nota asegura que "lo peor del ser humano se disfraza de virtud y en el nombre del bien se cometen las peores barbaries".

Lunes 08 de Abril de 2019

Sentimientos, aquello que se siente y de lo que se tiene conciencia. Insignificancia y superioridad: las dos caras de la moneda humana.

Hay sentimiento de insignificancia frente a lo divino (como majestuoso y omnipotente). Lo que Rudolf Otto llamaba "sentimiento de criatura". Sentimiento acompañado de misterio. También conocemos por la Astrofísica, a la insignificancia frente a lo inconmensurable e infinito del cosmos. Insignificancia que conduce (en el mejor de los casos) a la humildad. Sentimiento que podríamos considerar más contemporáneo. Pero sin misterio, sino con ignorancia.

También conocemos la insignificancia frente a la muerte. Conciencia y sentimiento que desde hace miles de años, llevó al ser humano a pretender perpetuarse (la momificación en el antiguo Egipto por ejemplo). También rodeado de misterios y elementos sagrados. Sentimiento que también llevó a lo religioso a otras variantes (el culto a San La Muerte, por ejemplo). Sentimiento cuyo reconocimiento se hace indispensable para aceptar la Nada como constitutiva, en el Budismo por ejemplo. Sentimiento también muy productivo a partir de textos, creencias, preceptos, ritos y mitos a los que dieron lugar en todas las culturas por milenios.

Y conocemos otro uso del sentimiento de insignificancia frente a la conciencia de muerte: el traslado de la insignificancia al semejante. Claro intento de distribución para quedarse con la omnipotencia y la superioridad. La insuficiencia, la fragilidad, la insignificancia, la vulnerabilidad; destinadas a los demás finamente elegidos (esclavo, torturado, abusado, acusado y acosado). Pero esto remite a otros campos: al poder y al Poder. El "poder" en las relaciones cotidianas. A su uso y abuso, hasta validado e instituido. Y el "Poder" como modo de funcionamiento de las instituciones y de quienes las dirigen.

Y lo sabemos, su contrario es el sentimiento de superioridad.

Cuando una persona se cree superior al resto, resulta graciosa o lastimosa. Pero cuando un grupo se cree superior, termina la comedia y comienza el drama. Los telones se corren y algo se avizora. Algo ya conocido, visto a repetición.

Cuando una creencia de superioridad se colectiviza, la miseria humana muestra su peor cara: la intolerancia asoma en el horizonte; las emociones se agitan (la vieja recurrencia al "argumentum ad passiones" es milenaria); las convicciones se alimentan de las pequeñas diferencias; las pequeñas diferencias devienen abismos y los razonamientos se tornan sesgados. Y los problemas psicológicos y psiquiátricos se tornan útiles para estos fines.

Cuando un grupo de personas (cualquiera sea su tamaño) se cree superior al resto, las personas sufren cambios visibles. Un ojo y oído atentos reconocen que se comienza a hablar de revoluciones; que las oportunistas devienen conversas; que las insatisfechas y resentidas adhieren incondicionalmente; que las iniciadas devienen expertas; que las miradas se tornan desconfiadas y soberbias; y que las susceptibilidades se incendian con facilidad y rapidez.

Cuando un grupo de personas se cree superior al resto, a veces, la misma creencia en la superioridad se vuelve invisible a sus propios ojos. La fuerza de la razón y la potencia de las emociones, la invisibilizan. Cuando la creencia en tal superioridad es reconocida y hasta explicitada, no excluye los efectos de invisibilidad porque las justificaciones se imponen como prioritarias.

Cuando un grupo se cree superior al resto, al principio, parece que "no pasa nada". Pero lo peor del ser humano se disfraza de virtud y en el nombre del bien (generalmente convertido en supremo e incuestionable) se cometen las peores barbaries.

Paradójicamente (o no), en los momentos de mayor necesidad de acuerdos, grupos de personas que se creen superiores reflotan o recrean abismos infranqueables. Aquel conocido "o nos salvamos entre todos, o no se salva nadie" se convierte en libreto de una película de ciencia ficción; mientras que la ficción del grupo de personas que se cree superior, deviene realismo.

Nada justifica cansar a el/la lector/a con historias ya conocidas. Ya forman parte del paisaje, parece que son historia antigua (sólo porque están en los libros de historia) y ya nadie quiere volver a oír sobre ellas. Pero pregunto, mujeres y hombres actuales, ¿han mejorado la performance o sólo metamorfosearon la misma creencia y los mismos sentimientos?


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