Opinión

Contexto, detalles e interrogantes

¿Anécdota menor? Una actitud del vicegobernador santafesino que dejó abundante tela para cortar.

Lunes 30 de Octubre de 2017

Es probable que en la provincia de Santa Fe no existan muchos dirigentes políticos que tengan la experiencia acumulada del actual vicegobernador, Carlos Fascendini. No son tantos los dirigentes que han mantenido su vigencia de modo ininterrumpido desde 1983 y de modo creciente. Hoy, este radical que hace 34 años era elegido intendente de la ciudad de Esperanza, es el segundo hombre de relevancia político- institucional de la provincia. El sucesor legítimo y natural de la titularidad del sillón del brigadier.

El día en que al socialista Miguel Lifschitz le duele la cabeza, Fascendini debe tomar las riendas del gobierno y de la provincia. Es verdad que mientras al gobernador nada lo obligue a ausentarse, un vice tiene poco que hacer pero no lo es menos que se trata de personas que se eligen (o deberían elegirse) en función de una probabilidad que, aunque extraordinaria, es superlativamente importante.

Suele haber juicios, a mi modo de ver livianos, que han buscado relativizar la figura de un vice. Desde la adjetivación peyorativa de objeto decorativo para arriba y para abajo se los ha ninguneado en la consideración social. Convengamos en que la historia tampoco les garantiza un lugar expectable. Nadie se acuerda de los segundos, dice el refrán que ha aguijoneado, por ejemplo, al ex gobernador y hoy senador nacional santafesino, Carlos Reutemann, en relación a su hazaña de haber logrado el título de subcampeón mundial de Fórmula Uno.

Y aun así, en la República Argentina el ejemplo ético más resplandeciente de su historia política contemporánea lo protagonizó un vicepresidente: el rosarino Elpidio González. Junto a Yrigoyen ocupó cargos de trascendencia: ministro de Guerra, jefe de policía y ministro del Interior. En 1922 fue vicepresidente de la Nación con Marcelo Torcuato de Alvear.

Pese a esos cargos de relevancia, al salir del poder se ganó la vida vendiendo anilinas en la Plaza de Mayo y no aceptó la ayuda económica que le mandó el entonces presidente Juan P. Justo. Al asumir, su patrimonio era 350.000 pesos fuertes; en 1930 con el golpe de Uriburu se encontró con deudas por 65.000 pesos y por ello le rematarían su casa en calle Gorostiaga. Tres décadas más tarde un presidente, Arturo Illia, emularía su historia y se iría del poder, también desalojado por los militares, más pobre de lo que llegó y sin techo propio donde vivir.

En un país corroído por la corrupción política hasta sus entrañas y en el que la viveza criolla legitima las más flagrantes mentiras, el ejemplo de González es un soplo vivificante que alienta a la esperanza. Y si alguien tiene dudas de ello ahí está, más acá en nuestra misma historia, lo que pasa cuando se elige a un segundo con ligereza y se trata de alguien que no reúne los mínimos requisitos de idoneidad. La vicepresidenta María Estela Martínez de Perón es uno de los ejemplos negativos más escandalosos que se hayan registrado. Tanto así que ni en el partido político que ella misma presidiera a la muerte de su marido se quieren acordar. Su gestión condujo al país a la más trágica pesadilla del siglo XX.

Esta contextualización que acabo de hacer es para subrayar que mientras un vice no sea una Isabelita Perón se le debe prestar la atención necesaria al momento en que actúe o hable. A menos, claro, que sea desautorizado.

Y aquí, amigo lector, me voló por el aire todo lo lindo que me habían quedado los párrafos anteriores con su profundidad histórica y su reflexiva apelación a lo sublime. ¿Alguien puede explicar el deja vu de Fascendini de esta semana pidiendo otra vez la eyección de sus correligionarios (que militan en Cambiemos) de las filas del Ejecutivo después del honroso tercer lugar del Frente Progresista (siempre pudo haber sido peor y acá al fin y al cabo desde las Paso se recuperaron dos puntos) en las generales del 22 de octubre?

Ya se sabe que para un radical no hay nadie peor que otro radical. Cuando los radicales santafesinos deciden acatar lo dictado por su convención nacional de Gualeguaychú —en la que se apalearon de lo lindo y no sólo retóricamente— y sumarse a la coalición de centroderecha Cambiemos; Fascendini pidió por primera vez que los radicales Julio Schneider y Eduardo Matozo, ministros de Obras Públicas, y Ciencia y Tecnología respectivamente, se fueran del gobierno.

No había terminado de decirlo y los periodistas que no transmiten en directo aún no habían tenido tiempo de procesar la novedad cuando cayó raudo en el Senado el ministro de Gobierno, Pablo Farías, con un mensaje de Lifschitz, para que el vice se callara la boca. Más tarde el gobernador diría que no pediría tales renuncias. Pensar que pudo ser un mero acto de alcahuetería exacerbada de Fascendini en nada cuadra con su perfil del inicio de esta nota. Nadie se explicó nunca qué quiso hacer. Un manto de piedad ocultó aquel incidente.

Es verdad que tal como lo reflejaron las Paso y ratificaron las generales los radicales que no se fueron a Cambiemos y se quedaron en el Frente Progresista podrán tener de todo —llámese experiencia, voluntad o lo que fuere— pero no tienen votos. No al menos, los suficientes. ¿Será qué en una elección para cargos ejecutivos el comportamiento del electorado variará para con ellos? Dependerá de cuántas pruebas estén dispuestos a hacer. También los resultados electorales evidenciaron que para esos radicales, si quisieran volver a la UCR no habría recepción similar a la del hijo prodigo.

Este sector del radicalismo depende hoy de que el socialismo acierte en encontrar el oxígeno (aporte de votos) que el Frente Progresista necesita para no languidecer y tener que apagar la luz en el 2019. El gobernador Lifschitz y, se dice que también su antecesor, Antonio Bonfatti, andan explorando diversos andurriales peronistas caminando en puntas de pie como quien se sabe en territorio peligroso. Es que meterse a la jaula del león pensando que no nos comerá porque somos vegetarianos, puede ser una experiencia terminal. Y nadie se la plantearía siquiera a menos que no tuviere otra salida.

No hay que engañarse, la coalición que logren armar para reemplazar al agonizante Frente Progresista (que puede ser que está más vivo que nunca pero con respirador artificial) pasará por lograr que algunos peronistas se sumen. Es decir emular lo que el PRO hizo en la provincia de Santa Fe en el 2015 y aun antes. No hay otra posibilidad.

A diferencia de la anterior ocasión en que el ministro de Gobierno sosegó al vice; esta vez lo secundo. Farías figuró desde el mismo llamamiento a la conferencia de prensa de evaluación a la que citaron desde el Senado. Y convalidó sentado al lado del vice con su silencio que éste pidiera las cabezas de Schneider y Matozo, a modo de ruptura definitiva. No pudo haber peor desenlace para esa puesta que no ya la desautorización expresa del propio gobernador, que llegó al rato en la voz del propio Lifschitz, sino con una cumbre entre éste y el líder radical, José Corral.

La presencia de Farías en la conferencia de prensa incomoda a la Casa Gris. El gobierno bien pudo haber dicho como antes que su vice es de otro partido y no puede decirle qué hacer o decir. Pero eso no va para su ministro político. ¿Desconocía qué se iba a decir en la misma? Tratándose de una convocatoria a los periodistas específica para dar a conocer la evaluación oficial sobre los comicios, ¿no se habían puesto de acuerdo en cuál sería su discurso en la ocasión?

El ministro de Gobierno fue el jefe de campaña de las Paso. La mayoría de las críticas internas que sobrevinieron a la magra cosecha del 13 de septiembre fueron demoledoras con Farías. Su estrella parece haberse opacado al estar del rumoreo de sus amigos. A punto tal que para la campaña rumbo a las generales fue reemplazado por su antecesor, el binnerista-bonfattista Rubén Galassi. No pocas de las muchas versiones que hablaron de cambios en el gabinete señalaron entre los que se iban al propio Farías. Algo hasta ahora improbable.

Entonces, ¿qué quiso hacer el ministro en la conferencia de prensa? ¿Fue una puesta en escena consentida con la desmentida del gobernador incluida? En ese caso, ¿para qué?

Si el lector está pensando que se trata todo esto de una anécdota menor, casi un detalle, le diré que tiene razón pero como dice el refrán anglosajón el diablo está en los detalles.

Como afirma el historiador español Daniel Molina Jiménez, cuando suministramos informaciones sin contextualizarlas, sin analizar el origen, las consecuencias de las mismas, los detalles que la rodean, obtenemos sencillamente datos sin posibilidad de establecer un juicio crítico sobre las mismas. Por este motivo, el dato siempre ha de estar basado en un contexto.

Y aunque no quiere decir que se encuentren respuestas sí permite desmadejar las preguntas.

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