Opinión

"Contame una buena, hija"

Sábado 17 de Octubre de 2020

Silbar y hablar sola por la calle sigue siendo una costumbre. Aunque el soliloquio no es tal: una siempre habla con alguien más y estos meses hablé como nunca con mi papá. Y eso que va a cumplirse un año de que ya no lo tengo. Nos peléabamos mucho, discutíamos siempre, pero dos cosas nos unían: el interés por lo político y el fútbol. Y ni el aislamiento impidió que lo ponga al día sobre estos siete meses raros por la pandemia y por su ausencia.

Es que la muerte sigue viva, y se lo conté. Le dije que el virus ataca ahora más que nunca pero paradójicamente la cuarentena se relaja con visión bien clasista y con mucho lobby detrás. Que el coronavirus parece dejar secuelas: renales, neurológicas y pulmonares, y encima el fuego de la isla no para de arder y el humo, de ahogarnos.

Le conté que donde él murió colapsó la morgue, y que en la calle se linchan a ladrones de celulares, pero se les organizan marchas y vivas a empresarios que lavaron dinero, fugaron capitales y extranjerizaron el comercio exterior de granos desde nuestros puertos.

Que siguen apareciendo mujeres violadas, asesinadas al lado de la ruta o en countries. Y que hasta velaron a una víctima de femicidio con una foto abrazada al esposo, su victimario.

Le conté que los pibitos y pibitas y jóvenes en todos estos meses tuvieron clases de manera virtual y con dificultades incalculables. Pero ni antes de la pandemia se pensó en ampliar a los barrios el wifi gratuito que el Estado sólo ofrece en el centro. Una pena porque no sólo los alumnos y alumnas no deberían "robar" conexión de donde pueden para estudiar, sino que las mujeres violentadas en sus hogares podrían llamar más fácilmente al 144, o los vecinos con más celeridad al 911 de emergencias policiales. Una manera de invertir en política social y no sólo policial contra la remanida "inseguridad".

También le comenté que una amiga, que él conoce, desde marzo no puede visitar a su mamá en el geriátrico donde reside, y que a otro amigo se le murió el papá y no lo pudo ver ni velar. Que los adultos mayores están condenados más que nunca a la desmemoria y al abandono, pero con los empresarios gastronómicos no se dudó en habilitarlos para organizar fiestas. Si hay tristeza, entre los jóvenes con buen poder adquisitivo, que no se note. Duró unos días "la fiesta", habrá que ver cómo sigue.

Le conté también a mi papá que muchos no quieren que los enfermeros y los médicos les vengan con "bajones" y agotamientos. Que para ellos las vacaciones son "sagradas" y las están planeando como si nada pasara: alquilan casas de fin de semana a precios exorbitantes y reservan pasajes aéreos que ni saben si podrán usar. Y no faltan los que ya hablan hasta sobre cómo pasarán las fiestas de fin de año.

También le hablé de que no paran los asesinatos en el mundo narco en la ciudad y que hubo marchas con barbijos, de toda calaña. Pero que se está preparando una histórica, a la que él seguro concurriría. Que por primera vez no ganará la calle ni las fuentes, será en caravana de autos y con acto virtual. Y parece que lejos de recordar una fecha será un termómetro de apoyo o no al gobierno y entre otras cosas a su accionar con el coronavirus.

Eso sí, nuestro equipo de fútbol ,por ahora, anda bien, pero no se puede ir a la cancha a verlo jugar como tanto nos gustaba. Doy por descontado que mi papá insultaría por todo esto y me pediría que le cuente "una buena", al menos.

No puedo, entonces camino y silbo por la calle.

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