Opinión

Con los nombres no alcanza

Muchas veces los regresos tardíos de aquellos futbolistas que fueron ídolos o referentes no sólo no resuelven la necesidad deportiva sino que también implican un enorme endeudamiento de los clubes

Lunes 14 de Mayo de 2018

El temprano éxodo de jóvenes jugadores y el regreso muchas veces tardío de aquellos que emigraron hace años a otras latitudes llevaron al fútbol argentino a tener la necesidad de importar de países vecinos futbolistas de diversas condiciones para evitar que el nivel de la competencia profundice su devaluación. No es casual que en primera división hoy militen casi cien extranjeros.
Este contexto de necesidad de contar con jugadores de jerarquía potenció el deseo de los simpatizantes de los diferentes clubes de repatriar aquellos ídolos o referentes que hace años recorren las canchas de Europa u otros países.
El anhelo de que vuelvan a casa partió de las necesidades de resolver determinadas crisis deportivas o en pos de alcanzar una meta postergada. Este deseo colectivo de los hinchas casi siempre encontró en el aspecto económico una barrera infranqueable, razón por la cual fue habitual observar que las opiniones se agrietaron, ya que era habitual escuchar que el amor debería ser más fuerte, por ende surgió el reclamo en torno al compromiso sentimental que consideran todo jugador debería tener con el club de origen.
No obstante, muchos de aquellos referentes regresaron a sus clubes formadores, pero claro está que el tiempo transcurrido también gravitó en el juego y por ende es muy común constatar que lo imaginado no tiene un completo correlato con la realidad. El que volvió ya no tiene la repentización que supo tener cuando se fue, aunque las partes intenten disimularlo.
Mucho se ha escrito y expresado en torno de las dificultades que tiene un deportista cuando debe madurar el retiro de la actividad. Desde evaluaciones físicas y ensayos psicológicos a historias de vida que tipificaron los diferentes casos. La decisión es muy compleja. Porque ni el jugador quiere dejar de ser y su público no quiere dejar de verlo.
Esa pretensión es habitual que en muchos casos dilate tanto los tiempos que termina logrando el efecto contrario al deseado, ya que el rendimiento deja de ser el que la gente guarda en el consciente colectivo y por ende los beneficios para el equipo mutan en perjuicios.
Aunque las excusas del deportista fluyan desde la negación de la irrefutable realidad y los hinchas lo sostengan con justificaciones paridas en el cariño forjado en tiempos de bonanza.
El fútbol argentino, cuya generación de futbolistas ya no es tan fecunda como en otros años, transita una medianía en la que la vuelta de los que engrosaron las políticas exportadoras siempre asoma como la solución a la falta de calidad, sin embargo esos regresos cada vez cubre menos esa carencia.
No obstante los idilios continúan aunque vaya en detrimento de los propios intereses de los respectivos equipos y así se comprueba que los referentes lo son más por una cuestión histórica que por una demostración actual, aunque pese a esto dispongan de una injustificada amnistía para sus precarios rendimientos.
Los hinchas más radicalizados y los periodistas apegados a la obsecuencia salen al cruce de toda mirada crítica y realista de estos futbolistas que fueron referentes, pero que ya no lo son por el empecinamiento de querer quebrantar determinadas leyes biológicas que son invulnerables.
Pareciera difícil de comprender que el cuestionamiento a determinado jugador no alude a su trayectoria sino al presente futbolístico, porque su trayectoria es y será de diez, no así el rendimiento actual, que convive partido tras partido con el aplazo.
Hacer una recorrida por los diferentes equipos ayuda a descubrir que en muchos habitan futbolistas de dilatada trayectoria, que sin dudas forjaron la identidad deportiva también gracias a la entidad en la que comenzaron, pero que ya no pueden desplegar aquellas cualidades porque en el fútbol moderno sin dinámica no se puede jugar.
El problema de ya no ser
Es muy difícil asumirlo para el jugador y también lo es para aquellos que lo idolatran. Pero siempre es más conveniente darse cuenta a tiempo y no esperar que las frustraciones esmerilen ese reconocimiento, que debería ser el mejor capital para ambas partes.
Como tampoco los conflictos, porque es habitual que esos referentes, impotentes por su imposibilidad de rendir como en el pasado, proyecten sus responsabilidades al equipo, al cuerpo técnico o a la divina providencia.
Muchos equipos se quedaron sin entrenador porque los referentes ya sin vigencia, desde su actuación hicieron gravitar el peso de sus nombres por sobre los intereses futbolísticos del conjunto, a sabiendas de que, en un fútbol en el que los jugadores tienen cada vez mayor injerencia, cuentan con el respaldo de una amplia franja del público como así de la subordinación de ciertos dirigentes.
Dirigentes que acuden al regreso de estos futbolistas de renombre más por una necesidad política que por una correcta lectura deportiva, llevando incluso esas contrataciones a costos exorbitantes.
Porque salvo honrosas excepciones, muchos de estos casos implican una enorme erogación económica por parte de clubes financieramente frágiles, cifras que no tienen su amortización deportiva.
Por eso bregar por el regreso de aquellos que alguna vez fueron destacados no siempre representan la mejor solución al problema de jerarquía, en ocasiones es todo lo contrario, aunque desde lo sentimental no tenga precio el reencuentro. Ya quedó demostrado que en el fútbol no se gana con la nostalgia.

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