Domingo 03 de Marzo de 2024
Claro que no hace falta explicarlo demasiado, seguro que el clásico del ascenso del sábado por la tarde entre Central Córdoba (0) y Argentino (2) fue para algunos una lluvia con alegría y para otros una lluvia de lágrimas. Los vencedores se fueron festejando hasta su casa y los otros maldiciendo por el resultado adverso, como es la lógica del fútbol, pero esta vez todos en paz.
Más allá de todo, nada ni nadie le quitará al simpatizante que fue al Gabino Sosa en la tarde del sábado la felicidad de ver flamear las banderas rojas y azules, de un lado, y las blancas y azules, del otro; de escuchar el sonido de los bombos, los cánticos, las cargadas leales y sobre todo de vivir esa extraña sensación que (en lo personal) hace mucho tiempo no tenía: la de ir a una cancha y ver a familias, jubilados y chicos, con sus camisetas, cantando, gritando, festejando y sufriendo. Realmente un sentimiento que hace tiempo no se experimentaba.
Encima la lluvia fue otro ingrediente especial como para celebrar el ritual del fútbol de los sábados que muchos llevamos adentro y el diluvio acentuó ese sentimiento, que luego dio paso al sol que iluminó la fiesta. Todos volvieron a su casa en paz sin lamentar ninguna de las situaciones que se ven en las canchas argentinas. El resultado más grande del clásico fue la vivencia de todos los hinchas de una tarde con lo más lindo del fútbol, que es la alegría, la tristeza, la amistad y el cántico.
Este ejemplo que dieron charrúas y salaítos es lo mejor que dejó el derbi y la muestra de lo que se debería vivir en cada cancha del país.