Opinión

Cómo pagar el desarrollo

El país que queremos. En la economía nacional, el ajuste, la contracción y la recesión no pueden ejecutarse desde las altas esferas sino que deben concertarse.

Viernes 17 de Noviembre de 2017

Durante 1940, habiéndose iniciado un año antes la trágica segunda guerra mundial, en Inglaterra tuvo lugar una penetrante y significante discusión acerca del costo del esfuerzo bélico y sobre qué sector o sectores de la sociedad debería recaer la carga mayor de una empresa que al decir de Winston Churchill sólo prometía "sangre, sudor y lágrimas".

La preocupación mayor, con justificadas razones en función de experiencias anteriores, pertenecía a la clase trabajadora y sus representantes; aducían que los costos de la guerra deberían ser afrontados según un criterio que estableciera mayores cargas para quienes más patrimonio e ingresos anuales poseían. La bandera fundamental enarbolaba la consigna de que la guerra no debían pagarla los trabajadores, quienes por lo demás eran y serían en el futuro que se aproximaba quienes pondrían literalmente el cuerpo a la guerra.

John Maynard Keynes, famoso economista político y académico inglés, escribió por entonces uno de sus más lúcidos ensayos: "Como pagar la guerra", que a la manera de pequeño libro dio a luz por aquel entonces y que figura en el célebre Ensayos de Persuasión, que reúne artículos del Lord inglés escritos a lo largo de décadas.

El manual de Keynes

La idea central de Keynes era la siguiente: si hay una virtud que posee una economía de guerra, de modo similar a una economía planificada, es que resulta imperativo, en función del objetivo de la guerra, hacer uso de todas las fuerzas productivas con las que la Nación cuenta, llevando el empleo de las mismas hasta su máxima capacidad. Incluso las inversiones en general, y en innovación y desarrollo en particular, tendientes a incrementar la capacidad productiva, debían adquirir un rol protagónico luego de solventar las operaciones inmediatas que el esfuerzo bélico requiere.

A diferencia de una economía de mercado, que produce para vender y cuya mayor dificultad radica en encontrar mercados y hacer compatible la inversión que requiere del ahorro con el consumo que la incentiva, en una economía de guerra (o planificada) la venta de lo que se produce desaparece como problema, porque se produce para asignar a las obligaciones que la guerra y la inversión exigen.

Pero Keynes era consciente que ese beneficio tenía un talón de Aquiles para una economía que, desde el punto de vista interno del mercado de trabajo, seguiría funcionando como antes de la guerra. Los trabajadores trabajarían y ganarían más, muchas mujeres ingresarían al mercado de trabajo y recibirían salarios en contrapartida. La contradicción se tornaba evidente: los trabajadores tendrían un ingreso cada vez mayor para gastar en bienes de consumo de los cuales se dispondría menos.

De no mediar un mecanismo que los incentivara a ahorrar el excedente, se desataría una inflación que confirmaría al movimiento obrero el mayor de sus temores: la inflación por encima de los aumentos salariales haría pagar a los trabajadores la guerra.

Keynes propuso otorgarles un bono de pago diferido por la diferencia entre lo que los ingresos permitían potencialmente consumir y lo que realmente se podía de acuerdo con la existencia de bienes de consumo, una vez que se descontaban las necesidades de la guerra, y el ritmo de importaciones de bienes básicos que podía afrontar el país con el stock de reservas internacionales que dispusiera.

Algunas enseñanzas

A menudo me gusta recoger algunas enseñanzas de aquel análisis de Keynes para pensar el esfuerzo que debe realizar un país periférico para alcanzar la meta del desarrollo. Aquí rescataré dos:

• Todo esfuerzo requiere sacrificios. Sin embargo, hay que cuidarse de no confundir distintos tipos de sacrificios, algunos virtuosos y otros simplemente tan penosos como infructuosos.

Una familia que sacrifica sus vacaciones y lleva sus capacidades productivas al máximo para financiar la educación de sus hijos realiza un sacrificio virtuoso, invirtiendo en el futuro sobre la base del esfuerzo presente. Pero una familia que sacrifica sus vacaciones porque el jefe del hogar y/o sus otros integrantes pierden sus trabajos o merman sus ingresos, realiza un sacrificio meramente penoso que nada bueno deja desde el punto de vista económico y extendido en el tiempo produce estragos.

En términos de una economía nacional, el ajuste, la contracción económica y la recesión nunca pueden ser sacrificios virtuosos, porque no suponen trabajar más en el presente para recibir proporcionalmente más en el futuro, sino trabajar menos hoy poniendo en riesgo lo que se producirá mañana.

• Los sacrificios de una índole semejante no pueden simplemente ejecutarse desde las altas esferas de una elite iluminada, si es que la democracia a la que aspiramos es algo más que una fórmula jurídica. Deben concertarse, siendo el resultado de un plan nacional que exprese certezas que los diferentes actores sociales alumbran en el marco de una comunión de destino. Lo cual exige planificar el país que soñamos partiendo del país que tenemos, sin beneficio de inventario.

Esto último es muy relevante si reparamos que los argentinos solemos soñar países utópicos, pero en el sentido estricto de fuera de lugar. No estaría mal soñar países imposibles si no fuera porque a menudo exigen la tarea de dejar afuera una parte del todo que debe comulgar con el desarrollo. Y ello sí es una verdadera grieta.

Elías Soso

Vicepresidente de Cámara Argentina de la Mediana Empresa

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