Miércoles 27 de Agosto de 2008
Promediando el siglo XIX Juan Bautista Alberdi publica "El crimen de la guerra", texto de particular relevancia donde expone centralmente las calamidades civilizatorias que acarrea la expansión de la lógica bélica; y propone la eliminación de necios proteccionismos comerciales como remedio para el sangriento entredicho entre naciones.
Alberdi ya se ha desplazado en esos años hacia un rotundo liberalismo economicista, convencido de que la interferencia del estado sobre el sabio despliegue de las fuerzas productivas entorpece el acceso a una modernidad que llegará finalmente de la mano del egoísmo empresarial bien encaminado.
Ahora bien, se emite allí un comentario tan inédito como irrepetido. Si el requerimiento de la hora toma el cuerpo del desarrollo económico agroexportador, habrá que perfilar una épica donde el héroe agasajado no sea un ya anacrónico guerrero de la independencia sino un industrial acaudalado y pujante. Alberdi avanza y elabora un juicio herético respecto de la inconveniencia de mantener a San Martín como intocado referente del procerato patrio.
Mientras Bartolomé Mitre edita sus apologéticas obras acerca de las trayectorias de San Martín y Belgrano, para galvanizar la nacionalidad en pañales abrevando en el linaje emancipador de Mayo, el tucumano pone en duda que sean las narrativas con olor a pólvora las que permitan garantizar un hasta allí tambaleante progreso argentino.
Atento a lo dicho valen dos señalamientos. La apelación a un pasado pedagógico para destrabar dilemáticas encrucijadas del presente es una operación simbólica que desde siempre contó con empinados exponentes. Y la batalla por los sentidos de la argentinidad excluyó metódicamente a San Martín de la controversia interpretativa. Salvo la fugaz osadía alberdiana, las diversas trincheras historiográficas quisieron tener al intocable General de Yapeyú convalidando su propia versión de los acontecimientos.
Pues bien, será el movimiento revisionista el encargado de perfeccionar y profundizar esta mecánica interpretativa a través de la cual la vida pretérita de los pueblos brinda impecables enseñanzas a los empeñosos protagonistas del presente. Adolfo Saldías y Ernesto Quesada inician una secuela que tiene a la figura de Rosas como territorio de la revisión valorativa. Tirano denostado para la intelectualidad liberal del siglo XIX, de una tenue aceptación de sus méritos gobernantes se pasará a exaltar su enfrentamiento con los imperios en la Vuelta de Obligado o su capacidad para dotar de cierto orden a una nación todavía lacerada por la anarquía del año 20.
La admisión nostálgica de dichos méritos remiten claro a momentos traumáticos que padecía la Argentina a principios del siglo XX. El descontrol plebeyo de la democracia ligará al Rosas de la mano dura con el nacionalismo derechista y restaurador, y el ruinoso pacto Roca-Runcimann vinculará al Brigadier General con el naciente antiimperialismo que se atisba en los hermanos Irazusta y adquiere letra célebre en los cuadernos de Forja.
Por cierto, la empresa revisionista no culminará allí. Si desde Sarmiento en su "Facundo" los caudillos montoneros personifican la secreción espuria de una Argentina enferma de barbarie, la impiadosas corrientes críticas a la prosapia liberal encuentran patriotas injustamente calumniados donde los civilizados veían ominosos déspotas del facón.
Angel Vicente Peñaloza o Felipe Varela encarnaron una genuina resistencia nacional contra un artificioso progresismo impuesto con sangre por el maléfico capital inglés. De las cenizas de sus cuerpos decapitados surgen directivas y recomendaciones que los nacionalismos militantes del siglo XX no pueden desoír si pretenden concluir con éxito su combate contra las rejuvenecidas formas de expoliación imperialista.
Llegando a 1970, el revisionismo se acerca al paroxismo al entroncarse con variantes izquierdizantes del peronismo. Se llamará Montoneros la principal de ellas, donde se acoplan el Tigre de los Llanos y el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu; y se llamará "Los hijos de Fierro" una película en la cual Fernando Solanas yuxtapone el martirologio del gaucho hernandiano con la embestida popular que procura garantizar el retorno revolucionario del general Perón al país.
Lo peculiar del revisionismo sin embargo, no es haber ligado los mensajes cifrados de la historia con los requirientes desafíos del presente, sino haber introducido lo que cabe denominar una lógica de la recurrencia. Forma sofisticada del anacronismo que se alimenta del principio de la invariancia. De otra manera. Un idéntico antagonismo atraviesa el largo periplo de la historia argentina, sólo que modificando sus máscaras y manifestaciones. Poco importa que Rosas fuese un estanciero bonaerense, Yrigoyen un predicador laico de las virtudes de la constitución de 1853 o Juan Domingo Perón un militar obrerista. En definitiva todos combatían contra lo mismo. El tiempo pasa pero los enemigos quedan.
El revisionismo como corriente historiográfica ha perdido intensidad y presencia académica, pero su esquema analítico parece haber recuperado incidencia en los ajetreados días del conflicto agrario. Se ha hablado de oligarquía golpista para referirse a la Sociedad Rural, se calificó de comandos civiles a los ruralistas escrachadores de toda disidencia, se ha denunciado como gorilismo a la subestimación mediopelesca de las bases morochas del oficialismo, y Eduardo Buzzi se abrazó con sus enemigos de siempre apelando a un sencillo argumento: "Yo no me hago cargo de su pasado".
Intentemos una suerte de balance. Los riesgos de la óptica revisionista desembocan en la imposibilidad de escrudiñar con eficacia en la especificidad de lo inesperado. Los aparentes trazos duros de la historia obturan el ingreso a un mundo dinámico donde las fuerzas sociales se recomponen, los actores políticos se resitúan y los enemigos no sólo mutan de ropaje sino también de contenido.
La historia liviana, vaciada de musculosas continuidades, aquella que se escandaliza cuando los antagonismos contemporáneos reposan en épicas del pasado, sólo autoriza la flotación ingenua de las personas, la acción que invocando la singularísima novedad de cada lucha, impide percibir la pervivencia evidente de privilegios siempre acechantes. La historia no es ni una sumatoria inconexa de instantes irrepetibles, ni la secuencia preestablecida de un mandato ancestral de cada pueblo. Es la inercial sedimentación de sucesos que estructuran la decisión de los hombres sin condenarlos a necesariamente a continuar una saga inmutable.
Si el exabrupto de Néstor Kirchner de invocar comandos civiles como metaforización de la intolerancia, enajena cualquier interlocución con las voluntades indecisas, suponer que cuatro meses de radicalización política devienen apenas de una exasperada manipulación del lenguaje o una resolución técnicamente mal diseñada, oculta por ignorancia o sumisión la vitalidad de fuerzas tan añejas como tenebrosas que no toleran la más mínima irreverencia reformista.