Opinión

Chile cambia, pero no tanto, y no deja de progresar nunca

cambio de turno. Mientras Argentina da una imagen violenta e inestable, en el país vecino todo transcurre dentro de carriles institucionales.

Martes 19 de Diciembre de 2017

Mientras ayer en Argentina se repetían las mismas imágenes del jueves pasado, de una violencia extrema en torno a un Congreso sitiado, en Chile la presidenta Bachelet desayunaba, tal como manda la tradición, con el triunfador de las elecciones del domingo, Sebastián Piñera. El contraste no podría ser más grande, y el daño de imagen que sufre por estas horas Argentina y la ganancia paralela y simultánea de Chile, dicen mucho, o todo, sobre el valor estratégico que tienen para un país sus instituciones y sus correspondientes ritos y procedimientos. A este lado de la Cordillera, grupos violentos desconocen al Congreso y lo asedian dos veces en menos de una semana; al otro lado, una elección impecable con un resultado claro, conocido rápidamente con precisión de décimas y centésimas, sin ningún desorden. Todo normal y ordenado: sale Bachelet, entra por segunda vez Piñera. Son variaciones dentro de una continuidad de fondo, que ha permitido a Chile ingresar en el club de la OCDE y crecer con un promedio y regularidad envidiables durante años. Es mentira que este crecimiento solo sea "para los ricos". Permite, por ejemplo, dar créditos hipotecarios a los sectores populares y no solo a las clases altas y medias altas. Y esto desde hace décadas.
   Más allá de este contraste decisivo entre un país ordenado y otro de vocación violenta y caótica, vale estudiar un poco la historia política chilena reciente que ha llevado a esta estabilidad. De un lado, la derecha de Renovación Nacional y la UDI, aprendió de la lucha fratricida de hace cuatro años, cuando las ambiciones y traiciones internas se devoraron al mejor candidato, Laurence Golborne, y luego a su sustituto, que renunció por una depresión cuando ya estaba elegido. Por descarte, quedó Evelyn Mattei, ministra e hija del brigadier que formó pare de la primera junta de la dictadura en 1973. Lógicamente, Bachelet ganó con extrema facilidad (62%). En la derecha solo quedó en pie una figura: Piñera. Quien en su discurso de la victoria de este domingo dio un claro mensaje hacia afuera y adentro: centrista y moderado, elogió la diversidad, el disenso y prometió un trato especial a la clase media, pero también a "nuestros pueblos originarios". En campaña ya había revisado su visión negativa de la gratuidad universitaria. Piñera no fue pinochetista de joven, y mucho menos lo es ahora. Este centrismo le ha costado postergaciones y exclusiones en su sector. Ahora vuelve a la presidencia de Chile con un plan sencillo: recuperar el crecimiento, algo alicaído en estos años de Bachelet. "Nuestro gobierno va a favorecer la inversión, la productividad, la innovación, el emprendimiento", reseñó ayer. Pero no hay violencia verbal ni acusaciones irresponsables en su discurso. Todos saben en Chile que las exportaciones han caído en valor, en especial el cobre, y eso no es culpa de nadie. Pero también es cierto que el plan reformista de Bachelet no gustó en muchos sectores. La sociedad chilena es conservadora y detectó un nuevo tono radicalizado en el oficialismo. La alianza con el Partido Comunista, definitivamente ,tuvo más costos que beneficios. El Partido Socialista de Bachelet domina la coalición Nueva Mayoría, sustituta de la fenecida Concertación. En su momento, pareció una renovación exitosa; hoy los resultados indican que fue una jugada equivocada. La NM resultó una coalición efímera que desde este domingo parece condenada a languidecer. En la primera vuelta concurrió desmembrada en seis candidaturas. Desde que la Democracia Cristiana quedó reducida a un partido casi menor y ya no pudo disputar la candidatura presidencial al PS la Concertación vivió en crisis. Después de haber puesto dos presidentes desde el retorno de la democracia —Aylwin y Frei— la DC decayó y quedó cada vez más en un lugar subalterno respecto del partido dominante de la coalición, el PS. En estas elecciones, la DC rompió con Nueva Mayoría y se presentó sola, con su titular, Carolina Goic. Le fue mal (6%), aunque no fue la única por cierto. Y dejó a la DC en capacidad de negociar de manera independiente en el Congreso y ya no como socio menor de una coalición en la que mandan otros . Y en la que socios indeseados, como el PC, le resultan incompatibles con sus valores y dañaban su base. Centrismo cristiano y comunismo nunca fueron socios en ninguna parte, salvo circunstancias históricas extraordinarias. Bachelet prefirió obviar este dato de la historia política. Hoy, su agenda de reformas quedó a medio cumplir. Guillier no podrá continuar con el moderado reformismo chileno. Las reformas tributaria y laboral parecen archivadas, pero la gratuidad educativa no. Otro punto clave, la reforma constitucional que terminó con el distorsivo sistema binominal heredado del pinochetismo, ya está incorporada a la vida institucional y política de Chile. Es que Chile avanza siempre. A veces más rápido, a veces más despacio. Pero siempre da pasos adelante. Una lección que de este lado de los Andes todavía no se aprendió.

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