Opinión

Cerebro y redes sociales

Los humanos somos seres sociales y la interacción frecuente con terceros es recomendación persistente en todas las listas de hábitos saludables, tanto para el buen vivir del presente como, hacia el futuro, para la prevención o postergación de los horrores del alzhéimer y la demencia senil.

Miércoles 01 de Agosto de 2018

Los humanos somos seres sociales y la interacción frecuente con terceros es recomendación persistente en todas las listas de hábitos saludables, tanto para el buen vivir del presente como, hacia el futuro, para la prevención o postergación de los horrores del alzhéimer y la demencia senil.

La tecnología informática, no obstante sus logros extraordinarios, bien podría estar aislándonos más que aglutinándonos. En las redes sociales se volvió práctica corriente el reenvío de videos, enlaces y textos con ‘shows', consejos o chistes, sin agregar siquiera un saludo amistoso. ¿Contribuyen estos mensajes ‘anónimos' a la satisfacción de nuestra intrínseca necesidad de comunicación? No parece ser así.

El énfasis en la interacción personal directa se respalda en ‘La hipótesis del cerebro social', desarrollada por Robin Dunbar a finales del siglo XX. Por milenios, la evolución del cerebro favoreció no solo la inteligencia individual, sino que también contribuyó a la inteligencia grupal, que, según el antropólogo británico, fue factor clave de supervivencia. Sostiene el doctor Dunbar que los seres humanos estamos cerebralmente diseñados para relacionarnos. La hipótesis del cerebro social se fundamenta en observaciones medibles. Existe una correlación directa entre el tamaño de la corteza cerebral —la materia gris— de los orangutanes, los gorilas y los chimpancés, por un lado, y el número ‘promedio' de miembros en sus correspondientes grupos sociales. Mientras más grande es la corteza cerebral, mayor parece ser la necesidad de socializar de nuestros primos primates. Por comparación, el cerebro humano es ‘descomunal' y, extrapolando cifras, nuestro ‘grupo social' debería constar de unas 150 personas.

Si un texto contiene lo que queremos expresar, ¿por qué resulta más provechoso conversarlo? Las comunicaciones, sugieren los psicólogos, son más corporales y tonales que verbales, y los oídos escuchan apenas una fracción de lo que nuestros interlocutores quieren compartir. La comunicación va mucho más allá de lo que se pronuncia o escribe. El psicólogo iraní-norteamericano Albert Mehrabian sugiere que el 55 por ciento de la comunicación es corporal; el 38 por ciento, tonal y tan solo el 7 por ciento —la porción que podría escribirse— se transmite con las palabras pronunciadas. Podemos entonces concluir que, aunque muchos mensajes pueden ser interesantes, divertidos o motivantes, ningún documento electrónico reemplaza una charla alrededor de un café, un apretón de manos, el abrazo al final del encuentro o la lectura del rostro del amigo cuando le contamos una buena noticia. ¿Ejercitan los textos electrónicos la ‘mente comunicativa' que él sugiere? ¿Nos fortalecen tales intercambios los circuitos neuronales del ‘cerebro social'? ¡No! ¡Definitivamente no! Las bienintencionadas notas que circulamos por teléfonos y tabletas inteligentes no satisfacen las exigencias del cerebro social… Ni las necesidades de comunicación que tenemos y sentimos todos los seres humanos.

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