Martes 19 de Octubre de 2021
Central no tiene equilibrio. Luce descompensado. Es determinante cuando ataca. Es vacilante cuando defiende. No logra calibrar la zona de volantes para otorgarle certidumbre a su rendimiento. Es como ese motor al que parece imposible ponerlo a punto. O funciona en baja o en alta. Pero nunca regula. Se organiza cuando pasa a posición ofensiva. Articula, rota, triangula, genera riesgo, muchas situaciones de gol y también define. Se desordena cuando retrocede, no releva, deja espacios, pierde marcas, se hace vulnerable, sufre y también le convierten. No maneja los tiempos. O tiene problemas para hacerlo. Y a esta altura el desempeño ya es crónico. Transmite fervor y entusiasmo, pero en simultáneo también bronca y frustración. Como si se tratara de una tragicomedia. Independientemente del adversario de turno.
Central es artífice de su propio destino. No hay dudas de que el entrenador Cristian González le imprimió a su equipo una idea futbolística. Las consignas de intensidad, protagonismo y profundidad se observan cuando sus dirigidos se despliegan en pos del arco rival. Pero cuando para fortalecer ese pensamiento requiere de la base de sustentación edificada desde el medio hacia atrás, asoman las fisuras tácticas y técnicas. Y esto tiene una continuidad sin solución. Entonces en ese contexto futbolístico, todo se hace imprevisible. Porque las victorias en curso corren riesgo, porque algunos triunfos ante rivales de menor cuantía se convierten en épicos o terminan siendo empates, y hasta igualdades complicadas mutaron en derrotas.
Y es allí donde radica la irregularidad de este equipo del Kily, que tal vez por juego y determinadas individualidades debería tener en su haber algunos puntos más, y así contar con una ecuación más rentable en ese camino hacia la meta que ahora se ciñe a clasificaciones coperas. Pero si no dispone de esas unidades que bien podría tener, es en gran parte por esa falta de equilibrio que exhibe. Equilibrio que hace mucho necesita. Y que todavía no consigue.