Opinión

Cartel: el adiós al letrero de Falabella fue un acto simbólico de la agonía del centro rosarino

Un paseo por la peatonal Córdoba revela que la pandemia le dio el tiro de gracia al esplendor que alguna vez supo tener y hoy es historia antigua

Jueves 03 de Junio de 2021

Camina con la vista clavada en la punta de las zapatillas, anteojos negros de carey, auriculares en la sien, no escucha, no ve, la cara tapada hasta la nariz, como un bandido de una película vieja del Lejano Oeste. Cruza el centro a paso lento, manos en los bolsillos de la campera, aspecto glacial. Tiene veintipico, se nota a la legua. Ni cuenta se da de que las persianas que ocultan las vidrieras que hasta ayer brillaban de colores no se van a levantar más. Es joven, inmortal, militante, qué más da.

A su alrededor el centro se hace añicos, primero el Paseo del Siglo, que supo ser señorial y elegante, la encantadora Plaza Pringles, con las estatuas sin cabeza, los canteros impecables y las palomas, sí, donde había un puesto de venta de flores abierto las 24 horas, como una farmacia de turno, aunque no vendía fármacos. Otros tiempos. En los bancos de madera donde otrora se hacían arrumacos los enamorados hoy duermen la siesta los trapitos de la cortada.

Si hasta al letrero de la Biblioteca Argentina, que fue remodelada de cabo a rabo por el socialismo, se le cayó una letra. Tan moderno, tan de diseño, tan efímero. Tan sudaca, tan brasuca, que todo parece en construcción y ya es ruina, como cantaba Caetano Veloso en los 90, cuando acá el Rey Carlos vendía las joyas de la abuela y sus súbditos dilapidaban la herencia en Miami, a puro uno a uno y deme dos, sin pensar que después la fiesta tendrían que pagarla.

Bajo la suela de las Vans, que alguna vez fueron nuevas, relucientes, pero que el tiempo maldita daga hizo que la lona negra luzca gastada, raída, como la piel de una rata de alcantarilla y no huela mejor, pisa una alfombra de excremento de pájaros, una pesadilla que ni Hitchcock hubiera imaginado. Y no es que no baldeen las baldosas de la plaza, lo hacen y a diario, solo que las necesidades de las aves, como las de cualquier hijo de vecino, son incontenibles. Salvajes.

No sabe, nadie se lo contó, ni a él le interesó averiguarlo, que en esas veredas alguna vez hubo un mercado callejero, hippie lo llamaban los vecinos de los edificios señoriales que rodean la plaza, gente bien, que no quería encontrarse cuando sacaba a pasear el perro con esos pelilargos que quemaban sahumerios y escuchaban Arco Iris, Almendra, Sui Generis en gigantescos radiograbadores a pilas y los hicieron echar, por el bien de todos, por la paz y el orden, por la fuerza.

Llega a la primera cuadra de la peatonal, o la última si la idea es apegarse a la historia tanto como se pueda, mal que le pese a los budistas de “ShowMatch”. Evita pisar las junturas de las losas del piso, que alguna vez fueron pequeñitas y hexagonales y había que hacer malabarismo para no errar la pisada. Hoy es más fácil, basta con dar zancadas largas, mantener un ritmo pausado y listo el pollo. No es obsesivo, pero se lo vio hacer a Jack Nicholson en “Mejor, imposible” y le gustó.

Sin colas para comprar dólares, sin abogados, contadores, brokers de la Wall Street del subdesarrollo tomando café en las mesas de Yenny, sin Juanpe contándole a los dormilones las cartas del tiempo, las capas de la cebolla, la nada misma, la cuadra es un páramo. Nunca fue muy animada, el ajetreo siempre arrancó después de Corrientes, más cuando los grandes ventanales derramaban en la calle la luz de los fluorescentes de Aguiló, cuando en Rosario no había McDonalds ni Pumper Nic y cruzar la ciudad en bondi para ir a dar una vuelta al centro era un planazo.

Para en el semáforo, saca el celular, lo sostiene con las dos manos, no sea cosa que pase un motochorro y se lo arrebate. Desliza las pantallas a la velocidad de la luz, Face, Insta, WhatsApp, la luz verde en el piso le avisa que puede seguir. Si levantara la vista, cosa que no hace, que ni se le cruza por la cabeza hacer, vería la ciudad y su gente, vería el cuaderno y la pluma del viejo cartel de librería Ross, único vestigio de un pasado que no fue mejor, pero por qué olvidarlo.

Los ecologistas, que ahora hay que llamar ambientalistas, se llevaron puestos los carteles de neón que se descolgaban del cielo de la peatonal y hacían que la Fremont de Las Vegas pareciera la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. En las noches de verano, cuando escapando del calor los padres llevaban a los chicos a tomar un helado a Dacol y después a ver los juguetes a Pinocho, la peatonal brillaba con luz de día, si hasta las vidrieras quedaban encendidas.

Hoy perdió el cartel hasta la gran tienda de Córdoba y Sarmiento. No lo notó, pasó de largo apurando el tranco, aliviado de que las colas que las últimas semanas lo habían obligado a ensayar un slalom intrépido para mantener el distanciamiento hayan desaparecido. Las persianas estaban bajas, pero para él que compraba lo que compraba por internet no había cambiado nada. Hacía un tiempo que veía cómo los negocios cerraban, uno tras otro, y había hecho anticuerpos a la desgracia.

Y eso que en Falabella, un sábado a la mañana de otros tiempos, le había soltado la mano a su mamá y se había perdido en ese laberinto que era la tienda antes de la crisis y que no tenía nada que envidiarle al Gran Bazar de Estambul. Gracias al cielo, pero más a un hombretón con cara de globo de cumpleaños que lo subió a los hombros y empezó a aplaudir como si estuvieran en la playa en Mar del Plata, no fue más que un susto que le valió un reto y un Fantoche de chocolate.

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