OPINIÓN

Biden, Putin y el recuerdo de Nixon

Los presidentes de EEUU y Rusia se enredan en acusaciones mutuas en medio de un mundo azotado por la pandemia

Sábado 27 de Marzo de 2021

Una regla básica para hacer una buena entrevista periodística es que el entrevistado sea la estrella y no al revés, como vemos a diario en las pantallas de televisión del país. Las preguntas, si son largos editoriales, no sirven para extraer el verdadero pensamiento de quien se somete al cuestionario de un periodista.

Esa habitual mala praxis no ocurrió hace unos días cuando un experimentado entrevistador de la cadena norteamericana ABC tenía enfrente nada menos que a Joe Biden. “¿Usted cree que Putin es un asesino?”, le preguntó en pocas palabras. “Umm, sí, lo creo”, respondió el presidente de los Estados Unidos, quien después agregó que Putin pagará por su esfuerzo de “socavar y denigrar su candidatura” y favorecer a Donald Trump en las elecciones de noviembre pasado.

La respuesta de Biden sonó increíble de boca de un político experimentado por la poca visión estratégica que esa acusación implica no sólo en las relaciones entre EEUU y Rusia sino en el contexto de la política internacional.

Pero no es la primera vez que ocurre. Hubo otras entrevistas memorables. En 1977, Richard Nixon hacía ya tres años que había renunciado a la presidencia por el escándalo Watergate al espiar a sus opositores y obstaculizar la investigación judicial. Tal vez necesitado de fondos y por entender que no correría riesgos en una entrevista en principio “liviana”, aceptó el pedido que le formuló el periodista y presentador británico David Frost. Durante cuatro encuentros, que duraron 10 horas y fueron vistos por 45 millones de personas, Nixon finalmente se quebró y con la cabeza hacia abajo produjo una confesión: “Decepcioné a mis amigos, decepcioné al país. Desilusioné nuestro sistema de gobierno y los sueños de todos esos jóvenes que querían formar parte de él, pero que piensan que todo está demasiado corrupto… Tengo que llevar esa carga por el resto de mi vida. Mi carrera política está acabada”.

Esa y otras partes de la entrevista original se pueden ver en You Tube, como también la película “Nixon/Frost”, de 2008, basada en ese histórico reportaje.

Tal vez a Biden le pasó algo semejante a Nixon casi 45 años después, cuando un buen entrevistador, que no editorializa ni juzga sino que sólo pregunta, logró del presidente de EEUU extraer su verdadero pensamiento sobre Putin.

La respuesta del mandatario ruso, formado en la KGB soviética, fue más medida porque tuvo tiempo de reflexionar y no estaba apurado por un periodista y una cámara de TV. Putin se mostró calmo, pero desafiante y con explicaciones psicológicas sobre la personalidad de Biden. “Yo le diría que se mantenga sano, que tenga salud. Lo digo sin ironía, no como una broma”, dijo Putin. Y enseguida agregó: “Cuando evaluamos a otras personas, o cuando evaluamos a otros estados, otras naciones, siempre nos miramos en el espejo, siempre nos vemos a nosotros mismos. Siempre cambiamos a otra persona por lo que somos. Recuerdo que en mi niñez, cuando discutíamos en el patio, decíamos: «El que lo dice lo es». Y esto no es una forma de decir, esto no es solo una broma, el significado psicológico de esto es muy profundo. Siempre vemos nuestras propias cualidades en otra persona y pensamos que es igual que nosotros. Basándonos en esto, evaluamos sus acciones”, explicó.

También Dmitri Medvédev, ex presidente y vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, se remitió a una cita freudiana: “Nada en la vida es tan costoso como la enfermedad y la estupidez”, dijo para abonar la teoría de Putin.

Después de la referencia a la psiquis de Biden, Putin se introdujo en la historia, pero también en el presente. Le enrostró a EEUU la masacre de los indígenas americanos, la esclavitud de los negros (abolida en 1863), el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón y los crímenes racistas actuales. Se olvidó de las invasiones militares para defender intereses económicos o el apoyo a dictaduras a través de todos los tiempos y por todo el mundo, entre otras inaceptables acciones de la política exterior norteamericana.

En realidad Rusia, contando a partir de la asunción al trono imperial de la familia Romanov, que se prolongó más de 300 años (1613 a 1917), también tiene manchas negras en su historia. Incluyen a la política soviética pos-Lenin, la desintegración del país tras el derrumbe comunista, la vuelta al capitalismo salvaje y la estabilización política con Vladimir Putin y su renovada aura imperial.

El sistema de servidumbre de los campesinos rusos entre 1649 a 1861 era un sistema esclavista. Los siervos eran posesiones a perpetuidad de los dueños de las tierras, lo mismo que sus descendientes. Cuando un campo se vendía, incluía a los siervos en el inventario. Mucho después, de 1930 a 1960, prácticamente toda la era stalinista, las prisiones de los Gulag fueron temibles destinos para trabajos forzados de los opositores. Y en la actualidad, las extrañas muertes de periodistas y el envenenamiento de políticos que no comulgan con el Kremlin, además de sus vínculos con Siria e Irán, ya no sorprenden. Es muy interesante ahondar sobre la biografía de Putin en el libro “El nuevo Zar”, de Steven Lee Myers, un periodista del diario The New York Times que fue corresponsal en Moscú durante largo tiempo. De ese texto se entiende, en parte, la complejidad de la política rusa y al propio Putin.

Sin embargo, tanto EEUU como Rusia tienen puntos a favor en la historia. Sin la decisiva participación y sacrificio del pueblo ruso y del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial el destino del mundo podría hoy ser otro. La misma decisión que tuvieron los norteamericanos en la lucha contra el nazifascismo.

Estados Unidos no quiere perder su liderazgo económico mundial, hoy disputado por China. Rusia quiere recrear las glorias de sus tiempos imperiales y de superpotencia militar. Mientras tanto, y en medio de una pandemia no vista desde hace un siglo, los conductores de dos países centrales no parecen estar a la altura de un mundo en ebullición y de pronóstico incierto.

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