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Biden deberá ir mucho más allá del exorcismo anti-Trump

Vale preguntarse si el nuevo presidente de Estados Unidos hará una política audaz o se limitará a ser un sobrio Obama III, como parece por muchos de sus nombramientos.

Miércoles 20 de Enero de 2021

El acto de asunción de Joe Biden fue tal como se anticipaba, un exorcismo contra la era Trump. Era inevitable: Biden debía cumplir el ritual de purificación de todo vestigio de trumpismo en la Casa Blanca y el Capitolio. Después de la ceremonia inaugural, decenas de decretos comenzaron a ser firmados y seguirán saliendo del Despacho Oval en estos primeros días de presidencia para desarmar, de manera real o solo simbólica, el artefacto construido por Trump en sus cuatro volcánicos años. Vale preguntase si, más allá de este momento gestual, Biden hará una política sólida y a la par audaz o se limitará a recrear las presidencias de Obama, a ser un Obama III, como parece por muchos de sus nombramientos.

Su discurso inaugural estuvo bien y punto, fue previsible. Biden no es un gran orador ni tiene grandes ambiciones. Es lo que se vio y escuchó. Promete normalidad "obamiana" más un salpimentado prudente de progresismo multiétnico. Pero queda la duda, siempre está abierta la puerta de la Historia grande, con mayúsculas. Si más allá de esta inevitable catarata retórica y simbólica de disociación del pasado en la que se embarca en sus primeras horas y días en la Casa Blanca y de esa racionalidad básica de gestión que le ofrece el funcionariado de Obama hay un Biden con ambiciones de algo más. Si tiene más que ofrecer que el gesto de nombrar a funcionarios de las minorías raciales y sexuales, o si todo se acaba en un retorno a la normalidad perdida.

Durante la campaña prometió en un momento hacer la presidencia más importante y disruptiva desde Franklin D. Roosevelt. No reiteró esa ambiciosa comparación, seguramente porque le habrán señalado que le quedaba muy grande. Pero ahí mostró ambición de ser más que el presidente del retorno a la normalidad y la medianía. Después de todo, sueña con ser presidente desde 1988, cuando por primera vez se anotó como precandidato. Ahora, ya anciano, lo logró. Sabe que la biología le señala que será presidente de un mandato, que debe archivar la ambición de todo presidente de buscar un segundo período. Esta limitación temporal tal vez le estimule la ambición de pasar a la historia como un estadista y no un mero presidente más en la lista, el número 46.

Biden tendrá ocasiones de sobra para demostrar si está en el despacho más poderoso del mundo para algo más que satisfacer a la diputada neoyorkina Ocasio Cortes y su "escuadrón" y a Bernie Sanders, y en lo demás hacer una gestión de sentido común demócrata. O si, por el contrario, tiene madera de estadista. Los nombramientos de altos funcionarios de Obama y su propia experiencia indican que por ahora solo se garantiza un retorno a la normalidad, lo que dada la doble anomalía que produjo la combinación de la pandemia con la gestión alocada de Trump no es poco, y para eso lo votaron. Pero con el tiempo dejará sabor a poco.

A Obama le pasó algo similar. Llegó con un impulso de expectativas altísimo que nunca quiso ni pudo satisfacer. Prefirió la medianía de una buena administración. Se sacó un "bueno" en casi todas las materias y se fue a su casa. Es una figura respetada y de mucho peso, como demostró al salir de campaña por Biden en el último tramo de 2020 y ser recibido con calidez y reconocimiento, pero aquel cambio de fondo que prometía con sus discursos inspirados nunca llegó.

El rupturismo radical vino del otro lado, con Trump y su populismo de derecha. Por ahora, Biden tiene que arremangarse y poner en acción una política sanitaria seria y organizada contra la pandemia, dado que EEUU acaba de superar la marca de 400 mil muertes y falta mucho para que la vacunación tenga efectos observables. Esta tarea seguramente la hará bien, y será uno de sus logros a anotar en el CV.

En cuanto a la economía, por el momento no se puede hacer mucho más que seguir con los paquetes de auxilio hasta que la emergencia sanitaria pase. Y como se encargó de recordar Trump al irse, tiene una muy buena base económica. Basta estudiar la evolución de la economía estadounidense bajo la presidencia Trump hasta la irrupción del virus, con récords de empleo y de salarios. No fue solamente una presidencia para empresarios y ricos, como dice Bernie Sanders. En septiembre de 2019 el desempleo llegó a su mínimo en 50 años, 3,5% y el salario real no dejó de subir durante los primeros tres años de Trump. La razón es simple: la demanda superaba a la oferta.

En política exterior se verán las mayores diferencias: lo esperan la renovación del tratado de desarme nuclear New Start con Rusia y la difícil relación con el régimen de Putin, aliado tácito pero evidente de Trump desde 2016, y el desafío geopolítico y económico de China. Deberá demostrar muy pronto si en este difícil terreno tiene algo nuevo y potente, algo innovador sobre qué hacer ante China y también con Irán. Trump eligió la frontalidad, es previsible que Biden vuelva al "appeasement" tan caro a los demócratas. China e Irán son un examen exigente. Con China, Trump eligió romper el status quo comercial y diplomático. Obama no pasaba de quejas rituales sobre los abusos chinos, como el robo de copyrights y la sistemática devaluación competitiva del yuan. Trump se puso los guantes sin pensar demasiado en los daños (el que le hizo al comercio internacional está a la vista) pero puso sobre la mesa un conflicto inevitable.

Estados Unidos no tiene soluciones buenas a la vista con China. Irán es otro caso dilemático. Retirarse del acuerdo nuclear de 2015 fue un acto radical, pero crear aquel tratado, como hicieron Obama con su canciller Kerry, si bien puso límites y contención al régimen iraní en un asunto tan crítico como la energía nuclear, también lo legitimó y reforzó su status de potencia regional. Este jueves Anthony Blinken, el canciller designado de Biden, prometió volver al acuerdo nuclear con Irán. Pero por algo las naciones árabes sunitas se alinearon con Trump contra Irán y muchas reconocieron a Israel, algo nunca visto desde los acuerdos de Camp David en 1978. Por último Biden deberá demostrar si está "para un solo round", digamos medio mandato, y luego ser sustituido por Kamala Harris o si es un presidente para un período completo.

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