Opinión

Así lo extrañaremos a Amadeo

Palabras de despedida para Amadeo Carrizo, quién falleció hoy a los 93 años.

Viernes 20 de Marzo de 2020

En uno de sus libros Fabián Casas cuenta que una tarde enajenada en la que San Lorenzo cayó 7 a 1 con Boca en el Nuevo Gasómetro perdió a su padre de 80 años en la tribuna. El viejo no se había perdido un partido en 60 años y en el club era más conocido que la ruda. Tras buscarlo largo rato lo divisó atrás de una columna, con esa energía que solo aflora en los momentos de catástrofe, conversando con el Bambino Veira.

Todo lo que pueda decirse de Amadeo Carrizo como arquero está perdurablemente escrito hace mucho. Lo primero que salta con la noticia de su muerte es de verlo siempre cuando era chico en la sala de trofeos del Monumental, después de los partidos, conversando con la gente los domingos como un socio más.

Se alude a él como el primer arquero moderno del fútbol argentino. El primero en jugar con los pies, en salir del área con la pelota dominada, en llegar como un elástico al rincón imposible. En romperla como el uno de la selección campeona sudamericana del 64, cuando Argentina ganó el título ganándole 3 a 0 en su casa al Brasil bicampeón del mundo.

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Más que por ese partido, en que le paró un penal a Gerson, muchos a los que quizá ni les importe el fútbol lo recordarían por la crónica que hizo Ardizzone en El Gráfico. Es lo que pasa con jugadores como él, que empiezan a convertirse en personajes históricos no solo por lo mucho que hicieron en el pasto, sino por lo que se escribió y se escribirá de ellos.

>> Leer más: Murió Carrizo, el Tarzán del arco

Al día siguiente del descenso de River, cuenta Andrés Burgo en uno de sus libros, tres chicos de no más de 20 años golpearon la puerta de la casa de Amadeo, que al abrir se encontró con los pibes que lo miraban sin hablarle. Les preguntó entonces si necesitaban algo. Uno se animó a hablar finalmente. “Somos de River. Vinimos porque estamos tristes.”

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Como pasó con el Bambino y el padre de Casas, Amadeo se quedó conversando largo rato con ellos, escuchándolos para atajarles la aflicción. La dimensión genuina de una figura pública se advierte a veces en lo que, en contención y compañía, puede ofrecer la identidad bien ganada. Rasgos de humanidad de esos cualquiera reconocerá, más allá de las camisetas. Pasada la melancolía de lo inexorable y lo certero, así lo extrañaremos a Amadeo.

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