Opinión

Apagá y vámonos: notas desde la fábrica portátil

El trabajo autónomo. La era digital modificó nuestras formas de trabajar con la idea de "ser dueños de nuestro tiempo". Pero eso es sólo un espejismo.

Martes 04 de Septiembre de 2018

Hace un año que no tengo vacaciones. Pero me detengo (la memoria laboral es engañosa). Antes de que piensen que soy una esclava de la oficina (quizá sí lo sea, pero de la oficina informal, la que se lleva en el celular y la computadora portátil a todas partes), quisiera hacer una aclaración. Hace precisamente un año, en agosto de 2017, estaba en la playa. ¿Por qué lo había olvidado? Quizá porque nunca pude, de hecho, dedicarme a refocilar, olvidarme del tictac, esquivar la sombra de nuestra nociva carrera contra el tiempo.

Había llevado conmigo, oculta entre la bikini y el snorkel, una pesada carga de trabajo para hacerme mala compañía. Tenía un deadline, la entrega de un proyecto impostergable que me permitiría subsistir económicamente hasta las fiestas de diciembre, cuando, finalmente, podría tomar un reposo auténtico. Pero cuando llegó diciembre ya me esperaba una nueva fecha de entrega.

¿Es esto lo que hoy se llama "flexibilidad laboral"? ¿La utopía de las vacaciones? ¿El no lugar del ocio y su restitución del ser, más allá de la producción? Mi hijo piensa que las vacaciones del año pasado fueron las peores de su historia. Escribo esto para que su futuro (el nuestro) sea distinto.

El trabajo contemporáneo se encuentra ante una situación histórica única: la fábrica está en todas partes. Está en el café, en el hotel, en la cama. ¿Cómo llegó hasta nuestros lugares más íntimos, esos que considerábamos libres de intercambio productivo, nuestras relaciones amorosas o nuestros santuarios de ocio?

Workers Leaving the Factory, una videoinstalación del cineasta y artista alemán Harun Farocki, anuncia esta mutación. A lo largo de once años, Farocki recopiló diferentes versiones cinematográficas de obreros que dejan atrás las puertas de la fábrica al final de la jornada. El pietaje va desde la versión muda original de Lumière, hasta un copioso material de vigilancia de fábricas en Detroit, Lyon o Emden. Una ansiedad acompaña estas imágenes, el impulso de los obreros por poner los pies fuera de su lugar de trabajo. "Hombres y mujeres corren como si ya hubieran perdido demasiado tiempo, como si supieran que hay un lugar mejor donde estar", dice una voz en off. ¿A dónde van los obreros al salir de trabajar?, pregunta Farocki.

La artista y crítica Hito Steyerl ha analizado esta pieza para advertir las marcas simbólicas del éxodo obrero hacia la nueva economía de la información. En realidad, dice, aunque los obreros hayan abandonado el edificio fabril (Detroit, que fue en el siglo pasado el emblema del fordismo, es hoy una ciudad fantasma), eso no significa que hayan dejado atrás el trabajo. Más bien lo han llevado consigo a cada aspecto de la existencia.

No es extraño que la instalación de Farocki se exhibiera en la fábrica Lumière, convertida ahora en museo. No es extraño tampoco que Andy Warhol fundara, a finales de los años sesenta, un estudio bajo el nombre de la Factory, un lugar donde no sólo se producían en cadena las serigrafías del artista pop, sino donde absolutamente todo (las fiestas, los chismes, la intimidad de los invitados) se convertía en obra o acontecimiento artístico, una forma de producción que penetraba todas las esferas de la vida. Una fábrica social.

En 2001, Volkswagen construyó en Dresde una Fábrica Transparente, hecha con paredes de cristal, para producir un nuevo modelo de lujo en tiempo real y a la vista de clientes y turistas. ¡Pasemos un fin de semana en Alemania para ver cómo se hacen nuestros coches! Pasemos, en otras palabras, unas vacaciones viendo el trabajo de los demás. En la nueva economía de los flujos y las redes, como en la Factory de Warhol, no sólo producimos objetos y servicios, sino afectos, estados de ánimo o emojis.

Estos ejemplos sintetizan la mutación del trabajo después de las revueltas estudiantiles y obreras del 68, que exigían, entre otras cosas, flexibilidad en los horarios, más ocio, menos uniformes, más tiempo libre. El teórico italiano Franco "Bifo" Berardi ha reflexionado sobre cómo el capitalismo posfordista se reconfiguró a través de una doble estrategia: trasladando, por un lado, la fábrica tradicional a regiones donde no hay movimiento obrero o prevalecen gobiernos autoritarios, mano de obra barata y trabajo esclavo (desde China hasta las maquilas Ciudad Juárez) y, por otro, extendiendo el trabajo inmaterial (nuestro intercambio de correos, tuits y mensajes) a las metrópolis informatizadas.

La mutación digital modificó drásticamente nuestras formas de trabajar y nos permitió la fantasía de "ser dueños de nuestro tiempo". Se trata de un espejismo, especialmente para las mujeres que cocinan y responden llamadas laborales si tienen un teléfono ¡manos libres! Lo perverso es que nos hemos esclavizado bajo la idea de libertad. No más oficinas asfixiantes ni jornadas de 9 a 18. Ahora puedes trabajar echado en el sofá hasta el amanecer. Lo que recibirás como contrato es una fecha de entrega, la línea de trabajo donde desfallecen de cansancio los soldados de la flexibilidad laboral. ¡El freelancero trabaja siempre! ¡Qué conveniente! ¡Que viva el trabajo autónomo!

Por todas partes, la fábrica ha excedido sus límites tradicionales y se ha vuelto omnipresente. ¿Es posible salir de ella? Le he pedido a mi hijo (me lo he prometido a mí misma) que la próxima vez que salgamos de vacaciones (o a comer), me diga: "Apagá y vámonos": apaga el celular, apaga la computadora, apaga los aparatos que hoy no son lugares de ocio, sino formas extendidas de la fábrica social.

Pero ¿quién pagará el alquiler, la comida, los impuestos? Quizá apagar la máquina sea imposible mientras sigamos viviendo bajo las dinámicas del turbocapitalismo. No en vano, la búsqueda de desconexión germina en varios rincones del planeta: desde los huertos urbanos, hasta los enclaves de gente viviendo fuera de las urbes o en ciudades lentas (slow cities).

En Francia ya se ha creado el derecho a la desconexión, inscrito en el código laboral desde 1 de enero de 2017, que implica un acuerdo entre necesidades y horarios de trabajadores y empresas. Necesitamos dejar el sillón y politizar el trabajo, organizarnos para crear sindicatos de empleo flexible, firmar contratos que establezcan plazos claros en nuestros pagos y horarios después de los cuales se prohíba enviar correos o llamadas de celular, entre otras cosas. ¡Freelanceros del mundo, uníos!

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