Algo de comida, algo de ropa y un guardapolvo
Educación. En apenas un año, nueve mil chicos y chicas se sumaron a los comedores escolares santafesinos o en la copa de leche.

"Señorita Marcela, usted podría hacer el favor si puede hacerle dar a Olga un poco de mercadería y ropa, si puede, para los hermanitos y un guardapolvo para Olga, desde ya muchísimas gracias. Saluda Isabel F.".

La carta llegó a mis manos escrita en una hoja de carpeta blanca lisa, con cuidada letra cursiva y prolijamente doblada. Fue a fines de los ochenta, inicios de los 90, cuando trabajaba de maestra en una escuela primaria de la periferia de la ciudad. No fue la única que recibí, ni yo ni las docentes que conocí por entonces. La misiva era un medio también para esconder el pudor de esa mamá de pedir "algo de mercadería", "algo de ropa" y "un guardapolvo". Y esto último, la confirmación de que para esas familias la escuela seguía siendo, a pesar de la exclusión, un lugar donde depositar la esperanza. Para eso también enseñábamos, lo hizo siempre el magisterio y lo sigue haciendo.

Como en la crisis económica de fines de los 80 o con el arribo del neoliberalismo de los 90, hoy esas cartas se multiplican. Solamente en el último año, las cifras oficiales marcan que hay nueve mil chicas y chicos nuevos en los comedores escolares santafesinos o esperando que llegue la copa de leche. "Hay que verles las caritas", se angustiaba una maestra de zona sur contando lo que le toca vivir antes de iniciar su clase de ciencias. "Y por favor que no repitan el plato, que no se lleven comida a la casa, porque no alcanza", aconsejan quienes hacen las cuentas y distribuyen la comida y la leche todos los días.

Pero el hambre es más fuerte y las docentes lo saben. Entonces el esfuerzo para enseñar y distribuir de manera igualitaria el conocimiento es doble. Más en un modelo político como el que sostiene Cambiemos, donde las docentes son blanco de difamaciones públicas, de operaciones mediáticas que las vuelven sospechosas de cualquier reclamo, además de exponerlas —junto a sus alumnas y alumnos— a un peligro constante por la falta de inversión en el sector. La explosión que terminó con las vidas de la vicedirectora Sandra Calamano y el asistente escolar Rubén Rodríguez, en la Escuela 49 de Moreno, no se puede olvidar. Pasó en la provincia de Buenos Aires, donde su gobernadora cuestiona el número de universidades públicas con el argumento de que "nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad". Los pobres han llegado a la universidad porque en la Argentina fue concebida para todos (Reforma del 18 y la decisión de hacerla gratuita en 1949 durante el primer gobierno peronista, mediantes). En todo caso, la afirmación de la gobernadora María Eugenia Vidal es un blanqueo de la política educativa a la que adhiere: una universidad para pocos. Mejor dicho, educación para pocos, sostenida como un servicio (una especie de Netflix ó Spotify, por los que hay que pagar para tenerlos) y no un derecho humano irrenunciable.

"El desfile de referentes del PRO negando el ajuste en la educación pública es al menos sorprendente"

La política educativa del gobierno de Cambiemos queda explicitada en la frase como la que Vidal sostuvo en la coqueta cena del Rotary Club, sobre cuál es el destino de los pobres; en las "Campañas del Desierto educativo" y "la enseñanza para la incertidumbre" del ex ministro de Educación de la Nación y actual senador Esteban Bullrich; en los "profesores universitarios que sobran" del ex rector de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), ex secretario de Políticas Universitarias de Macri y actual diputado de la Nación Albor "Nicky" Cantard; y en el desprecio sostenido del actual ministro de Educación de la Nación, Alejandro Finocchiaro, con el magisterio organizado al avalar el cierre por decreto de la paritaria nacional docente, anulando así cualquier posibilidad de diálogo, y también acusando como "una alianza kirchnerotrotskista" cualquier reclamo legítimo y usando así la persecución ideológica como manera de descalificarlo. Y en la insuperable frase sobre esa especie de desgracia de "caer en la escuela pública" pronunciada por el presidente Mauricio Macri.

En marzo de este año el Ministerio de Educación de la Nación dio a conocer un recorte de tres mil millones de pesos en el presupuesto universitario, además del congelamiento de las obras de infraestructura. La voz cantante de ese anuncio fue la secretaria de Políticas Universitarias, Danya Tavela. Es decir "de los 100 mil millones de pesos presupuestados para 2018, el gobierno ya reasignó 3 mil millones, además de suspender obras por un monto aún no precisado" ("Un ajuste para empezar el año", Página 12, 30 de marzo de 2018).

En los últimos días, en especial desde que las marchas de estudiantes y docentes universitarios se han multiplicado masivamente en todo el país, el desfile de referentes del PRO —en particular quienes aspiran a candidatearse para algo en 2019— negando el ajuste en la educación pública es al menos sorprendente. Lo hacen a través de las redes sociales, de los medios, de incesantes comunicados de prensa. No tienen otra forma, ni la mínima posibilidad de asomarse a la arena de los reclamos, de ponerse codo a codo a debatir con quien enseña y estudia tratando de abrirse camino en un país que se entrega todos los días a las corporaciones de cualquier bandera.

Ningún proyecto de educación se puede pensar sin un modelo de país y de patria por delante. Convengamos que Cambiemos tiene un modelo de país (el concepto Patria no entra en su escaso vocabulario) donde la industria nacional no importa, la historia se busca borrar todos los días, las tierras son para ser fumigadas y conservar la plata que da la soja, y los recursos naturales son bienes a repartir entre terratenientes y empresas amigas. ¡Si hasta se retacean las vacunas para garantizar la salud de las infancias!

¿Alguien imagina a Christine Lagarde, titular del FMI, diciendo "les prestamos plata pero ¡por favor no toquen el presupuesto educativo! Sigan sosteniendo la universidad gratuita, sin restricciones"?

Cuando la pregunta por la comida, la ropa y el guardapolvo se vuelve a escuchar varias veces en las escuelas y hay representantes elegidos por el voto popular que sostienen que "sobran profesores universitarios" o que "los pobres no llegan a la universidad", queda bien claro que lo que se diseña es un modelo de país donde la educación pública, gratuita y como derecho humano esencial no tiene lugar.