OPINION

Abajo de luto, arriba de fiesta

Miércoles 25 de Noviembre de 2020

Esta mañana a las 7 se cumplió un año de aquel llamado en que me decían que mi papá había muerto. También llovía, como esta mañana. Todo parecía una marca, forzadas coincidencias y empecinados avisos que una quiere encontrar ante lo que no puede explicar.

Entonces decidí que el homenaje sería sin velas ni flores: futbolístico, porque a mi papá le hubiera gustado así. Fui en procesión a la cancha como si hubiéramos caminado juntos, compré algo alegórico, azul y amarillo, y lo dejé atado como ofrenda, como marca, en la puerta 5 sobre el río, en la que entramos la última vez.

Luego me dediqué a recordar tranquila y, allí fue cuando leí el primer Whatsapp de mis compañeros de trabajo.

"Murió Diego". Primero puteé, luego lloré con bronca. Al pandémico año se sumó este duelo insoportable y ahora la muerte de Diego. Demasiado. Padre, hija y Espíritu Santo, pensé, ególatra, como si Diego se me hubiera muerto sólo a mí.

Y después, como sé que mi viejo no me leerá lo confieso acá, me olvidé un poco de él y comencé a devorar todo lo que se iba publicando en torno al Diez. Todo, repetido una y mil veces, porque hace desde que cumplió los 60 y lo operaron que estábamos alertas y le rendíamos homenajes para exorcizar este final que no queríamos si quiera imaginar.

Todas las fechas, todas la anécdotas, los recuerdos, las críticas a su vida tan contradictoriamente salvaje como idolatrada, y las fotos sobre Maradona. Me detuve en una que compartió una amiga fotógrafa de Diego con Fidel. Le agregó un comentario: "Murieron el mismo día".

Entonces mi bronca viró a sonrisa al ver claramente la señal. Diego no se fue a ningún lado, mi papá lo mandó a llamar cansado de hablar solo de política con Fidel, aburrido de coincidir en todo.

Con ganas de discutir un poco, de pelear, hacer bromas pesadas, de volver a apasionarse y de amargarse con el fútbol y por el fútbol se lo llevó un rato con ellos. Y seguro se sumaron a la liturgia otros feligreses: mi entrañable compañero Mingo y el Negro Fontanarrosa. Todos canallas que supieron siempre que Dios, quizá el más imperfecto de todos los dioses, no tiene camiseta.

Seguro están todos juntos hablando al cuete, mientras nosotros, nosotras, lloramos a moco tendido.

Abajo estamos todos de luto, pero arriba seguro hay fiesta.

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