Opinión

A veces gana el toro

Cuando Galileo Galilei tuvo finalmente el anhelado telescopio en sus manos, lo primero que hizo fue observar la vía Láctea

Domingo 13 de Enero de 2019

Cuando Galileo Galilei tuvo finalmente el anhelado telescopio en sus manos, lo primero que hizo fue observar la vía Láctea. Descubrió entonces que no se trataba de una neblina luminosa como se creía, sino un conjunto de estrellas muy débiles. Tanto que no eran visibles a simple vista. Algo parecido sucede con algunos políticos que, incapaces de descender a las arenas de los necesitados, jamás ven ni siquiera imaginan que esas sombras molestas y lejanas son seres humanos. El instinto superior que les manda pisotear a los inferiores lo satisfacen golpeándolos fuerte con una palmeta o rociándolos con un mortífero aerosol. No les preocupa en absoluto contar con un telescopio. Les atrae mucho más el bastón de mando, instrumento mucho más valioso. Es efectivo para abrir puertas y hacer negocios. Poco importa si esos acuerdos o negociados acaban reflejados en las páginas de mil cuadernos por venir que una justicia más que amiga terminará ignorando. Y les calma los nervios la instrumentación en marcha de maniobras fraudulentas que los perpetúe. Los que se atreven a quitarse la venda de los ojos y no les es ajena una realidad más que angustiante, donde hay gente, personas, que sufren, saben que la resistencia civil puede traducirse en un voto castigo a un mal gobierno. Intuyen que si se dejan de lado los egos y se expulsa la apatía que el pesimismo dejó crecer, construir una perspectiva de futuro diferente es posible. Cuando escucho que la atonía y la dispersión juegan a favor de un sistema que ha sumergido al país en la catástrofe, no puedo dejar de recordar con esperanza una anécdota relativamente reciente. Está vinculada a la tauromaquia. Simplificando: al toro y al matador. Con mi compañero Armando estábamos condenados al cierre de edición del diario. Los últimos que al irse apagan la luz junto con unos pocos periodistas y armadores. Una noche faltaba completar una página que incluía una foto de actualidad. Era la de un matador arrojado al aire como una marioneta por una certera cornada. Mostraba con precisión toda la pasión y dramática intensidad de las corridas taurinas, arte desparejo o espectáculo que merece diversas miradas. Tiré unas líneas y le pedí a Armando que lo titulara. Fue lapidario: "A veces gana el toro".

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