Opinión

A las puertas de Fuenteovejuna

... Pues aunque todos y cada uno de ellos eran distintos entre sí, conjuntamente formaban una cosa que no existía antes y había en aquella su alma comunitaria vacíos apenas concebibles...

Domingo 17 de Diciembre de 2017

... Pues aunque todos y cada uno de ellos eran distintos entre sí, conjuntamente formaban una cosa que no existía antes y había en aquella su alma comunitaria vacíos apenas concebibles... El párrafo perteneciente a Meridiano de Sangre, de Cormac McCarthy , resulta envidiable para un país que se desintegra como un terrón de azúcar en el café. Con el tremendo riesgo de quedar estéril. Yermo. Si hasta a los constructores de grietas e impulsores de una verdad inocultable les avergüenza presentarse como creadores de tamaño engendro ante la claque de sanguijuelas sin bandera y de las vernáculas, siempre insatisfechas. Qué esperaban, que los jóvenes de las grandes urbes fueran distintos a los de los pueblos medio fantasmas, a quienes sólo les queda como recurso extremo abandonar el terruño que los vio nacer para intentar en un acto de audacia casi suicida probar suerte afuera, dónde sea, lejos de una realidad que aunque negada una y mil veces, los aplasta bajo una suela cada vez más gastada. Y en este caso, no hay botas para culpar. Otras almas desorientadas seguirán deambulando perdidos, consumiendo y vendiendo drogas en su pequeño búnker que cada día amplía sus fronteras en cada barrio. Acaso habrá quien levante un dedo acusador que reivindique el eterno sueño de libertad. No lo sabemos. Sólo sabemos que hay un tiempo para todo. Vivir, luchar, morir. Y nadie puede arrogarse el poder de arrebatarlo. En las ciudades de descascarados rascacielos sólo quedarán viejos obligados a formar largas filas a las que los tienen acostumbrados para recibir limosnas publicitadas como reivindicaciones históricas. Como las mortajas, sus ropajes no tienen bolsillos. Para qué los querrían, después de todo. Carecen de fuerzas y están condenados a desaparecer por inanición o de enfermedades que podrían ser sanadas si el sistema de salud impuesto por la fuerza, tanto o más costoso que uno privado, medianamente funcionara. Su superestructura sirve como fuente de empleo a hijos de funcionarios y gremialistas. Los abusados se van cansando de ser tomados por tontos y ni se mueven ni conmueven cuando ven pisos y paredes temblar. Saben que nada quedará en pie y hasta la pena los ha abandonado. Quizá algún día decidan volver a abrir sus ojos dejando atrás el letargo y se regocijen pensando que era preciso que una chispa cayera sobre ellos para hacer brotar el fuego. Aunque cueste, arda o duela, será cuestión de levantarse y andar clamando por un soplo divino. Habrá llegado el tiempo de renacer y echar a los mercaderes del templo a latigazos. Más que bronca hubo ira cuando una vez la gente pidió que se fueran todos. Pero el odio es mal concejero. Las acciones deben dirigirse con firmeza respetando estrictamente el marco de la ley. Todo llega. Y los que liquidaron al país después de lotearlo del modo más deshonroso, intentarán escapar lejos de sus crímenes sin castigo por desconfianza a una reacción tardía de quienes debieron aplicar la ley y prefirieron ser socios complacientes. Por el ojo del bien espía el mal. Y se aterrorizarán de lo que verán. Al fin, el mayor de los miedos abandonará el estado de reposo. Serán los hastiados sobrevivientes que no perdieron la memoria. Acaso sonará poco probable, pero sentirán escalofríos que no les permitirán, allí, en sus sagrados paraísos fiscales, dormir en paz. Y es que en sus pesadillas jubilados de rostros macilentos les gritarán a unos oídos insensibles que nunca aprendieron a escuchar: estamos otra vez todos unidos y hemos venido por usted. Recuerde Fuenteovejuna, señor. Fuenteovejuna, caray.

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