Análisis Político

2018, un año perdido

Claves. Con todos los indicadores económicos en caída, termina uno de los peores doce meses desde el regreso de la democracia. La única buena noticia para el macrismo es la nadería opositora.

Domingo 30 de Diciembre de 2018

Nada por aquí, nada por allá. Nada para festejar en materia económica. El 2018 está a punto de producir su mejor y única obra: irse.

El antecedente en la posdictadura más emblemático y malo fue el 2001, por su sino trágico. Hoy, lo peor para el gobierno —y para el país, que es lo más preocupante— es la falta de expectativas positivas respecto del futuro.

Desde el mismo momento en que asumió, Cambiemos no pudo y no supo encarrillar la economía, dar buenas noticias a la clase media y poner en cancha algún brote verde, pero, hasta el 2017 había una coordenada que mantenía ciertas expectativas. "Estamos mal, pero estaremos mejor", decía la mayoría de la sociedad.

Hoy, esa esperanza se terminó. Se está mal y no hay un indicador que permita mirar el futuro con optimismo. Ni siquiera para emular a aquel vendedor de fantasías que fue Carlos Menem, quien se regodeaba con su cinismo al decir: "Estamos mal, pero vamos bien".

El macrismo, Macri para ser exacto, tiene un problema: la falta de empatía a la hora de embarcar a la sociedad en un plan de ajuste. En los 90, había un diagnóstico y un relato. Acá, lo que parece, es. Macri es lo que se ve, no intenta darle a su imagen y semejanza un barniz. Lo que no le funcionó a Cambiemos , además de la economía, es el pronóstico.

Pruebas del error

¿Quién le hizo decir a Macri que resolver la inflación era facilísimo? ¿Quién le hizo creer que en su gestión habría pobreza 0? Al revés de lo que mensuró, la inflación galopante de Argentina hizo trepar la pobreza a los índices escandalosos. La mitad de los niños es pobre. Una vergüenza nacional.

El 27 de diciembre pasado constituyó un perfecto y pulimentado espejo del país. El gobierno anunció, de golpe y en unas horas de diferencia, noticias malas para la clase media. Aumentos por doquier en los servicios públicos para 2019 y un llamado castigo a la "renta financiera" que impacta directamente en los sectores de clase media que votaron a Macri. Y que, en buena parte, hoy lo sigue bancando pese a la impericia demostrada en la conducción del Estado.

Pues bien, entre el anuncio del renunciado, por incompetente, Javier Iguacel, y la recepción por parte de la sociedad, no se interpuso ninguna voz opositora. Ninguna. Y aquí está la cuadratura del círculo: la oposición es un gris de ausencia total.

Esa nadería opositora hace creer las expectativas del gobierno, que sólo imagina tener enfrente a Cristina Kirchner en 2019 para poder doblegarla, de nuevo. Pocos recuerdan que la ex presidenta perdió en provincia de Buenos Aires con uno de los peores candidatos que se recuerden, tal el caso de Esteban Bullrich. Salvo un episodio inesperado, un cisne negro que hoy nadie avista, Cristina no tiene demasiadas chances de volver a ser presidenta.

Pero "la grieta", que el gobierno auspicia, acicatea y promociona siempre prepara su propia venganza. Si Macri es reelecto en 2019 lo será, apenas, por una cutícula. Deberá seguir gobernando un país a salto de mata, con más conflictos callejeros, con un Congreso aún más acotado en voluntades oficialistas y con un odio de clase que es la gran y pésima novedad, desde 1983 hasta hoy.

Ahora bien, Cristina tiene pocas chances de volver a ser presidenta de la Nación, pero es la única que mueve el amperímetro en materia de intención de voto. Los peronistas blancos no sólo no tienen votos propios, sino que algunos referentes —como el caso de Miguel Pichetto— tienen peor imagen positiva que la ex mandataria. Que Pichetto haga campaña por el peronismo federal, parece una decisión del enemigo.

"Pichetto y Cristina son el pasado. De ahí no viene nada que le pueda preocupar a Macri. Para ganar hay que hacer una mezcolanza, es así. Pero con el peronismo solo, hay macrismo por muchos años más", fue la catarsis que hizo una fuente del PJ ante LaCapital.

Algo parecido fue lo que escuchó el gobernador Miguel Lifschitz, el jueves, de boca de Juan Schiaretti. El cordobés está interesado en que su par santafesino sea parte de un armado nacional que no contemple al kirchnerismo. "Miguel, yo voy a ser candidato a la reelección y voy a ganar por más de diez puntos. Después, me dedico al armado nacional", trató de adrenalinizarlo el cordobés. "Después es tarde, Schiaretti", deberían haberle dicho.

Los últimos días de 2018 transcurren sin novedad, repletos de malas noticias. ¿Por qué habría de ser diferente el 2019? Porque siempre los años electorales redundaron en buenas noticias para el bolsillo, el consumo, los salarios. No parece el caso. Rezaba una pancarta en los 80: "Basta de realidad, queremos promesas".

El año que se va también presenta una rareza mundial que tiene como protagonista al país y al gobierno macrista. Argentina es el único Estado que lleva al porcentaje récord su riesgo país, pese a haber rubricado un programa de ajuste con el FMI. Argentina es un país en riesgo por presente, pero también por futuro. Y ese es el peor escenario.

Una situación que el gobierno festeja es la ausencia de estallidos. Le sirve para mirar con optimismo alguna estrategia electoral en la provincia de Buenos Aires. El gobierno ha utilizado más de 1.500 millones de pesos en asistencia a los sectores más bajos. Hubo plata antes de la Navidad y hubo más plata antes del último fin de semana de 2018. El populismo, a veces, no es una mala palabra para Cambiemos.

Se va un pésimo año. Hay que dejarlo ir. Viene un año electoral. Nadie sabe lo que viene. Con poco, con casi nada, el 2019 será mejor. Ojalá.

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