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No es un juego de chicos, es una responsabilidad de los adultos

La adolescencia es un período complejo en la vida, un tránsito por una región desconocida plagada de peligros, idas y vueltas, ansiedades y angustias. Es un momento que se completa la maduración del cuerpo.

Domingo 17 de Enero de 2016

La adolescencia es un período complejo en la vida, un tránsito por una región desconocida plagada de peligros, idas y vueltas, ansiedades y angustias. Es el pasaje desde la niñez a una vida adulta, independiente y responsable y, seguramente, el período menos biológicamente definido de las etapas del desarrollo humano, el que se encuentra más determinado por las vicisitudes históricas de la sociedad en la cual se desarrolla. Pero la biología también tiene que decir algo al respecto. Es un momento en que se completa la maduración de nuestro cuerpo. De más está recordar los dramáticos cambios que ocurren en el mismo, el crecimiento desmesurado y la madurez sexual que se instala para conformar la anatomía adulta. Así, aunque más oculto, el cerebro culminará su maduración, adquirirá las capacidades adultas, definirá los rasgos de pensamiento y los valores que serán los que se usarán como guía el resto de nuestras vidas.

   Ahora bien, el cerebro es el órgano de relación por excelencia entre el organismo biológico y el entorno en el cual éste se desenvuelve. Y este cerebro, que sostiene diferentes funciones, terminará de madurar en momentos tan tardíos como los 18 años (algunos autores extienden este período hasta los 21). La última zona en madurar es la llamada prefrontal, la más humana (evolutivamente) de las regiones cerebrales. En esta parte del cerebro asientan las funciones más complejas, tales como el pensamiento abstracto, la capacidad de proyectar nuestras acciones en el futuro, la posibilidad de planificar y prever el efecto de nuestros actos, las funciones de inhibición de los impulsos, entre otras.

   Los fundamentos biológicos de la responsabilidad por las acciones que realizamos se hallan por lo tanto, asentados aquí. Y este desarrollo depende de la interrelación de este cerebro biológico con el entorno en el cual se halla inmerso, y, en el caso humano, el entorno es social. Serán, en definitiva, las experiencias sociales las que dejarán impresas en nuestras redes neuronales las capacidades y posibilidades de pensar el mundo, las que terminarán estructurando una determinada modalidad psíquica. Mundo que no es una reproducción en miniatura del entorno dentro de nuestra cabeza, sino que es la elaboración activa de los estímulos que recibimos, la interpretación de los mismos dentro de un sistema de creencias y valores que, lejos de ser naturales, son productos históricos aprendidos y se definen en cada aquí y ahora. Es decir, que son producidos y modelados por la vida social.

   Los valores adquiridos en la etapa de la infancia temprana son determinantes a la hora de formarnos como personas, pero conocemos bien que estos valores serán redefinidos, puestos en situación crítica durante la adolescencia, y que serán en este momento durante el cual se consolidarán definitivamente y permanecerán, con más o menos variaciones, durante la vida adulta. Y estos valores, lejos de adquirirse autónomamente, son influenciados por el contexto en el cual el adolescente se desenvuelve, definidos por los vínculos. Vínculos cercanos, intrageneracionales (amigos, grupos de referencia, etc.) y, aunque a menudo olvidemos o tratemos de soslayar, el contexto social más amplio, intergeneracional, definido por los adultos.

   Pero, ¿qué valores le ofrecemos a los adolescentes? En el caso particular que nos convoca, ¿qué valor le damos a un beso? Aparentemente un beso se cotiza a un cuarto de pancho o la cuarta parte de un vaso de gaseosa. Inculcamos el valor de la mercantilización, del cuerpo como mercancía. Banalizamos al amor, el encuentro, el compromiso de la relación con el otro.

   La mujer tuvo que recorrer un larguísimo camino en la historia para adquirir derechos que hoy nos parecen naturales, tales como la elección de la propia pareja, la posibilidad de elegir por amor. La sociedad patriarcal reguló su rol, la elección del marido era cosa de hombres, arreglos entre padres y pretendientes, cuestión de conveniencia. No importaba el amor, “con los años eso va viniendo” habrán escuchado de parte de sus madres generaciones y generaciones de mujeres. Este tipo de situaciones, la de obtener una mercancía a cambio de negociar el cuerpo, retrotrae estas conquistas a períodos arcaicos. No es un fenómeno que pueda ser atribuido a las actuales conquistas sociales y de género (que algunos llamarán libertinaje), sino que son resabios de un pasado machista y retrógrado.

   Y esta mercantilización pasa a formar parte de los valores aceptados socialmente, definidos por el mundo adulto como parte de una forma de relaciones sociales “normales”, como una meta deseable. Y el cuerpo, en tanto objeto sexual o como parte de un sistema de fuerzas productivas capitalistas, es moneda de cambio posible en transacciones donde el valor pasa del lado de la posesión de objetos, aún en desmedro de la propia corporeidad. El placer es mutado mágicamente en poseer. En una sociedad donde ser se ha transformado en tener, la presión a las que se someten las niñas no será menor, sin contar que los billetes de besos serán trofeos de reconocimiento por parte de sus pares, reconocimiento que no podrá basarse en otros valores más que el aspecto personal, la imagen, tan cara a los decadentes valores actuales. Imagen vacía de contenido, la dictadura de la apariencia. Inmensa fuente de frustraciones, especialmente en esta etapa sensiblemente vulnerable de la vida.

   La vida social ha hecho que los adultos nos veamos cada vez más impotentes frente a las demandas, no ya de los adolescentes, sino también la de los niños. El constante bombardeo publicitario instala exigencias del mercado de consumo de mercancías con una modalidad de estructuración psíquica en la cual los pequeños pasan a ser fieles transmisores de la dictadura que imponen las relaciones económicas. La sensación de frustración e impotencia que se instala en los adultos podría llevar a pensar a muchos que “la juventud está perdida” cuando en realidad los adultos estamos perdidos. Esto no es una “travesura de niños”, es una “irresponsabilidad de adultos”.

 

 

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